Hulk Hogan: se fue el dios solar del cuadrilátero

Fue mucho más que músculos y bandanas. Durante más de tres décadas, Hulk Hogan definió el universo de la lucha libre y encarnó el exceso de una época. De niño inseguro a profeta musculado, su historia es leyenda viva del espectáculo.
El luchador Hulk Hogan (derecha) aplica una llave al campeón de WrestleMania John Cena durante los Teen Choice Awards 2005. La leyenda rebasó a quien alguna vez fue conocido como Terry Bollea.
El luchador Hulk Hogan (derecha) aplica una llave al campeón de WrestleMania John Cena durante los Teen Choice Awards 2005. La leyenda rebasó a quien alguna vez fue conocido como Terry Bollea. / Reuters

Durante más de tres décadas, el universo de la lucha libre orbitó alrededor de un solo hombre: Hulk Hogan. Un coloso de bigote amarillo oxigenado —hasta que el tiempo finalmente lo volvió blanco— y bronceado anaranjado que parecía más una deidad de la mitología pop que un ser humano real hecho de músculos y huesos.

Hogan fue un fenómeno cultural, un titán performático tallado en excesos y estridencias, símbolo de la excentricidad sureña estadounidense. Su sola silueta —descomunal e hipnótica— definió una era de la WWE, que dejó de ser solo lucha libre para convertirse en un espectáculo global, el evangelio musculado de millones de fanáticos devotos necesitados de un profeta.

Pero antes de erigirse como un tótem de la desmesura atlética, Hulk Hogan fue Terry Gene Bollea, un niño nacido en Augusta, Georgia, que tuvo que romperse el brazo jugando beisbol para que la leyenda de la lucha pudiera nacer. “De niño quería ser beisbolista”, le dijo al LA Times en 2019. Varios cazatalentos de las Grandes Ligas llegaron a poner los ojos en aquel adolescente de cuerpo prometedor. Sin embargo, una lesión en el brazo durante su último año de secundaria truncó cualquier posibilidad de transitar ese otro camino. Lo que para muchos habría sido una tragedia, para Hogan fue una señal: el cuadrilátero era su única vocación posible. “Ese fue mi primer amor, pero romperme el brazo fue lo mejor que me pasó en la vida, porque me pasé a la lucha libre”.

Pero en esos días, lejos de su físico hercúleo que más tarde se volvería su gran sello personal, Bollea arrastraba en silencio una inseguridad temprana: se avergonzaba profundamente de su cuerpo. En la escuela era objeto de burlas por el tamaño desproporcionado de su cabeza —”la cabeza más grande de la primaria”, le decían— y durante la adolescencia evitaba a toda costa quitarse la camiseta para no mostrar su torso.

Hogan creció en Tampa y durante los cuatro años que estudió en la preparatoria Robinson, se escapó del aula junto con sus amigos para recrear las gestas coreografiadas de sus héroes: Dick Murdoch, Dusty Rhodes y Boris El Gran Malenko. Fue, además, en el legendario Tampa Sportatorium donde el joven Terry Bollea quedó irremediablemente hechizado por el fulgor escénico del cuadrilátero. Sus ojos absorbieron cada combate como si se tratara de epopeyas en miniatura.

Pero fue Dusty Rhodes quien marcaría su destino con fuego. “Vivíamos para Dusty”, recordaría décadas más tarde con Sports Illustrated. “Si Dusty Rhodes no salía en televisión un sábado por la mañana, nos enfurecíamos. Las luchas eran geniales, pero sus entrevistas, hombre, eran increíbles”.

Por un tiempo, sin embargo, la normalidad llamó a su puerta. Antes de que los focos lo reclamaran como suyo, Bollease adentró en la vida común: estudió Administración en Hillsborough Community College y trabajó como cajero en una licorería. En paralelo a su tránsito por los empleos anodinos y las aulas sin épica, Terry encontró la música: formó la banda Ruckus con sus amigos —tocaban covers de rock 'n' roll— y se convirtió en bajista. Nunca se graduó.

Mientras entrenaba en el gimnasio propiedad de los luchadores Jack y Jerry Brisco, la timidez se transformó en músculo y Terry empezó a transformarse en Hulk.

Después de su aparición en Rocky III y un par de competencias en AWA, el 23 de enero de 1984, ganó su primer campeonato de WWE al derrotar a The Iron Sheik ante 93 mil almas. Y entonces nació la Hulkamanía, un torbellino de colores primarios, frases motivacionales y fervor infantil que lo elevó a la categoría de profeta televisivo. Hoganvendía camisetas, figuras de acción, cintas VHS. Todo lo que llevara su nombre.

En el Olimpo reverberante del espectáculo deportivo, emergió como un titán cuya mera presencia reconfiguró los cimientos de la lucha libre. Con su tonelaje monumental y los 12 títulos que alcanzó durante su carrera, Hogan se erigió como piedra angular del ascenso meteórico de la WWE en los años 80, hasta convertirla en un gigante global.

Vestido siempre de rojo y amarillo, con su fiel bandana y legendarios bíceps de 24 pulgadas, Hulkster encarnaba la épica.

Murió a los 71 años en Clearwater, Florida, por un paro cardíaco, dejando tras de sí una vida tan exuberante como controvertida, gracias a que sus propios demonios se encargaron de empañar su brillo —fue retirado del Salón de la Fama por comentarios racistas revelados en un video sexual—.

Hogan fue el dios solar de la WWE: desmesurado, escandaloso, fascinante. Y, con el sentimentalismo al margen, seguirá inevitablemente vivo en la leyenda. Porque esa, como todas las grandes ficciones que alguna vez fueron verdad, nunca muere.

“Cuando llego a casa con mi esposa y mis cuatro chihuahuas, me retiro la diadema y el pelo postizo, y soy un vagabundo playero. Pero cada vez que salgo de casa, sé que tengo que ser Hulk Hogan”.


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Alejandra González Centeno
ALEJANDRA GONZÁLEZ CENTENO

Reportera y creadora de contenido en Sports Illustrated México.