La Copa del Mundo y el arte de apoyar a una selección de futbol

El futbol es, en su dimensión más pura, un ejercicio de fe colectiva. Un ritual profano donde la épica se escribe, se sufre y se celebra en las tribunas. Detrás de las banderas y los colores existe un coro invisible de mártires que empujan cuando sufren y cuando celebran, un catálogo de tradiciones y costumbres, que revelan quienes somos cuando permitimos que la ilusión se apodere de la realidad.
Hubo un tiempo en que los estadios de futbol eran templos de una sobriedad. En la Inglaterra victoriana del siglo XIX los caballeros acudían a ver futbol con la misma actitud con la que iban al teatro o a un concierto de cámara, con aplausos discretos, murmullos de aprobación y un silencio respetuoso que solo se quebraba ante la genialidad de un gol.
Una realidad inaceptable para la clase obrera. Las primeras manifestaciones de apoyo coordinado de las que se tiene registro documental surgieron en Escocia hacia finales de la década de 1880, específicamente tras la final de la Copa de Escocia de 1887, cuando los cronistas de la época reportaron desconcertados el uso de "gritos de guerra" unificados en las tribunas.
Las masas adaptaron baladas del teatro o himnos religiosos para darle identidad a su devoción.
Aunque los compositores de música clásica, como Sir Edward Elgar en 1898, intentaron encauzar el fervor popular escribiendo piezas formales como "He Banged The Leather For Goal" en honor al delantero Billy Malpass, el academicismo nunca logró encajar en el gusto de las gradas. El pueblo prefería la irreverencia rítmica de la calle.
Así que fue una melodía compuesta en la década de 1890 por Albert T. Smith, “On the Ball, City” la que adoptó formalmente el Norwich City a partir de 1905 y que se convirtió en el cántico de futbol más antiguo del mundo. Aún hoy sigue resonando ininterrumpidamente en las gradas de Carrow Road.
En la actualidad, uno de los cánticos futbolísticos más fascinantes es la melodía de apoyo más universal del planeta: el omnipresente Olé, olé, olé. Aunque la expresión Ole —tomada como préstamo del flamenco y la tauromaquia— ya se usaba en los estadios de España y Latinoamérica, la historia dice que su partitura original del cántico tríptico fue concebido en los estudios de grabación de Flandes, Bélgica, en 1985.
Hans Kusters, director de la firma musical Hans Kusters Music, encomendó al productor de música Roland Verlooven (conocido como Armath) y al compositor belga Jules Jean Vanobbergen (conocido en los escenarios como Grand Jojo) la creación de un tema de apoyo para el R.S.C. Anderlecht, club que acababa de coronarse campeón de la Primera División belga en la temporada 1984-1985.
El estribillo original de la pieza, titulada Anderlecht Champion, no contenía el término español, sino la interjección francesa de aliento: Allez, Allez, Allez, Allez / We are the champions.
La transmutación del himno ocurrió al año siguiente, con la Copa del Mundo de México 1986 en el horizonte. Ante la bastante sorpresiva clasificación del conjunto nacional belga , los creadores decidieron adaptar la composición y sustituyeron la palabra francesa Allez por la española Olé.
Y aunque el Olé Olé Olé es universal, en la Copa del Mundo, las tribunas, lejos de homogeneizarse, despliegan sus particularidades culturales de formas que rozan lo poético, lo cívico y, en ocasiones, lo teatral.
Para la afición mexicana, por ejemplo, entonar el Cielito Lindo representa el ritual sonoro más potente fuera de sus fronteras, una tradición consolidada con fuerza a partir de la Copa del Mundo de Francia 1998.
El verso Ay, ay, ay, ay... canta y no llores se ha entonado durante años como un bálsamo de consuelo colectivo ante la adversidad deportiva, para transformar la frustración en una fiesta de orgullo nacional.
La selección nacional de los Estados Unidos posee un cántico de batalla emblemático coordinado por su principal colectivo de seguidores, The American Outlaws, titulado I believe that we will win!.
A diferencia de los himnos de futbol tradicionales de Europa o Sudamérica, que suelen nacer de la cultura obrera y de la tradición oral, este canto posee una genealogía militar, pues fue ideado en 1998 por Jay Rodriguez, un cadete de la Academia Preparatoria Naval de los Estados Unidos (NAPS) en Newport, Rhode Island, para servir como un grito rítmico de entrenamiento físico para su sección militar.
Brasil, pentacampeón del mundo y cuna del futbol lírico, paradójicamente carecía de un colectivo unificado de apoyo nacional debido a la profunda e histórica violencia existente entre las barras organizadas de sus clubes locales.
Pero en 2008 nació el Movimento Verde e Amarelo (MVA), una organización destinada a revolucionar la forma en que el brasileño apoya a sus atletas.
