Jeremiyah Love, el corredor que piensa distinto cuando Notre Dame se queda a un paso

La temporada de Jeremiah Love no se explica solo con estadísticas ni con jugadas destacadas. Se entiende desde su historia personal y desde la manera en que aprendió a convivir con un mundo que no siempre procesa de la misma forma. Desde niño, su familia notó que Jeremiah sentía y ordenaba la realidad de manera distinta.
Mostraba dificultad para expresar emociones, buscaba rutinas claras y encontraba tranquilidad en el orden. Con el tiempo, recibió la orientación de que podría estar dentro del espectro autista. No hubo un diagnóstico formal, pero sí una decisión fundamental: comprenderlo desde su lógica y acompañarlo sin forzarlo a encajar en moldes ajenos.
Esa forma de vivir no desapareció con el futbol. Se convirtió en una ventaja. Love encontró en la estructura del deporte un espacio natural. El entrenamiento, la repetición y la claridad de roles le ofrecieron estabilidad. En el campo, su manera de pensar se refleja con claridad: paciencia para esperar el hueco, lectura precisa de los bloqueos y una calma poco común para la velocidad del juego. No corre con ansiedad ni por instinto puro. Corre con método, con una disciplina interna que sostiene cada decisión.
En Notre Dame Fighting Irish, Love no tardó en asumir un rol central. No fue un complemento ni una opción secundaria. El ataque encontró en él a su punto de equilibrio. Cuando el partido se cerró, el balón pasó por sus manos. Cuando la presión aumentó, el equipo volvió a él. Esa confianza no se regala en un programa como Notre Dame, donde la historia pesa y la exigencia nunca se relaja.
Su impacto fue histórico. Love superó las 1,300 yardas por tierra, sumó 18 anotaciones terrestres y aportó de manera constante en el juego aéreo. Sus 21 touchdowns totales establecieron un nuevo récord de temporada para el programa. No se trató de una racha breve ni de un calendario cómodo. Fue producción sostenida, semana tras semana, ante contextos distintos y con el peso de cargar a uno de los programas más observados del futbol americano universitario.
Y aun así, el objetivo mayor no llegó. Notre Dame cerró la temporada con marca de 10-2 y quedó fuera del College Football Playoff por un margen mínimo. El equipo se quedó a un paso del escenario final, una situación que duele más por el contexto reciente del programa, que había logrado mantenerse dentro de la conversación grande en años anteriores. La ausencia no responde a una falla individual ni a falta de liderazgo en el campo. Es la suma de pequeños detalles que, en una temporada tan cerrada, terminan por definir destinos.
Ahí aparece el contraste más duro. Notre Dame vive bajo una exigencia inmediata, casi inflexible. Cada temporada debe terminar en lo más alto. Love, en cambio, avanza desde el proceso, desde la repetición y desde una forma distinta de liderazgo. Ambos comparten disciplina, pero no siempre el mismo ritmo emocional. Aun así, el corredor sostuvo al equipo cuando el margen se redujo y cuando la presión se volvió constante.
La historia de Jeremiah Love también deja un mensaje más amplio para el deporte. El futbol americano suele celebrar liderazgos ruidosos, personalidades dominantes y expresiones visibles de carácter. Love demuestra otra ruta. Su impacto nace del enfoque, del orden y de una manera distinta de interpretar el juego. No busca reflectores. Produce. No impone presencia. Responde con constancia. Su talento no sigue el molde tradicional, y aun así sostiene a un programa que vive bajo escrutinio permanente.
Ese perfil también empieza a proyectarse más allá del futbol universitario. Love encaja con lo que hoy busca la National Football League en la posición de corredor. No depende solo de explosividad. Entiende esquemas, protege el balón y mantiene claridad en escenarios de alta presión. Esa combinación de disciplina mental y ejecución suele ganar valor en evaluaciones profesionales, donde la consistencia pesa tanto como la velocidad.
Notre Dame termina el año sin playoff, pero no sin certezas. Jeremiah Love ya pertenece a la conversación grande del programa. No todas las historias de grandeza concluyen con invitaciones finales ni con trofeos. Algunas terminan con algo igual de poderoso: la confirmación de que el talento también piensa distinto, y que cuando encuentra el espacio correcto, puede cargar con el peso de toda una temporada.
