George Foreman: la estrategia de la providencia

“Antes, al menos, tenía ilusiones. Ahora, a pesar de las comodidades, su única posible esperanza estaba cifrada en una posible huida, y ni de eso era la capaz”. El narrador de Fat City —la única novela de Leonard Gardner— parece dictar el evangelio de todos los boxeadores: tan alejados del camino correcto. La vida de George Foreman estuvo marcada por avisos, fugas que lo condujeron estuviera al tanto o no- por el bulevar de lo certero, como derechazo dictado por el destino.
George Edward Foreman —miembro de una abultada y pobre familia de Marshall, Texas— tenía 18 años cuando se convirtió en campeón olímpico de los pesados en el boxeo de México 68. Festejó el delirio elevando una bandera de Estados Unidos. El arranque disintió con el simbólico cortejo con el que los velocistas Tommi Smith y John Carlos —vencedores de los 200 metros planos— exaltaron el Black Power, con el puño negro levantado mientras se entonaba el himno de la Unión Americana en la ceremonia de premiación en el estadio de Ciudad Universitaria. Foreman pareció poco empático con la intensa lucha racial de la comunidad negra. El medallista de oro dijo después que aquel ademán no tuvo la intención de convertirse en “una protesta o en una antiprotesta: solamente fue mi manera de manifestar lo que sentí en ese momento”. Dios jugaba a los dados.
Foreman tuvo razones para el orgullo. Había logrado clasificarse al certamen de México gracias a las políticas de empleo del gobierno que le ayudaron a escapar de la miseria y vivir la “ilusión” del sueño americano. El 23 de junio de 1969 saltó al ring de paga en un combate ante Don Waldheim, en el Madison Square Garden de Nueva York. Venció por knockout —que sería la rúbrica de su carrera profesional— en el tercer round. La estratagema del autoengaño le llevó a pelear con otros dos campeones olímpicos: Joe Frazier (1964) y Muhammad Ali (Cassius Clay, 1960).
El 22 de enero de 1973, en Kingston, Jamaica, Foreman acabó con Frazier en el segundo para convertirse en el campeón mundial de los pesados. Tenía 24 años. El 30 de octubre de 1974, en la Rumble in the Jungle de Kinshasa, Zaire, cayó ante Ali en el octavo. Luego de su derrota, George volvió al camino correcto: derrotó por la vía corta a cinco oponentes. Entonces, todo sucedió.
El 17 de marzo de 1977, después de perder el combate a 12 rounds ante Jimmy Young, en San Juan de Puerto Rico, Foreman tuvo una visión. Escuchó que Dios le habló en primera persona. “Debía retirarme del boxeo”, dijo tras una segunda reflexión. La Voz se esfumó. George vio La Luz. Como los elegidos, se dedicó a predicar la esperanza cifrada en las iglesias y las calles de Texas. “La gente comenzó a escucharme y a reconocerme cuando le dije que había peleado con Ali. Descubrí que aquello era lo mejor que me había pasado”, dijo Foreman a Stephen Brunt años más tarde.
Después de diez años de predicación, George Foreman descubrió que no era capaz de la huida. El 9 de marzo de 1987 subió al cuadrilátero para acabar por knockout técnico con Steve Zouski, en Sacramento, California. Tenía 38 años. El 5 de noviembre de 1994, después de 28 peleas (y solamente dos derrotas), el campeón olímpico del 68 venció por KO en el décimo a Michael Moorer, en Las Vegas, para adueñarse del cinturón mundial de los pesados. Moorer cumplió una semana después 27 años; Foreman, en dos meses, 46. El 22 de noviembre de 1997, veinte años después de la Visión, sostuvo su última pelea como profesional: perdió en doce rounds ante Shannon Briggs, en Atlantic City.
Cuando Brunt le preguntó a Foreman sobre sus recuerdos de aquel combate de Zaire ante Ali, el campeón respondió: “Me siento feliz de no ganar aquella pelea. Me siento feliz de no haber tirado ese golpe que lo noqueara. Aquel puñetazo lo hubiera desbaratado todo. Hubiera arruinado esa armonía que viene a mí cuando escucho a la gente decir: 'Ali es el más grande'. Ahora pienso que él se lo merece. Se merece todas las ovaciones. La vida está llena de problemas para todos. Y si una persona es capaz de hacerlos olvidar con aplausos, amén para todos ellos”.
El narrador de Gardner volvería con el jab: el camino no lo perdió para siempre.
