REVISTA | Murió el día en que nació

En hombre abatido en la fotografía de Neil Leifer es un casillero que falta -o, más bien, sobra- en el locker de la historia.
Nadie le echó de menos, aun cuando desbordaba fama, dinero y cubría las portadas de las revistas de autor que hoy se cotizan en tres dígitos en el suspicaz mercado de la evocación deportiva. Charles Sonny Liston fue una novela negra a la que recortaron las páginas iniciales y finales de la ficción. Y, hasta ahora, nadie parece extrañar el quebranto, o el remanente.
Todavía se desconocen su fecha de nacimiento y la hora precisa de su agonía. Liston fue lo enmarañado, lo embrollado en un deporte saturado de certezas. Tan irrebatibles como el trancazo con el que Muhammad Ali lo derrumbó en el primer round de aquel 25 de mayo de 1965, en Lewinstone, Maine. Mientras el réferi Jersey Joe Walcott desgañitaba los números naturales del uno al diez parecieron suceder por la tambaleante memoria de Liston los hechos -sin fecha, sin conexión- que le ocurrieron hasta entonces. Contusiones, brotes emanados más de la incomprensión que de la revelación. El retador fue uno de esos extraños seres que sólo vislumbran el pasado como repertorio anárquico de actos realizados, sin precisión de espacio, lugar y tiempo. Sin sentido.
Cuando compareció ante la justicia en 1950, “El bandido de la sudadera amarilla” -como lo llamaba la policía de San Luis- aseguró que tenía 20 años. Al ver su formidable corpulencia, los oficiales infirieron que no tenía menos de 22. Sonny fue más longevo que su acta de nacimiento; los años que sobran, o faltan, en su biografía tampoco son relevantes. A menos que se cuenten por kilos y masa muscular que siempre corrían a larga distancia de sus pastosos pasos. The Boxing Register informa que Charles L. Liston nació el 8 de mayo de 1932, en San Francis County, Arkansas. Otras versiones datan el arranque en variados meses y años. Solamente su caída es contundente en el encordado de los acontecimientos.
Aunque tampoco.
Paul Gallender -biógrafo de Liston- se atrevió a aseverar en una entrevista con James Slater para Boxing News que la enciclopedia del deporte hablaba de un peleador llamado “Charles Sailor Liston” en 1934 y que podría ser el litigante principal de este forcejeo de sombras. El eventual Sonny tendría entonces 17 años. Habría nacido, pues, en 1917. Una fecha muy lejana a la que dicta otro convencional registro del 22 de julio de 1930, que confirma la declaración ministerial del “bandido” en 1950.
Gallender abunda en la coartada de su proposición: uno de los médicos que examinó a Liston antes del primer combate contra Cassius Clay (quien cambió de nombre entre la batalla inicial del 25 de febrero de 1964 y la revancha del aludido mayo) aseguró que el entonces campeón de los pesados tenía 47 años, y no 33 como amparaba la endeble evocación familiar, que también estaba anegada de dudas. La miseria y la abultada prole hicieron casi imposible que los 24 hijos de Tobe Liston y Helen Baskin fueran oportunamente registrados en el censo de nacimientos de Arkansas. Una de sus hermanas menores aseguró poco antes del duelo ante Clay que Charles era mayor que ella por un año; debió nacer, según sus conjeturas, en 1927. Si sus cálculos fueran atinados, Sonny tendría cerca de 38 cuando Leifer tomó aquella histórica fotografía que acompañó la cobertura de Sports Illustrated sobre el célebre pleito de Lewinston. Alí cumplió 23 en aquel enero del 65; nació en Louisville, Kentucky, en 1942.
Clay había continuado el hábito estadunidense de convertir campeones olímpicos en campeones mundiales. La tradición comenzó en 1952, cuando Floyd Patterson se coronó en el peso medio de Helsinki, al vencer por Knockout al rumano Vasile Tita. Petterson se hizo del cetro de los completos -el más joven, entonces- el 30 de noviembre de 1956 al noquear en el quinto round a Archie Moore, en Chicago. También en la capital de Finlandia, Edward “Big Ed” Sanders se hizo del oro en la máxima categoría venciendo, por descalificación, al sueco Ingemar Johansson, quien arrebataría el cinturón profesional a Patterson en junio de 1959, en el Yankee Stadium del Bronx. Floyd recuperaría el cetro un año más tarde ante Johansson. “Big Ed” perdió la pelea por los Globos de Oro de Chicago ante Liston en abril de 1953; murió año y ocho meses más tarde a causa de un derrame cerebral después de ser noqueado por Willie James en el duelo por el título de Nueva Inglaterra. Los caminos de Patterson y Liston se cruzaron cuando el destino se puso los puños de lo inexorable. En este relato todo está unido por un hilo apenas perceptible; elástico y esotérico: Joe Frazier, oro olímpico en Melbourne 56, destrozaría y redimiría a Ali tres meses después de la muerte de Sonny.
