Doce años después, el mismo miedo: Italia no puede fallar otra vez

Italia vuelve al punto donde todo pesa más. La historia, el orgullo, las cicatrices. Este 26 de marzo, en Bérgamo, la Azzurra enfrenta a Irlanda del Norte en la Semifinal del Repechaje Europeo rumbo al Mundial 2026. No hay red: el que pierde se queda fuera. El que gana compra otra oportunidad cinco días después, en una final ante Gales o Bosnia y Herzegovina. Solo uno sobrevivirá. Solo uno llegará a Norteamérica.
Para Italia, no es un partido más. Es un juicio. Porque el pasado reciente no se olvida. La tetracampeona del mundo —1934, 1938, 1982 y 2006— no pisa un Mundial desde Brasil 2014, donde cayó en fase de grupos. Desde entonces, lo que vino no fue transición, sino trauma.
En 2017, Suecia la dejó fuera sin que pudiera marcar un solo gol. Un silencio ofensivo que se convirtió en humillación nacional. En 2022, cuando parecía que la redención era inevitable tras conquistar la Eurocopa, Macedonia del Norte la eliminó en el último suspiro. Un golpe seco, inesperado, devastador. Tan profundo que ni el título continental pudo amortiguarlo.
Hoy, el riesgo es mayor: una tercera ausencia consecutiva no sería solo un fracaso deportivo, sería una fractura histórica.
En ese contexto aparece Gennaro Gattuso. No como símbolo, sino como respuesta. El técnico asumió el cargo en junio de 2025 con una consigna clara y sin matices: devolver a Italia al Mundial. Él sabe lo que significa. Fue parte del equipo que levantó la Copa en 2006, un mediocampista de resistencia pura, de los que convertían cada balón en una batalla. Hoy, dos décadas después, le toca dirigir otra guerra.
La plantilla tiene jerarquía. Gianluigi Donnarumma es el líder natural, un portero capaz de decidir partidos desde el arco. Nicolò Barella marca el ritmo, el equilibrio entre intensidad y claridad. En ataque, Mateo Retegui asume la responsabilidad del gol.
Atrás, nombres como Alessandro Bastoni, Riccardo Calafiori y Federico Dimarco sostienen una defensa de nivel élite. Pero no todo está completo: la ausencia de Federico Chiesa, fuera por lesión, golpea directamente a un ataque que ya no tiene la profundidad de otras generaciones.
Y ahí está el dilema: Italia tiene nombres, pero ya no tiene certezas.
Irlanda del Norte no intimida en el papel, pero el contexto lo cambia todo. Un solo partido elimina jerarquías, comprime diferencias, amplifica errores. Si Italia supera ese primer obstáculo, la final del 31 de marzo será otra historia: noventa minutos —o más— con el peso de doce años encima.
En ese escenario, todo se reduce a instantes. Una atajada de Donnarumma. Un pase filtrado de Barella. Un remate de Retegui. Detalles mínimos que pueden cambiar la narrativa completa.
Porque el futbol no negocia con el pasado. Si Italia gana, esta generación será recordada como la que corrigió el rumbo, la que cerró la herida, la que devolvió al país al lugar donde siente que pertenece. Pero si pierde, el juicio será inmediato y brutal. Los mismos nombres que hoy sostienen la esperanza cargarán con la etiqueta de haber fallado cuando no había margen.
Doce años sin Mundial pesan. Demasiado. Italia tiene dos partidos para dejar de ser una potencia en la memoria y volver a serlo en la realidad.
