By 90Min
October 23, 2019

Luis Suárez es el número 6 en el Top 20 de los futbolistas de la década. Sigue el resto de las series durante las próximas dos semanas



Teníamos que empezar este artículo con algún juego de palabras con los dientes. No podemos ignorarlo, sería como no hacerle caso al mordisco del logo de la manzana de Apple. ¿Habría una forma mejor de comenzar?

Image by Pablo Falcones

Luis Suárez ha mordido a la gente. En el terreno de juego. Y con cierta regularidad. Las historias sobre las terribles marcas de sus dientes han sido contadas en más de una ocasión. Cada vez que se vuelve a contar la historia, los dientes son más afilados, la amenazadora premeditación para hacerlo más retorcida, la sonrisa diabólica más amplia.


Si esto lo unimos a su episodio con 15 años en el que el que le dio un cabezazo a un árbitro, la imagen de Suárez que nos sale es de un personaje difícil. Así nacen las leyendas, con una historia muy elaborada y que se refuerza una y otra vez. Durante este tiempo, el uruguayo ha ido forjando su propia leyenda y esto es algo innegable.


Hay muchos lugares desde los que se puede comenzar a contar esta historia: desde las temibles calles de Uruguay hasta los campos de fresa de Liverpool, pasando por los barrios góticos de Groningen. ¿Pero y si empezamos por hace un par de semanas? Si vemos el partido entre el Barcelona y el Inter de Champions League del Camp Nou sabremos todo lo que necesitamos para conocer al Luis Suárez futbolista.

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Su voracidad insaciable, su técnica perfecta al milímetro, su incontrolable inteligencia...Todo funcionando a la perfección aún a sus 32 años de vida. Afortunadamente, después de darnos una muestra de su calidad con la volea que abrió el marcador del Barcelona, nos enseñó su inteligencia para jugar con un toque que lo dejó sólo, delante del portero. Un camino que pocos podían ver y le permitió definir con tranquilidad.

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Normalmente en estos artículos hablamos de la trayectoria de un futbolista: cómo llegó a ser quien es y cómo influyó en el fútbol de su década. Y el camino de Suárez es entretenido como él solo: desde su erupción en Sudamérica con Nacional a su llegada a Holanda, su desembarco en la Premier (donde se convirtió en uno de los mejores jugadores del mundo) y su legado y sucesión de títulos desde que está en España.


Pero esos logros y estadísticas no pueden definir Suárez por sí solas. Lo hará una breve cantidad de momentos especiales. Todos conocemos las imágenes de su hat-trick al Norwich o de la final de la Champions que ganó con el Barcelona. Habrá un par de momentos fuera de lo corriente que seguramente expliquen mejor su exclusividad.


Todo empieza en una fría noche de Londres. Era diciembre de 2012 y tuvo lugar una de sus mejores actuaciones individuales en un campo de fútbol. El estadio, Loftus Road (ahora conocido como Estadio Kiyan Prince Foundation) y el equipo rival, el Queen's Park Rangers. Ese equipo no era la quintaesencia del fútbol, pero el Liverpool tampoco y no llegaba al nivel que tuvo en la 2013/14, por ejemplo. Acababa de perder contra el Stoke, iba noveno en la Premier y acabaría la temporada séptimo.


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En cualquier caso, a dos días de empezar el 2013, pleno invierno (cuando se supone que los jugadores sudamaricanos peor lo pasan) Suárez brilló más que ninguna estrella. Era el minuto 10 cogió el balón a 10 metros del área con cinco rivales rodeándolo y dejó sentado a un Clint Hill, que parecía de 62 años, provocando que los otros defensores se le echaran encima.


Seis minutos más tarde le robó la cartera a Stewart Downing en el costado, se metió en el área, intentó un pase cruzado que fue interceptado y continuó su carrera para poner ese mismo balón en el fondo de las mallas del QPR. En vídeo son dos goles muy buenos pero no parecen memorables, en una goleada más del Liverpool por 0-3. Pero en el campo fueron espectaculares. Cuando hay silencio, sus agudos gritos y lloriqueos hacen a Suárez presente allá donde mires.

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Es un dolor de muelas que te enfurece como aficionado rival, tan intensamente como te cautiva. Y te cautiva de verdad. Esto nos lleva al segundo momento grande de Suárez. Un instante en el que a muchos pudieron entrarles ganas de golpearlo. De manera muy intensa, por cierto.


Estamos el Mundial de 2014 de Brasil, cinco días antes del incidente del mordisco con Chiellini ante Italia. Una Inglaterra que tenía sus opciones en el campeonato se enfrentaba a Uruguay. Suárez le ganó la espalda a Phil Jagielka y de cabeza batió a Joe Hart para anotar el primer gol en el minuto 39. Sacó a relucir su clásica celebración besándose los tres dedos y el éxtasis se apoderó del público.

El delantero estaba emocionado. Su cara mostraba felicidad, sus puños apretados y sus ojos llorosos, mientras sus compañeros se acercaban a él para formar un corro. Siempre significa mucho para él marcar con Uruguay. La escena se repitió a cinco minutos del final, cuando le ganó la partida a Gerrard y se marchó más rápido que nadie para acabar marcando el segundo y definitivo gol.

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Esta vez la imagen de Suárez fue otra, extendiendo los brazos y liberado, lo que supuso una tremenda decepción para una afición inglesa que se llevaba las manos a la cabeza. Esas emociones son las que convierten a Suárez en alguien tan especial como él. Es lo que lo diferencia del otro gran '9' de su generación (Messi y Cristiano van a parte): Robert Lewandowski.

Image by Pablo Falcones


El delantero del Bayern es pura eficiencia, con el estoicismo típico de Europa del este y una mecánica majestuosa. Sí, señor y señores, con el polaco se pueden aplicar los estereotipos. En cambio, Luis Suárez es pura pasión latinoamericana. A veces comedida, a veces a flor de piel, pero siempre está ahí. La lleva en la sangre, impregna su ser, lo motiva, lo ha llevado con su talento a la cima. Es por lo que está aquí, y por lo que permanecerá con el paso del tiempo.


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