Maradona 1986, aquellos mágicos días del Diego en el Estadio Azteca

La historia del futbol contemporáneo tiene un centro de gravedad indiscutible y es el césped del Estadio Azteca, un lugar que muy difícilmente puede reducirse a una estructura de concreto y basalto, construida sobre 180 millones de kilos de roca volcánica.
En el verano de 1986, ese coloso de concreto al que Octavio Paz definió como testigo insobornable de una época, esperaba a otro héroe —Pelé ya lo había encarnado en 1970— a la altura de su gigantismo. Y en el verano se convirtió en el lienzo donde un hombre de un metro con sesenta y cinco centímetros con el aura de un poeta maldito, desafió las leyes de la física y las convenciones del azar.
Era el 22 de junio, hacían 30 grados y el sol se sentía eterno. Ese día el Coloso de Santa Úrsula fue testigo de uno de los enfrentamientos más simbólicos en la historia de los mundial,es los cuartos de final entre Argentina e Inglaterra, con las heridas aún abiertas y ensangrentadas de la Guerra de las Malvinas, donde más de 600 militares argentinos murieron defendiendo las islas sudamericanas.
Ese día, Maradona ejecutó en apenas cinco minutos dos actos que definieron su dualidad; la picardía humana y la perfección divina.
El primer gol, la Mano de Dios en el minuto 51, fue un acto de prestidigitación. Ante la salida de Peter Shilton, de 1.85 metros, Maradona usó su puño izquierdo para impactar el balón. "Fue un poco con la cabeza de Maradona y otro poco con la mano de Dios", diría después, acuñando una de las frases más famosas del siglo XX. Fue la viveza criolla elevada a escala global en el escenario más imponente del mundo, una que el árbitro Ali Bin Nasser, convertido en custodio del error humano, elevó a la categoría de mito.
Fue la manifestación de lo que el poeta Antonio Deltoro llamó alguna vez "la venganza del pie sobre la mano”. Pero el futbol, como la gran literatura, exige una redención
Cuatro minutos más tarde, el estadio presenció el Gol del Siglo. Tras recibir el balón en su propio campo, Maradona inició una carrera de 10.8 segundos que atravesó el núcleo del equipo inglés. Realizó 12 toques con su pierna izquierda y 44 zancadas, eludiendo a cinco rivales antes de definir frente a la portería.
La narración de Víctor Hugo Morales, calificándolo de barrilete cósmico, se convirtió en el epitafio sonoro de una jugada que, según los análisis técnicos, desafió las leyes de la física y el cansancio en la altitud mexicana.
Si bien la posteridad se ha anclado en aquel mediodía ante los ingleses, la dominancia de Maradona en el Azteca alcanzó niveles de pureza técnica asombrosos en la semifinal contra Bélgica. En ese encuentro, el capitán argentino anotó un doblete que muchos puristas consideran superior desde la ejecución formal: un eslalon entre cuatro defensores que pareció doblar el espacio y el tiempo antes de fusilar a Jean-Marie Pfaff.
La final ante Alemania Occidental, el 29 de junio, fue la prueba definitiva de su mística. Ante 114,600 almas, Maradona aceptó el sacrificio de la marca personal de Lothar Matthäus para ejercer de conductor silencioso. En el minuto 84, con el marcador en un agónico 2-2, Diego divisó un resquicio de luz en la defensa germana y filtró un pase de treinta metros para Jorge Burruchaga.
No mucho tiempo después, levantó la Copa del Mundo bajo el sol de Santa Úrsula, Maradona cerró un torneo donde participó en el 71% de los goles de su equipo, una estadística que linda con lo divino.
“Te vas de la mano de Dios”, decía el homenaje del Estadio Azteca al Diego tras su partida en 2020, una corona de flores en la portería norte, el lugar exacto de sus hazañas.
