Del fondo del standing, a la cima de la Zona Sur: El increíble resurgimiento de los Olmecas de Tabasco

La historia de los Olmecas de Tabasco en la temporada 2026 de la Liga Mexicana de Beisbol es admirable.
Tras una decepcionante campaña en 2025 en la que finalizaron en el séptimo lugar de la Zona Sur con un récord negativo de 42 victorias y 50 derrotas, el panorama no lucía de inmediato más halagador en el arranque de 2026. Hacia finales del mes de abril, el conjunto choco estaba en el último lugar del standing divisional y sus lanzadores sufrían un castigo severo jornada tras jornada.
Sin embargo, la historia dio un vuelco espectacular en los meses posteriores.
¡Clasificados! 🔥
— Liga Mexicana de Beisbol Banorte (@LMBBanorte) July 30, 2026
Los Olmecas de Tabasco 🗿 amarran su boleto a los PlayOffs 2026 de la LMB Banorte 🎟️#LaLigaFuerteDeMéxico💪🏻🇲🇽⚾ pic.twitter.com/rFNscmyvu9
A partir de mayo, la novena tabasqueña emprendió un ascenso meteórico que no solo la sacó del sótano, sino que la llevó a disputar de tú a tú la cima con los Diablos Rojos del México y, finalmente, a asegurar el segundo puesto de la Zona Sur con una marca de 53 triunfos y 36 derrotas (.589 de porcentaje de victorias).
Con el boleto a la postemporada amarrado y la ventaja de localía asegurada para el Primer Playoff frente a los Bravos de León, Tabasco reescribió su destino en el circuito veraniego.
En el beisbol profesional, y más, en el beisbol veraniego mexicano, las crisis tempranas suelen cobrarse facturas inmediatas en el cuerpo técnico; sin embargo, la directiva encabezada por la gerencia deportiva optó por respaldar de forma contundente el proyecto trazado por el manejador Luis Carlos Rivera.
Rivera, exlanzador de Grandes Ligas y estratega de amplio recorrido en la LMB, llegó a la organización con la encomienda de instaurar un estilo de juego enfocado en la disciplina defensiva, la ejecución precisa del pitcheo y el aprovechamiento de las condiciones climatológicas y físicas del Estadio Centenario 27 de Febrero.
Lejos de tomar decisiones precipitadas cuando el equipo ocupaba el último sitio de la tabla a finales de abril, la organización mantuvo la calma y permitió que Rivera realizara los ajustes necesarios en el cuerpo de lanzadores y en el orden al bat.
La recompensa no tardó en llegar: en mayo el equipo encendió motores y para el 1 de junio de 2026, tras barrer a los Guerreros de Oaxaca y conseguir la victoria número 2,500 en la historia de la franquicia, los Olmecas amanecieron empatados en el primer lugar de la Zona Sur junto a los Diablos Rojos. A partir de ese momento, Tabasco jamás volvió a mirar hacia atrás y se consolidó en la parte alta del standing.
El pilar innegable sobre el cual se edificó este resurgimiento fue el trabajo desde el montículo. Tras superar los descalabros iniciales de las primeras semanas, el staff de lanzadores de los Olmecas terminó consolidándose como el segundo mejor de toda la Liga Mexicana de Beisbol en efectividad colectiva con 4.12, solo por debajo de los Toros de Tijuana.
En la rotación abridora, el zurdo estadounidense Austin Warner se convirtió en la piedra angular del equipo al cosechar 9 victorias a lo largo de la fase regular. A su labor se sumaron aperturas de alta calidad por parte de Jeremy Rhoades, Jack Cushing, Evan Grills y el experimentado José Samayoa, este último responsable de encauzar el triunfo número 50 de la campaña con el que Olmecas ingresó a un selecto club que en 2026 solo compartían con Tijuana y México.
No obstante, la mayor virtud del esquema de Rivera radicó en la solvencia de su bullpen. A partir del sexto episodio, el relevo generó un cerrojo defensivo apoyado en los brazos de Keone Kela, Fernando Salas, Francis Peguero, Nolan Blackwood y Chavez Fernander.
Como cerrador estelar, Jimmy Cordero lució intratable en la novena entrada. El dominicano acumuló 20 salvamentos con 2.30 de efectividad.
En el renglón ofensivo, Olmecas registró el noveno mejor promedio de bateo colectivo de la liga. Aunque la cifra no los colocó entre las ofensivas más arrolladoras en el papel, el ataque tabasqueño destacó por su rentabilidad y oportuna capacidad para embasarse.
Al disputar sus juegos como local en una plaza donde la bola viaja poco debido a la densidad del aire y la humedad, la alineación aprendió a fabricar carreras mediante el contacto, la velocidad y ejecuciones precisas con corredores en posición anotadora.
Individualmente, dos bateadores sostuvieron la estructura del ataque.
El segunda base dominicano Marco Hernández se estableció como el bateador más rentable del plantel con un destacado promedio de .328 AVG. Adquirido vía cambio desde Oaxaca, Hernández aportó solidez en la parte alta del orden.
Por otro lado, la cuota de poder corrió a cargo del inicialista estadounidense Seth Beer, quien disparó 15 cuadrangulares y remolcó 64 carreras para ser el principal remolcador del equipo. A ellos se sumó el aporte constante de elementos como Randy Romero, Ángelo Castellano y Agustín Murillo.
Conscientes de que la postemporada exige la mayor profundidad posible, la directiva no se conformó y aprovechó al máximo la ventana límite de transferencias habilitada el 3 de agosto.
En ese periodo de 24 horas, Tabasco dio un golpe de autoridad al incorporar de manera definitiva a dos jardineros de calidad procedentes de los Tigres de Quintana Roo: Phillip Ervin y Calvin Estrada. Ambos peloteros llegaron tras registrar promedios idénticos de .311 con la escuadra felina; Ervin, además, aporta la experiencia de cuatro temporadas en Grandes Ligas y más de 82 imparables en el año, lo que le otorga un salto de calidad al perfil exterior justo a tiempo para los momentos de mayor exigencia.
Con la ventaja de localía en la bolsa y el Parque Centenario 27 de Febrero volcado a su favor, Tabasco encara la postemporada con argumentos de peso para pelear por el título de la Zona Sur y la Serie del Rey de la LMB.
