Haití, Curazao y la rebelión de los pequeños en el Mundial 2026

Las eliminatorias rumbo a la Copa del Mundo 2026 han revelado una verdad incómoda: los gigantes se han quedado dormidos y los liliputienses aprendieron a tejer nudos inquebrantables.
Aficionados celebran en las calles de Puerto Príncipe la victoria sobre Nicaragua y su clasificación al Mundial de la FIFA 2026.
Aficionados celebran en las calles de Puerto Príncipe la victoria sobre Nicaragua y su clasificación al Mundial de la FIFA 2026. / AFP

Se despertó en una playa desconocida, incapaz de moverse; Gulliver era un gigante entre criaturas diminutas. Miles de hilos invisibles, tejidos con paciencia y estrategia por los habitantes de Liliput, eran suficientes para inmovilizarlo. 

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Durante décadas, las potencias tradicionales de CentroaméricaCosta Rica, Honduras y, en menor medida Guatemala— navegaron por las aguas de la Concacaf con la con la arrogancia de Gulliver, convencidos de que su mera estatura histórica y su tradición futbolística bastaba para recorrer las islas del caribe sin temor a naufragar

Sin embargo, las eliminatorias rumbo a la Copa del Mundo 2026 han revelado una verdad incómoda: los gigantes se han quedado dormidos y los liliputienses aprendieron a tejer nudos inquebrantables.

Este ciclo mundialista presentaba una anomalía geopolítica en el futbol de la región. Con México, Estados Unidos y Canadá clasificados automáticamente como anfitriones, se generó una especie de vacío de poder. La lógica, claro, dictaba que la “clase media” de la confederación heredaría el trono que los tres grandes dejaron vacío. Se esperaba que Costa Rica y Honduras reclamaran los boletos directos con la facilidad de un trámite burocrático. 

Pero la realidad fue una bofetada de sobriedad

Las jerarquías ya no ganan partidos

El caso más conmovedor —y simbólico— de esta rebelión, es Haití. Una nación rota, asolada por una crisis sociopolítica que tiene al país sumido en un estado de anarquía crónica, donde el futbol sobrevive sin una liga funcional y los estadios se volvieron territorios imposibles. Una nación cuya selección nacional tuvo que exiliarse y jugar como local en Curazao, lejos de su tierra y de su gente. 

Y aún así, en medio del desarraigo, Haití dejó atrás a dos colosos continentales como Costa Rica y Honduras. Con un triunfo 2-0 en la última fecha contra Nicaragua, los haitianos conquistaron su primera clasificación a un Mundial desde la mítica gesta de 1974 y después de 52 años de ausencia.

Mientras sus rivales centroamericanos se perdían en debates mediáticos, Haití —y en paralelo Curazao y Surinam— ejecutaron una operación de reclutamiento que consistió en repatriar talento de la diáspora en Europa y Norteamérica. "Tomé mi bastón de peregrino para convencer a los ciudadanos con doble nacionalidad a unirse a la aventura. Antes de fichar, los estudié y determiné el potencial de jugadores como Ruben Providence y Jean-Ricner Bellegarde", explicó al New York Times el francés Sébastien Migne, entrenador de la selección que aún no ha podido visitar el país. 

Curazao, una diminuta isla caribeña con poco más de 150 mil habitantes, protagonizó una de las gestas más inesperadas en la historia reciente del futbol de selecciones. El equipo logró una histórica primera clasificación a una Copa del Mundo y lo hizo además como líder invicto de su grupo, en el que superó a rivales con mayor tradición como Jamaica y Trinidad y Tobago

Así, la diminuta Curazao —una joya insular perdida entre las aguas del Caribe— se convertirá en la nación con menor población que haya disputado jamás un Mundial de futbol; un desafío sin precedentes a las lógicas tradicionales del deporte global.

Bajo la dirección del veterano técnico neerlandés Dick Advocaat, Curazao apostó —al igual que Haití— por el aprovechamiento de su diáspora futbolística en Países Bajos. La integración de jugadores con formación europea —como Leandro Bacuna, Riechedly Bazoer o Rangelo Janga— le dio al equipo una estructura táctica moderna que compensó su falta de historia y recursos.

En paralelo, Panamá consolidó su condición de nueva potencia emergente en Centroamérica. Clasificó de manera directa e invicta, con tres victorias y tres empates, liderando un grupo parejo y exigente. A diferencia de otros equipos que dependieron de individualidades, los panameños capitalizaron un proyecto sostenido desde 2018, basado en la continuidad del técnico hispano-danés Thomas Christiansen y una base de futbolistas que combina experiencia y juventud. 

Gulliver, atado e inmóvil

En contraste, las potencias regionales que invirtieron recursos y depositaron las expectativas en su experiencia —tal vez demasiadas— vivieron fracasos sonoros. La premisa fue, quizás, errónea desde el inicio. Creer que el problema se solucionaría con nombres en el banquillo y no con estructuras en el campo.  

Costa Rica, acostumbrada a los mundiales —6 participaciones en su historia— apostó por la figura mediática de Miguel "Piojo" Herrera, asumiendo que su experiencia con México en 2014 sería transferible por ósmosis. Como resultado, sufrió uno de sus peores desempeños que se recuerden con solo una victoria en seis partidos. Los ticos quedaron incluso fuera del repechaje. “Estoy muy triste, muy enojado de no haberle podido dar la clasificación a estos muchachos que se la merecían, que buscaban, que intentaron, no pude“, dijo Herrera.

El país culminó su tragedia en un empate estéril ante Honduras, un resultado de 0-0  en el que dos potencias oxidadas se anularon mutuamente, y abrieron la puerta para que los "pequeños" pasaran por encima.

Ni la contratación del técnico veterano ni el regreso de sus figuras emblemáticas —Keylor Navas, Celso Borges, Joel Campbell— pudieron salvar a “La Sele” del naufragio. 

Honduras y Guatemala sufrieron destinos similares bajo la tutela de Reinaldo Rueda y Luis Fernando Tena, respectivamente. Se gastaron fortunas en cuerpos técnicos de élite para gestionar plantillas que no han evolucionado a la velocidad del futbol moderno

El caso de Guatemala es quizás el más doloroso por la cercanía del objetivo. La inversión del equipo fue masiva, la esperanza nacional era palpable y el equipo acarició la clasificación en la fase final… pero el futbol es cruel con las deficiencias estructurales. Una derrota crucial ante Panamá le arrebató a los chapines la oportunidad de debutar en un Mundial.

La expansión del mundial a 48 equipos y el hecho inédito de que tres potencias —Estados Unidos, México y Canadá— no disputaran las eliminatorias por ser anfitrionas, creó una oportunidad sin precedentes. La motivación se tradujo en proyectos ambiciosos y en la convicción renovada de las selecciones emergentes. 

Esta "rebelión de los pequeños" es, en última instancia, una lección de humildad y eficiencia. Los Gullivers de Centroamérica yacen ahora atados en la arena, mirando incrédulos cómo Haití y Curazao zarpan hacia el Mundial. Aprendieron, a un costo altísimo, que en el futbol contemporáneo el tamaño del país o la historia de la camiseta pesan menos que el hambre de gloria de aquellos a quienes subestimaron. 

La geografía del poder en la Concacaf ha sido redibujada, y los mapas antiguos ya no sirven para navegar este nuevo mar.


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Alejandra González Centeno
ALEJANDRA GONZÁLEZ CENTENO

Reportera y creadora de contenido en Sports Illustrated México.