La multipropiedad: el nuevo mapa del futbol y sus zonas grises

Cuando Liam Rosenior dejó el Estrasburgo para convertirse en nuevo entrenador del Chelsea, la noticia fue mucho más que un simple movimiento de banquillos. Para muchos aficionados en Alsacia fue la confirmación de una sospecha incómoda: su club ya no decide solo su destino. Ambos equipos pertenecen a BlueCo, el consorcio estadounidense que encarna uno de los fenómenos más influyentes —y polémicos— del futbol moderno: la multipropiedad.
Hoy, el balón rueda en un escenario donde un mismo grupo empresarial puede controlar clubes en distintos países, conectarlos bajo una misma lógica deportiva y financiera, y mover entrenadores, jugadores y decisiones estratégicas como piezas dentro de un mismo tablero.
La multipropiedad suele girar en torno a un club dominante, el buque insignia. A su alrededor orbitan equipos más pequeños, instalados en ligas secundarias o mercados estratégicos, que funcionan como espacios de desarrollo, formación y revalorización de talento. Reciben inversión, infraestructura y futbolistas cedidos; a cambio, asumen un rol subordinado: nutrir al club principal cuando llega el momento.
En los últimos años, este modelo ha crecido de forma acelerada. Donde antes había casos aislados, hoy existen entre 200 y 300 clubes integrados en estructuras de multipropiedad en todo el mundo. Hace poco más de una década eran apenas unas decenas. La expansión ha sido silenciosa, pero profunda.
En la Premier League, varios gigantes forman parte de estas redes. El Manchester City lidera el City Football Group, con clubes repartidos en Europa, América y Asia. El Chelsea es propiedad de BlueCo, que también controla al Estrasburgo. El Manchester United comparte accionista con el Niza francés a través de Ineos. Italia y Francia tampoco han quedado al margen: el AC Milan, el PSG, el Lyon, el Mónaco o el Toulouse forman parte de galaxias empresariales similares.
Francia es quizá el ejemplo más claro de esta transformación. Diez de los 18 clubes de la Ligue 1 están hoy vinculados a esquemas de multipropiedad. El caso del Estrasburgo ilustra el dilema: adquirido en 2023 por BlueCo, el club ha recibido inversión y estabilidad, pero también ha visto cómo su entrenador era llamado al “club madre” sin margen de negociación, provocando la frustración de su afición.
No es un fenómeno exclusivo del fútbol masculino. En el femenino, la empresaria Michele Kang ha construido un proyecto multinacional que conecta al OL Lyonnes con las London City Lionesses, replicando la misma lógica de red y sinergias.
Sin embargo, no todo ha sido crecimiento ordenado. En los últimos meses, el modelo ha mostrado grietas. El Olympique Lyonnais estuvo al borde del descenso administrativo, atrapado en una estructura financiera compleja dentro del grupo Eagle Football Holdings. En Brasil, John Textor fue señalado por presuntamente favorecer al Lyon en detrimento del Botafogo, otro club del conglomerado, vendiéndole jugadores por debajo de su valor de mercado.
Más grave aún fue la quiebra de 777 Partners, un fondo estadounidense que dejó en el limbo a varios clubes, entre ellos el Red Star francés, el Standard de Lieja y el Vasco da Gama. De pronto, la promesa de estabilidad financiera se convirtió en incertidumbre.
A nivel deportivo, el debate es aún más delicado. La UEFA vigila de cerca la multipropiedad por el riesgo de distorsión competitiva. El caso del Crystal Palace fue una señal de alerta: pese a haberse clasificado a la Europa League, fue relegado a la Conference League para evitar un conflicto con el Olympique Lyonnais, con el que compartía accionista. En otros casos, como Manchester United–Niza o Manchester City–Girona, el organismo permitió la coexistencia tras cambios formales en la estructura de control.
La FIFA también ha marcado límites. En el Mundial de Clubes de 2025, el León fue excluido por compartir propietarios con el Pachuca, que sí participó en el torneo, enviando un mensaje claro sobre la incompatibilidad de intereses.
Mientras los organismos discuten nuevas reglas y ajustes, el modelo sigue expandiéndose. La multipropiedad promete eficiencia, desarrollo y alcance global, pero también plantea una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto un club sigue siendo dueño de su historia cuando forma parte de una red donde las decisiones se toman en otro lugar?
En ese terreno ambiguo se mueve hoy el fútbol. Entre la modernización inevitable y la pérdida gradual de autonomía, entre la inversión que salva proyectos y la sensación de ser apenas una escala más en el camino hacia otro estadio.
El crecimiento del fenómeno ha sido exponencial. Según un informe parlamentario francés elaborado por los senadores Laurent Lafon y Michel Savin, entre 200 y 300 clubes en el mundo forman hoy parte de estructuras de multipropiedad, frente a menos de 100 hace cinco años y apenas 40 en 2012.
En Europa, la tendencia involucra a grandes instituciones:
- Inglaterra:Manchester City (City Football Group, que controla, entre otros, al Troyes en Francia y al Bahia en Brasil).Manchester United (Ineos, propietario también del Niza).Chelsea (BlueCo, dueño del Estrasburgo).
- Italia:AC Milan (RedBird, vinculado al Toulouse francés).
- Francia:Diez de los 18 clubes de la Ligue 1 están relacionados con esquemas de multipropiedad: PSG, Mónaco, Lens, Metz, Lyon, Toulouse, Estrasburgo, Niza, Le Havre y próximamente Lorient.
Uno de los casos más emblemáticos es el del Estrasburgo, adquirido en 2023 por BlueCo. La reciente salida de su entrenador, Liam Rosenior, rumbo al Chelsea provocó el malestar de la afición alsaciana, que ve al club relegado a un papel secundario dentro del proyecto.
Otros ejemplos recientes incluyen la integración del Lorient en Black Knight Football Club —propietario del Bournemouth y del Moreirense— y la compra total del Eupen belga por Qatar Sports Investments (QSI), dueño del PSG.
El futbol de hoy no se reparte entre muchos dueños. Se concentra en pocos grupos, cada vez más grandes y más influyentes. La pregunta ya no es quién compra un club, sino qué lugar ocupará ese club dentro de una red.
Y en ese nuevo orden, para muchos equipos, el mayor desafío no es descender o no clasificar a Europa, sino algo más profundo: seguir siendo protagonistas de su propia historia.
