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Nacho Beristáin, el arquitecto del "boxeo bonito"

Desde el Gimnasio Romanza, el legendario entrenador de 29 campeones mundiales atrae a peleadores de todo el planeta. Buscan su técnica y su inquebrantable filosofía de la clase sobre el cuadrilátero.
Nacho Beristáin, el arquitecto del "boxeo bonito"
Nacho Beristáin, el arquitecto del "boxeo bonito" | Sports Illustrated México

La oficina de Ignacio "Nacho" Beristáin en el Gimnasio Romanza es un registro visual y cronológico de su extensa trayectoria. En las paredes desconchadas de su oficina decenas de retratos enmarcados cuelgan como vestidos mudos de incontables batallas; son los rostros de los guerreros que él mismo esculpió. 

Uno de ellos es, por supuesto, Juan Manuel Márquez, omnipresente en cada rincón, coronado en el lienzo de los inmortales.

Entre todas destaca una fotografía, tan perturbadora como exquisita, que congela uno de los momentos más brutales y estéticamente perfectos del deporte, el instante exacto en que Márquez fulmina a Manny Pacquiao con un recto de derecha providencial. 

"Yo creí que se había muerto", confiesa con voz rasposa, recordando la imagen del filipino, que yacía inerte sobre la lona. 

En ese recuerdo yace la dualidad fundamental de su oficio, la persecución de la belleza técnica caminando siempre al filo de la tragedia.

A lo largo de más de seis décadas de carrera, ha forjado a 29 campeones mundiales, consolidándose como el perfeccionador definitivo de la escuela mexicana de boxeo. Su ingreso al Salón Internacional de la Fama del Boxeo en 2010 certifica una trayectoria que comenzó como un instinto de supervivencia urbana y culminó en la maestría biomecánica absoluta. 

A sus más de ochenta y cinco años, el patriarca del boxeo mexicano es una estampa viva de resistencia. Físicamente, Beristáin es un hombre curtido, tallado en madera vieja, como si su propia piel hubiera absorbido la dureza de las miles de contiendas que ha dirigido desde la esquina. 

Suele resguardarse del frío matutino como el de esta mañana bajo un chaleco modesto y una gorra que oculta parcialmente unos ojos afilados, de un negro profundo e inquisitivo que todo lo escudriñan. 

En su rostro, adornado por un clásico bigote cano, asoman los surcos de una vida entera dedicada a domesticar el dolor ajeno para transformarlo metódicamente en triunfo.

Cruzar las puertas de su gimnasio Romanza en Iztacalco es adentrarse en la verdadera meca del pugilismo mundial. 

Hasta ese rincón, desprovisto de frivolidades pero saturado de disciplina, peregrinan a diario soñadores provenientes de las latitudes más insospechadas. 

—No sé, viene mucha gente, pero generalmente extranjeros. Estaba un polaco. ¿Cómo se llama?—, pregunta a sus entrenadores. —No les pregunto nunca—, confiesa con un esbozo de risa en su rostro. 

Hasta aquí llegan prospectos polacos, boxeadores españoles, guerreros rusos, japoneses y sudamericanos sedientos de grandeza. 

¿Qué es lo que atrae a esta legión internacional hacia un modesto gimnasio en el corazón de México? No viajan miles de kilómetros buscando el obsoleto estereotipo del peleador azteca, aquel guerrero trágico que subía al cuadrilátero dispuesto a recibir tres impactos brutales con tal de conectar uno. 

Vienen buscando la sabiduría biomecánica de Beristáin, su filosofía inquebrantable de lo que él denomina "boxear bonito". 

Para don Nacho, el boxeo jamás ha sido una reyerta irreflexiva, sino una esgrima de altísima precisión. Boxear bonito no es un capricho estético para agradar a la tribuna sedienta de sangre; es el dominio absoluto de la geometría del ring. 

Es saber desplazarse sin cruzar las piernas, mantener un centro de gravedad bajo y balanceado, y ejecutar movimientos finos y educados que transforman la evasión en un ataque letal. Es eso que él define, con suprema sencillez, como "clase".

Esa misma clase indescifrable que destilaba el gran Gilberto Román —un virtuoso del encordado, cuyo apellido, amalgamado con el del estoico Daniel Zaragoza, bautizó al gimnasio para la posteridad— o la pulcritud que exhibía Ricardo "Finito" López, el alumno más impoluto del boxeo de salón. 

En la actualidad, Beristáin ya no sostiene las manoplas durante horas interminables ni interviene directamente con todos los novatos que cruzan su umbral. Ha delegado parte del severo desgaste físico a sus entrenadores de confianza, quienes fungen como custodios de su estricta metodología. 

Sin embargo, el gran maestro sigue ahí.

Desde la puerta de su oficina evalúa a los recién llegados. Le basta observar la rutina inicial de sombra, la cadencia al lanzar un jab o la manera en que los talones se asientan sobre la lona para dictar un veredicto irrevocable. 

"Mucha gente dice que el boxeo nace, no se hace. Y yo creo que no. El boxeo se hace. El peleador se va haciendo peleador", sentencia. Su método de selección es estricto desde el primer momento en que un aspirante pisa la lona. "Hacen una rutina todo el tiempo de calentamiento. Y uno los está viendo, están tirando combinaciones de golpes. Estoy checando la facilidad de moverse. Algunos parece que tienen dos pies izquierdos y hay que irlos corrigiendo", sentencia mientras esboza una sonrisa.

Busca incansablemente esa fluidez natural, el eslabón perdido que separa a un simple tirador de golpes de un verdadero arquitecto del combate. 

Si el muchacho aterriza con facultades y decide someterse al yugo de la disciplina, Beristáin se encarga del resto.

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Published | Modified
Alejandra González Centeno
ALEJANDRA GONZÁLEZ CENTENO

Reportera y creadora de contenido en Sports Illustrated México.