Luca Zidane, el arquero que eligió África para escribir su propia historia

En Marruecos, lejos de los estadios europeos donde creció su apellido, Luca Zidane encontró algo más que continuidad deportiva: encontró pertenencia. Nacido en Francia, criado en España y formado bajo la sombra inevitable de uno de los nombres más grandes en la historia del futbol, el guardameta de 27 años vive en la Copa Africana de Naciones el torneo que empieza a definirlo por lo que hace, no por lo que representa.
Defendiendo el arco de Argelia, Luca es hoy el único portero titular entre los cuartofinalistas que no ha recibido un solo gol. Un dato frío, pero contundente. Uno que cobra mayor dimensión cuando se entiende el escenario: un torneo que exige carácter, lectura del juego y temple emocional, virtudes que Zidane ha mostrado sin estridencias, sin discursos grandilocuentes, dejando que el silencio de su área hable por él.
La prueba más dura lo espera en Marrakech. Nigeria, con Victor Osimhen y Ademola Lookman, dos de los atacantes más temidos del continente, aparece como el próximo obstáculo. Ambos han ganado el Balón de Oro africano y ambos llegan con tres goles en el torneo. Frente a ellos, Luca no necesita presentaciones: necesita sostener el arco, resistir el ruido y mantener la calma.
Desde las gradas, un rostro familiar se repite partido a partido. Zinedine Zidane observa. No como leyenda, sino como padre. Luca lo ha dicho sin rodeos: jugar con la familia presente transforma la experiencia. No la aligera, la hace más real.
Su camino hasta aquí no fue automático. Francia lo cobijó en las categorías juveniles, hasta cinco veces. España lo formó futbolísticamente. Argelia lo esperaba como posibilidad lejana, anclada en la historia familiar. Durante años, Luca fue elegible para tres selecciones. Al final, eligió una sola identidad deportiva.
La decisión llegó en 2025. FIFA aprobó el cambio de nacionalidad y Luca debutó con Argelia en una victoria rumbo al Mundial 2026. Meses después, una lesión del arquero titular Alexis Guendouz abrió una puerta inesperada. Zidane entró y no salió más.
Ante Sudán y Burkina Faso mantuvo su arco intacto. Descansó frente a Guinea Ecuatorial. Volvió para los octavos ante la República Democrática del Congo y respondió en una noche larga, tensa, resuelta en tiempo extra. Otra vez en cero. Otra vez firme.
El ruido previo al torneo fue inevitable. El apellido. La herencia. La expectativa. Dentro del vestidor, sin embargo, la narrativa fue otra. “Es uno más”, dijo Riyad Mahrez, capitán y referente. Luego concedió lo obvio: el apellido pesa. Pero en la cancha, pesa más detener el balón.
Argelia busca desde hace años un heredero para Raïs M’Bolhi, dueño del arco durante más de una década. Guendouz tomó el relevo, pero ahora Luca Zidane se asoma como una alternativa real, con tiempo y torneo para consolidarse.
Hay algo simbólico en su historia. Luca no fue el niño prodigio que heredó la magia del mediocampo. Fue el niño que terminó bajo los tres palos porque su padre y su hermano mayor lo colocaban ahí durante los partidos familiares. El último de la fila. El que observa todo de frente.
Hoy, ese niño defiende un arco africano con serenidad europea y raíces familiares profundas. Y mientras Argelia avanza, Luca Zidane se acerca a un destino que parecía lejano: escribir su propia historia.
En el horizonte aparece el Mundial de 2026. El mismo que su padre levantó en 1998, con dos goles de cabeza que quedaron tatuados en la memoria del futbol. Luca no necesita replicar ese momento. Le basta con sostener el arco, partido a partido, para demostrar que su apellido no es un peso: es un punto de partida.
