La proeza de los once de Cabo Verde que le sacaron un empate a España

Su nombre de pila dictaba que, desde la cuna, estaba destinado al futbol.
Josimar José Évora Dias nació en el verano de 1986, bautizado así por su padre, un militar ausente, en honor a Josimar Higino Pereira aquel potente lateral derecho brasileño que por esos mismos días deslumbraba al mundo con la selección canarinha en el Mundial de México.
Sin embargo, la historia de este hombre se forjó bajo el cobijo de un apodo nacido del refugio, de las rodillas raspadas y del amor incondicional.
Debido a las obligaciones laborales y militares de sus padres, el pequeño Josimar fue criado por sus abuelos en las calles empedradas de Mindelo, en la isla volcánica de São Vicente.
Allí, jugaba al futbol descalzo contra niños mucho mayores y más fuertes. Cada vez que recibía un golpe duro o una entrada desmedida en el asfalto, corría desconsolado a esconderse en los brazos de su abuela. Los chicos del barrio, en tono de burla cariñosa, comenzaron a llamarlo Vozinha, que en el criollo local significa, literalmente, abuelita.
Vozinha was in tears after his heroic performance earned a clean sheet and Cabo Verde's first-ever World Cup point 🥺 pic.twitter.com/1W7urCuAKQ
— B/R Football (@brfootball) June 15, 2026
Lo que en su infancia comenzó como una molestia que detestaba profundamente, terminó convirtiéndose en su identidad profesional y en el nombre del héroe absoluto que, a sus 40 años recién cumplidos, frustró a la todopoderosa España en el Mundial de 2026.
El 15 de junio de 2026, en el imponente estadio de Atlanta, Vozinha ofreció la actuación de su vida.
Llegó a este Mundial —el primero en la historia de su país— siendo un veterano sin club, tras haber finalizado días antes su contrato con el humilde equipo de Chaves en la segunda división portuguesa.
Nadie esperaba que aquel guardameta trotamundos se erigiera como una muralla de proporciones mitológicas frente a la campeona de Europa, después de registrar ocho paradas magistrales con las que los caboverdianos lograron el empate que sabe a victoria.
En la primera mitad, tras un violento disparo de Ferran Torres que hizo temblar el larguero, el rebote cayó con precisión en la cabeza de Mikel Oyarzabal, quien remató a bocajarro; con el cuerpo prácticamente vencido, Vozinha rehízo su postura en fracciones de segundo y sacó una mano providencial, un milagro estético que silenció el grito de gol ibérico.
Y en la agonía del tiempo de descuento, cuando las piernas ya no respondían y la concentración flaqueaba, voló por los aires para desviar un testarazo letal de Aymeric Laporte, sellando el cero a cero definitivo.
Con el pitido final, el indomable guerrero se derrumbó sobre el césped. Vozinha lloraba amargamente ante las cámaras del mundo entero; las lágrimas corrían por su rostro por la extenuante hazaña deportiva, claro, pero también era el llanto un hijo dolido por la distancia.
"He llorado porque crecí con mis abuelos y, desgraciadamente, no han podido estar aquí hoy. Mi madre tampoco está aquí por problemas con la visa y el dinero que había que pagar. No logramos hacerlo a tiempo", confesó con la voz rota minutos después.
Él fue el pilar indiscutible, el más grande, pero el milagro de Cabo Verde requirió de otros diez hombres cuyas historias de vida son un tributo ineludible a la resistencia y al triunfo de la diáspora.
Frente al gran guardameta, se levantó un cerco de hierro custodiado en su eje central por Roberto "Pico" Lopes, nacido en los suburbios de Dublín, de madre irlandesa y padre caboverdiano. Lopes trabajaba formalmente en el sector bancario mientras jugaba al futbol semiprofesional en el Shamrock Rovers de su país natal.
▪️ World Cup debutants
— B/R Football (@brfootball) June 15, 2026
▪️ World ranked 64
▪️ Smallest country by land area to ever qualify
▪️40-year-old goalkeeper who plays in Portuguese second division
▪️ Central defenders who play in League of Ireland and UAE Pro League
THE MIGHTY CABO VERDE JUST HELD SPAIN TO A GOALLESS… pic.twitter.com/Cthz4Qho0W
En 2018, recibió un inusual mensaje a través de la red social profesional LinkedIn. Al estar escrito en portugués, creyó que era correo no deseado o una elaborada estafa cibernética, y lo ignoró por completo.
Tuvieron que pasar nueve meses para que la federación le escribiera de nuevo, esta vez en inglés. Al usar el traductor en internet sobre el primer mensaje, se dio cuenta de que lo estaban invitando a ser internacional absoluto. Se hizo profesional a tiempo completo y en Atlanta, a sus 33 años, portando el apodo de "Pico" —que evoca la fuerza de una montaña—, fue un coloso dominando el juego aéreo frente a la élite europea.
A su lado, formando una dupla de centrales inexpugnable, batalló Diney Borges. De 31 años y natural de Tarrafal, una ciudad enclavada en las propias islas, Diney es el emblema vivo del talento local forjado a base de golpes duros y destierros exóticos.
Con vasta experiencia en clubes de Marruecos y los Emiratos Árabes Unidos, él fue la fuerza de choque de la selección, la dureza cruda y necesaria para que los delicados atacantes europeos no encontraran grietas confortables por los pasillos interiores.
Los carriles defensivos fueron un fascinante estudio de contrastes generacionales y geográficos.