El largo e insondable perfil oscuro del “Bandido de la sudadera amarilla” sigue esperando el campanazo final que lo redima o lo exima porque en el manuscrito original de su biografía ya es imposible la goma de borrar. Los años en los que Liston formó parte del hampa abarcan, cuando menos, cuatro lustros. En el casillero que falta en la estantería de la historia sobran los nombres de personajes conocidos y, sobre todo, desconocidos. La ficción gana el asalto a la veracidad. En el movimiento de cinturas la leyenda supera por puntos a la libreta de la evidencia. El nombre de Sonny conecta directamente con los de John Vitale, Frank “Blinky” Palermo, Frankie Carbo y otros jefes de la mafia acusados de arreglos de peleas con bolsas multimillonarias en Chicago, San Luis, Filadelfia y Nueva York.
Bud Schulberg, quien entonces era reportero para Sports Illustrated, escribió decenas de páginas sobre el oscuro negocio del amaño de funciones de campeonatos mundiales de varias divisiones. “El boxeo es un negocio sucio y debe limpiarse ya”, advirtió Schulberg, quien sería mundialmente famoso por su novela Más dura será la caída. Liston formaba parte -además de sospechoso matón extraring- de la siniestra lista de involucrados en el mercado ilegal que llevó al Senado de Estados Unidos a crear un comité de investigación para sanear -al estilo de la Grandes Ligas después del escándalo del “Medias Negras” de 1919- el boxeo profesional de tretas ilícitas. Aunque salió ileso de la contienda, la sombra de la camorra no se la quitaría ni después de los baños del sauna.
En 1960, The Ring, la prestigiada publicación del boxeo estadunidense ubicó a Liston como el gran candidato para enfrentar a Patterson como retador por el cinturón de los pesados. En ese año, fue llamado a testificar y declarar sobre sus lazos con la mafia. Juró no tener información sobre las actividades de Palermo y Carbo en el negocio del boxeo. En la opinión de varios enterados en el juicio ambos personajes estaban ligados a Liston “atrás de escena”.
Patterson y su manager, Cus D’Amato, hicieron todo lo posible para evadir el combate contra Sonny, un hombre con poderoso jab, con un letal gancho de izquierda y una extraordinaria habilidad de podía hacer pedazos a cualquiera. “Un perfecto contrapeso, grande, malo, el estereotipo del negro, que no sabía leer ni escribir, pero que hacía temer la peor pesadilla al hombre blanco”, en palabras de Schulberg. El mismo presidente John F. Kennedy -cuyo hermano, Robert, fue fiscal en el jurado- hizo notar sus reservas ante la contienda entre Patterson y Liston.
Thom Jones, ex boxeador y narrador de cuentos, describe así la corpulencia del futuro campeón en Sony Liston fue mi amigo:
“Fueron a presenciar el entrenamiento de Liston antes de su primer combate contra Patterson, que tendría lugar en el Comiskey Park de Chicago. Aunque su talla le lleva a parecer paquidérmico como un búfalo de agua, en realidad Liston era más rápido que su sparring. Jugaba con los espacios del ring, que preveía serían vitales en su pelea contra Patterson, hombre rápido como el rayo y excelente boxeador…Liston sólo comía filete poco cocido, jugo de zanahorias, leche de cabra y verduras. Poseía una gran velocidad y economizaba sus movimientos. Contaba con un jab que decapitaría a quien no tuviese un cuello de cuarenta centímetros. Su trabajo en el saco daba miedo. Tenía una tétrica mirada. Era la persona más aterradora que había visto nunca y en ese momento Charles Sonny Liston no parecía demasiado feliz. Este negro es de los peligrosos, Patterson es hombre muerto”.
El 25 de septiembre de 1962, en efecto, Liston -quien había revelado poco antes que la única cosa que le había regalado su padre fue una inolvidable colección de palizas- retó al campeón mundial Patterson en la casa del Medias Blancas de Chicago (aquel equipo acusado del “arreglo” de la Clásico de Otoño ante el Rojos de Cincinnati, que motivó el arbitraje del juez Landis). Durante el primer asalto, apegado a las distancias cortas, Liston dirigió un par de ganchos de izquierda al cuerpo de Floyd, a quien remató con un descomunal derechazo para derribarlo antes de que el venerable pudiera acomodarse en su asiento.
