La nueva experiencia del nuevo Estadio Azteca, entre modernidad y memoria

El nuevo Estadio Banorte, en el partido entre México y Portugal, estuvo marcada por la peregrinación peatonal previa al encuentro
Imagen aérea del nuevo Estadio Azteca
Imagen aérea del nuevo Estadio Azteca / Hector Vivas/Getty Images

La reinauguración del Estadio Azteca, ya bajo el nombre comercial de Estadio Banorte, en el empate sin goles entre selección mexicana y Portugal, comenzó varios minutos antes de cruzar la puerta principal. Mucho antes.

La llamada “última milla” transformó la llegada en una pequeña peregrinación. Solo se permitió el paso a vehículos autorizados y eso obligó a una caminata de cerca de 20 minutos entre puentes y calles que antes eran un río de coches y hoy son, casi por completo, territorio peatonal.

El trayecto también es más silencioso. En este nuevo paisaje ya no están los puestos informales, ni los vendedores de recuerdos no oficiales, ni los tacos de suadero, milanesa o canasta que eran, para muchos, el verdadero arranque del partido.

Tampoco existe ya el ritual de la cerveza en el estacionamiento, ese prólogo informal que acompañó generaciones en el estadio que vio coronarse a Pelé en 1970 y a Diego Maradona en 1986.

Afuera, el cambio fue total. Adentro, no tanto. La explanada conserva su esencia, pero apenas se cruza la entrada, lo nuevo aparece: una fachada renovada, el nuevo nombre y, sobre todo, una mesa que resume la transición del inmueble: “Resolución de problemas”.

Ahí, en su primer día, se acumuló la incertidumbre. Los boletos impresos para el México vs Portugal llegaron con un error: no incluían el acceso correspondiente. Decenas de aficionados se aglomeraron buscando una. Fue una falla menor, pero simbólica: el estadio renovado aprende a funcionar.

La digitalización es otra de las apuestas. El plan era claro: eliminar el efectivo y migrar a pagos con tarjeta o sistemas de prepago para rastrear cada consumo dentro del estadio. La tecnología no pasó la primera prueba. La red se saturó y los vendedores, terminal en mano, volvieron al método antiguo: aceptar efectivo.

En las gradas, el cambio fue tangible. Nuevas butacas, mayor capacidad, hasta 87,500 aficionados, y una sensación dividida. Los asientos son más modernos, pero también más estrechos. Hay menos espacio personal y ningún lugar para colocar bebidas. La comodidad es relativa.

Donde sí hay un salto evidente es en los detalles que antes eran deuda histórica. Los baños son más limpios, más funcionales y, detalle no menor, con jabón disponible de forma constante. Puede parecer mínimo, pero en un estadio que acogerá por tercera vez un Mundial y está cerca de cumplir 60 años, es una revolución silenciosa.

La renovación del Azteca, con una inversión cercana a los 3 mil 500 millones de pesos, no solo apunta al Mundial de 2026. Apunta a redefinir la experiencia del aficionado.

La paradoja es que esa experiencia siempre fue más que el partido. Era el caos, la cerveza en la cajuela, los tradicionales y el ruido antes del silbatazo. Hoy, el Azteca es más ordenado, más limpio, más controlado. Más moderno y el costó fue dejar tradiciones en el camino.


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Rodrigo Corona
RODRIGO CORONA

Reportero en Sports Illustrated México. Apasionado por contar historias del mundo deportivo.