Por la banda izquierda irrumpió Sidny Lopes Cabral. Con apenas 23 años, este chico nacido en Rotterdam es la joya de la corona del archipiélago. Su historia reciente es un ascenso que rompe la velocidad de la luz: pasó de jugar en la quinta división alemana a firmar con el poderoso Benfica de Portugal en menos de un parpadeo, deslumbrando a los ojeadores europeos tras marcar un inverosímil hat-trick desempeñándose como lateral.
Amonestado con tarjeta amarilla a los escasos 15 minutos del debut mundialista, Cabral demostró una templanza impropia de su juventud, soportando el asedio por su sector y midiendo sus tiempos con precisión de cirujano ante los regates de Lamine Yamal y Ferran Torres.
Por el carril derecho patrulló Steven Moreira, de 31 años, un lateral con porte y escuela de élite.
Nacido en Francia y habiendo defendido a la selección juvenil gala junto a grandes promesas europeas, Moreira tardó años en aceptar el llamado de Cabo Verde. Su demora no fue por desdén, sino por amor filial: su madre tenía un miedo profundo a que viajara al país africano, marcado por las carencias y el temor por las infraestructuras que ella misma percibió en una visita décadas atrás.
Fue en la plena madurez de su carrera, compitiendo en Estados Unidos con el Columbus Crew, que finalmente logró convencer a su madre de dejar atrás los fantasmas del pasado.
El mediocampo fue la sala de máquinas del sacrificio absoluto.
Para intentar anular a genios de la posesión como Rodri, Pedri y Fabián Ruiz, el técnico Bubista precisaba de destructores incansables. El ancla de este plan maestro fue Kevin Pina, un portentoso mediocentro de 29 años nacido en Praia y jugador del FC Krasnodar en Rusia.
Pina se convirtió en una sombra asfixiante, el obrero encargado del trabajo sucio, persiguiendo cada posesión española con una agresividad y un rigor posicional que terminó esterilizando la zona de creación europea.
Aportando la escuela del toque y la fina distribución en este sector, se encontraba Laros Duarte. También nacido en Rotterdam hace 29 años, Laros fue esculpido en la célebre cantera del Sparta Rotterdam y tiene un importante pasado representando a las selecciones juveniles neerlandesas.
Jugador del Puskás Akadémia de Hungría, Duarte prefirió hacer honor a la sangre de sus padres, encargándose de poner la única cuota de pausa y criterio a los escasos balones que su selección lograba rescatar entre el agresivo oleaje rojo.
Cerrando este blindado triángulo en el corazón del campo operaba Jamiro Monteiro, otro hijo ilustre de la numerosa comunidad caboverdiana asentada en los Países Bajos.
A sus 32 años y militando en el PEC Zwolle, Monteiro abandonó cualquier instinto egoísta de lucimiento ofensivo. Su sagrada misión esa tarde no fue brillar con el balón en los pies, sino estorbar sistemáticamente, ensuciar la salida limpia del rival y correr con los pulmones al límite de su capacidad, fundido por el inmenso esfuerzo colectivo de un equipo que se resignó a sobrevivir con apenas un 30% de la posesión del balón.
Finalmente, en un escenario hostil donde la pelota escasea, los atacantes se ven obligados a mutar en la primera línea de defensores.
Por la banda derecha se desgastó Ryan Mendes, el gran capitán y el mito viviente más grande del archipiélago. A sus 36 años, este extremo nacido en la isla de Fogo —quien hace más de una década fue fichado por el Lille de Francia con la quimérica tarea de reemplazar el vacío dejado por Eden Hazard—, estaba disputando el partido que justificaba toda una vida de carrera.
Es, en la actualidad, el hombre con más presencias y más goles anotados en la historia de su nación, pero frente a los ibéricos olvidó los pergaminos y las jerarquías. Bajó a defender como un novato hambriento de gloria, y su experiencia resultó ser la clave dorada para anestesiar el vértigo y la explosividad de Nico Williams en el tramo final del encuentro.
En el flanco izquierdo, la amenaza latente de Cabo Verde tenía nombre y apellido: Jovane Cabral. Nacido en Assomada, este talentoso delantero de 27 años fue pulido con celo en la inagotable fábrica de talentos del Sporting CP de Portugal, club con el que logró tocar el cielo levantando numerosos títulos nacionales.
Su deslumbrante calidad era tal que, en el año 2018, estuvo a un solo paso de renunciar a sus raíces e iniciar los trámites para enfundarse la camiseta de la propia selección portuguesa. El destino dictó que vistiera con orgullo el azul profundo de su tierra natal, y su velocidad endemoniada mantuvo en constante tensión psicológica a la retaguardia española.
Y en la soledad más árida, ingrata y desgastante, aguardaba el delantero centro, Dailon Livramento. Con 25 años y nacido, una vez más, en Rotterdam, el potente jugador del Casa Pia portugués fungió como una estoica boya en medio de un mar tempestuoso.
Chocó, forcejeó y se batió en duelos físicos sin tregua alguna contra defensas de una élite avasallante como Laporte y Cubarsí. Su misión principal no era esculpir goles de antología, sino guerrear por cada largo despeje aéreo que emergía desde los botines de Vozinha, buscando darle un efímero pero vital segundo de oxígeno a todos sus compañeros.
Una pequeña nación insular de poco más de medio millón de habitantes, cimentada por el orgullo indomable de una diáspora global —extendida desde los canales de los Países Bajos, pasando por los suburbios de Dublín y las calles de Francia—, enfrentándose sin un ápice de complejo de inferioridad a un gigante mundial.
Los once hombres de Cabo Verde lograron una proeza. Y en el epicentro emocional de todos ellos, la figura agigantada de un portero de 40 años.