La demolición duró dos minutos.
Liston, el hombre que aprendió a comer tres veces al día en prisión, fue declarado campeón universal de los pesados. El 22 de julio de 1963, de nueva cuenta en el asalto inicial, Patterson -el caballero, el libre liberal, como lo llamó Norman Mailer y al que Ali calificó como “El Tío Tom” antes de vencerlo en noviembre del 65- cayó como si un búfalo iracundo hubiera pasado sobre él sin previo aviso.
Cuando Liston regresó a Filadelfia con el cinturón de los pesados en su poder imaginó a la ciudad de la Libertad volcada para ovacionarlo. Más dura fue la caída cuando se enteró que nadie lo esperaba en la estación. El vacío lo llenó de resentimiento. Era un lóquer que sobraba en el casillero del corazón. Un ángel caído de las páginas del testamento.
Aún así, dos meses antes de la batalla contra Clay, en diciembre de 1963 Esquire dio un lance memorable en la desasosegada cultura editorial de Estados Unidos. A George Lois, director de arte de la revista, se le ocurrió llevar en la portada del número de Navidad a un Sonny Liston distinto. Personificado como Santa Claus -con el gorrillo rojo y blanco calado como boina- el campeón de los pesados era un atrevimiento sin rodeos en una época en la que la lucha por los derechos civiles comenzaba a tomar proporciones mayúsculas en la discusión política estadunidense, que se tambaleaba después del homicidio, en Texas, del presidente Kennedy.
Para el escritor Le Roi Jones Liston representaba “el gran negro en el pasillo de cada hombre blanco, esperando para acabar con él, para someterlo, por todo el dolor que los hombres blancos han sido capaces de infligir a su mundo”. La imagen -contra todo- intentaba presentar una faceta menos agresiva de Liston -quien años después llenaría la tapa del emblemático álbum Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, de The Beatles- en la convulsa opinión pública americana. El atrevimiento de Equire terminó en un uppercut en quijada propia: la publicación perdió un poco más de 750 mil dólares en renuncias de suscripción de lectores y abandono de anunciantes. El atrevimiento era acertado; el personaje, un desliz.
Cuando Ali enfrentó a Liston en la revancha de mayo de 1965 ya era el estandarte -primer atleta sin color- de la lucha por la libertad afroamericana. Había islamizado su nombre y su fama de campeón absoluto de los pesados le había acercado a hombres de la talla de Malcom X y Elijah Muhammad. Cuando renunció a participar en la Guerra Vietnam y fue desconocido como soberano de los completos. En abril de 1968, Ali llenó la tapa de Esquire con una polémica personificación de la imagen de San Sebastián, de Franceso Botticini. George Lois seguía siendo el director de arte de la revista. Aquel número sigue en la persecución de fanáticos de Ali y de la cultura pop de los 60.
En aquella entrevista con Slater, Gallender sugiere que la familia de Liston -el “Oso Grande”, cuyas funciones contra Zora Folley y Eddie Machen siguen siendo memorables- había sido amenazada antes del combate contra Muhammad Ali del 65. “Sonny sabía que debía perder el duelo o no los volvería a ver”. De nueva cuenta -dice The Boxing Register- los rumores de un “arreglo” nunca fueron aclarados. Cuando Liston cayó en el primero, hubo quien como Schulberg recordó aquella sentencia del promotor Hal Conrad: murió el día en que nació.
Liston combatió dieciséis veces -venció en todas- después de aquella noche de Maine. Ganó 15 por la vía corta. Y solamente dos veces sus oponentes le resistieron 10 rounds. La última vez que subió al cuadrilátero fue el 29 de junio de 1970. Hizo migajas a Chuck Wepner en el décimo, en Nueva Jersey.
Al principio de enero de 1971, dos meses antes de la Batalla en la Colina entre Joe Frazier y Muhammad Ali, Liston fue encontrado muerto en su casa de Las Vegas. Todo es confuso. Nada manifiesto. El campeón reto a la inclemencia hasta entonces. Tres versiones rectas y caóticas, como preliminar al purgatorio: congestión e infarto; sobredosis de heroína y homicidio. La policía fechó -es un confort- el deceso el 31 de diciembre de 1970.
La imagen de Neil Leifer del 25 mayo de 1965 es un obituario perpetuo para aquel hombre que fue un exceso de ausencias.