Liderados por figuras de la grada como Fabinho (de la Força Jovem del Vasco de Gama), Josias (expresidente de la Galoucura de Atlético Mineiro), André Azevedo (de los Dragões da Real del São Paulo) y André Guerra (de la Mancha Alvi Verde del Palmeiras), decidieron dejar de lado los colores de sus clubes para priorizar el apoyo a la selección nacional.
El proyecto consiste en fusionar las baterías de percusión tradicionales de los equipos rivales en un solo sector del estadio, logrando que los ritmos del samba carioca, el axé bahiano y los tambores de Minas Gerais convivan bajo una misma partitura para empujar al equipo canarinho en las tribunas mundialistas.
Del otro lado del mundo está el característico grito de guerra australiano, Aussie Aussie Aussie, Oi Oi Oi, que inunda las calles y los estadios en cada Copa del Mundo y es otro ejemplo de cómo las tradiciones viajan por el mar y se transforman. Este cántico es una herencia directa de la clase trabajadora británica del siglo XIX.
Su estructura original es la variación del canto Oggy Oggy Oggy, empleado habitualmente por los mineros de estaño en la península de Cornualles, Inglaterra. En el antiguo dialecto de Cornualles, la palabra oggy, que es una abreviatura de hoggan, hacía referencia directa a la tradicional empanada de carne y patata horneada por las esposas de los mineros.
Los repartidores de comida solían gritar en la boca de los pozos de extracción ¡Oggy, Oggy, Oggy!, a lo que los mineros que se encontraban en el subsuelo respondían rítmicamente: ¡Oi! ¡Oi! ¡Oi! para confirmar la recepción de su ración diaria de almuerzo.
La adaptación futbolística se popularizó en los estadios ingleses en la década de 1960 —destaca por ejemplo el uso de la afición del Chelsea en honor a su delantero estrella Peter Osgood—, y fue trasladada por inmigrantes anglosajones a las gradas australianas en los años ochenta. El grito se consagró institucionalmente durante los Juegos Olímpicos de Sídney 2000 y pasó a formar parte de la afición de los Socceroos en sus travesías mundialistas.
La barra oficial de apoyo a la selección de Corea del Sur, autodenominada los Red Devils (Bulgeun Angma), representa el modelo más sofisticado de movilización cívica en el panorama del futbol asiático.
Fundada originalmente en 1995 como el Great Hankuk Supporters Club, la agrupación adoptó su nombre definitivo en 1997, inspirada en el apodo que la prensa internacional otorgó a la selección juvenil coreana semifinalista del Mundial Sub-20 de 1983.
Su principal manifestación de apoyo es el rítmico grito Dae-Han Min-Guk (República de Corea), ejecutado en una métrica perfecta de cinco aplausos sincopados acompañados del latido de tambores tradicionales coreanos (buk) o bastones inflables de ruido.
Para la afición japonesa, la conclusión de los noventa minutos de un encuentro mundialista marca el inicio de su ritual de apoyo más admirado y célebre en el planeta: la recolección meticulosa de basura de las gradas, una práctica conocida en la cultura nipona como Osouji.
Este comportamiento de civismo extremo, que llamó la atención internacional por primera vez en el Mundial de Francia 1998, no es una puesta en escena diseñada para agradar a las cámaras extranjeras. Es, en realidad, la proyección directa de los esquemas de socialización de la infancia japonesa.
El aliento de la selección de futbol de Nigeria está regido desde hace setenta años por las partituras y los vientos metálicos de la banda de la Nigeria Football Supporters Club. Fundada en 1955 por Mr. y Mrs. Derby Allen para apoyar al equipo nacional, la organización presenta un método de apoyo continuo que contrasta con el de las gradas europeas.
Mientras que los cantos europeos suelen reaccionar de manera inmediata a las fluctuaciones del marcador o al desempeño de los jugadores en el campo, la banda de viento de la NFSC, liderada por figuras musicales históricas como Oluwayemisi James, ejecuta una banda sonora constante y de ritmo continuo durante los noventa minutos de juego.
La banda recurre a la ejecución de tambores tradicionales de madera, sticks y trompetas de bronce para interpretar canciones tradicionales adaptadas del folclor cristiano evangélico nigeriano y del característico ritmo de danza popular de África Occidental conocido como Highlife.
Una nueva Copa del Mundo empieza en solo unos días. Goles se marcarán y se olvidarán en el discurrir de los años, pero las narrativas de fe, pertenencia y fraternidad cantadas por los pueblos del mundo permanecerán grabadas en el concreto y el pasto. Porque sí, quizás al final el futbol es solo un hermoso pretexto que inventamos los seres humanos para explicarnos quiénes somos y cantar, cantar juntos.
