Bélgica salva un empate 1-1 con Egipto en su debut en el Mundial

El debut del Grupo G en Seattle fue un entramado de narrativas donde la fatalidad y el festejo se cruzaron a partes iguales en el rectángulo verde.
Egipto llegó al partido con el misticismo que envuelve a sus grandes citas y una consigna implícita: agasajar a su deidad contemporánea, Mohamed Salah, en el día de su cumpleaños número 34.
Los Faraones, lejos de amedrentarse ante la alcurnia europea de Bélgica, plantaron un esquema pulcro, cerrando avenidas a Kevin De Bruyne y aguardando el instante idóneo para que su cumpleañero frotara la lámpara.
Sin diferencias en Seattle. 🤝#CopaMundialFIFA
— Copa Mundial FIFA 🏆 (@fifaworldcup_es) June 15, 2026
La partitura africana se ejecutó con precisión durante la primera mitad.
Al minuto 19, Salah, investido con esa clarividencia que da la madurez, detectó una grieta en la zaga belga y filtró un balón milimétrico hacia la periferia del área. Emam Ashour recibió la cortesía y, con un impacto violento y estético, batió a un Thibaut Courtois que solo pudo certificar el gol con la mirada.
El libreto parecía perfecto; el monarca egipcio celebraba su onomástico mutando en arquitecto y guiando a los suyos hacia un triunfo histórico.
Bélgica, por su parte, deambulaba en una alarmante parquedad creativa, incapaz de descifrar el cerrojo egipcio.
El estratega Rudi Garcia entendió que la estética debía ceder ante la contundencia y, superada la hora de encuentro, envió al ruedo a Romelu Lukaku. La metamorfosis del partido fue instantánea. El ariete de Amberes no requirió siquiera de una caricia al esférico para alterar el ecosistema del área rival; su mera presencia intimidante alteró los nervios de la hasta entonces imperturbable retaguardia de los Faraones.
Fue en el minuto 65 cuando el destino decidió manifestar su faceta más irónica.
Un centro envenenado de Leandro Trossard buscaba el colosal cuerpo de Lukaku, pero el destino halló la pierna desdichada del defensor Mohamed Hany. En su afán por anticipar la catástrofe, el zaguero egipcio terminó por consumarla, desviando el balón hacia su propia portería. Así, mediante un infortunado autogol ajeno, el combinado belga conjuró sus fantasmas y rescató una paridad que sus méritos propios difícilmente hubieran reclamado.
El pitazo final decretó un reparto de unidades matizado por sentimientos encontrados.
Para Egipto, subsiste el sabor agridulce de haber acarreado los tres puntos en las alforjas gracias a la genialidad del cumpleañero Salah, solo para verlos evaporarse por un guiño trágico de la fortuna. Bélgica celebra el botín con discreción, sabedora de que el azar acudió a su auxilio en una tarde donde la lucidez brilló por su ausencia en el noroeste estadounidense.
