Mikel Aguirre: Retrato de mi padre

En el campo, Javier Aguirre es un hombre duro, perfeccionista... Sin embargo, su hijo cuenta su rostro más íntimo: el del hombre comprometido con su familia
El hombre que dirigió selecciones y clubes alrededor del mundo, retratado desde el lugar que más le importa: su familia.
El hombre que dirigió selecciones y clubes alrededor del mundo, retratado desde el lugar que más le importa: su familia. / MexSport Sports Agency

Por Mikel Aguirre

Mi papá nunca soñó con ser futbolista. Eso me lo ha dicho él mismo, con esa tranquilidad que lo caracteriza fuera de las cámaras, sentado en casa con su tequilita o en algún aeropuerto esperando un vuelo a ningún lugar que hubiéramos planeado. Un visor del América lo vio jugar, lo llamó, debutó en Primera División y jugó quince años. Así comenzó todo. Sin plan, sin sueño previo, sin el guion que uno esperaría de quien acabaría dirigiendo a México en tres Copas del Mundo.

Yo lo cuento así porque así es él: las cosas más grandes de su vida le han llegado sin buscarlas. Y eso, lejos de ser casualidad, habla algo de su forma de estar en el mundo.

Para entender a Javier Aguirre hay que entender primero la casa donde crecimos. Una casa donde los domingos eran una guerra declarada. Mi papá le va a los Dallas Cowboys, mi mamá a los Pittsburgh Steelers, mi hermano mayor a los Tennessee Titans, yo a los Bills de Buffalo y el chico a los Jets de Nueva York. Cinco personas, cinco equipos distintos, un solo televisor. En futbol mexicano tampoco nos pusimos de acuerdo: yo soy Chiva desde que nací en Guadalajara, mi hermano grande es del Necaxa de los noventa —el que volaba con Ivo Basay y Aguinaga— y el chico es de Pumas por los bicampeones con Hugo Sánchez. Mi mamá es americanista de corazón, más que mi propio papá, que con los años y tantos equipos dirigidos fue dejando atrás los colores. Si hoy le preguntas a Javier Aguirre a qué equipo le va, te dice sin dudar: a los Atléticos de Oakland. Ese equipo sí. Ese y los Cowboys. Los demás han pasado por su vida como estaciones de tren. Oakland, no. Oakland es otra cosa.

Pamplona, el futbol se vuelve familia

Cuando mi papá nos dijo que nos íbamos a vivir a Pamplona, vivíamos bien en México. Muy bien. Teníamos un puesto en la selección nacional, comodidad, reconocimiento. Y de repente: "Vámonos al norte de España. A ganar cinco veces menos. A que nadie nos conozca".

Mis hermanos y yo lo escuchamos. Y mis papás, con esa convicción que solo tiene el que ya aprendió a confiar en su instinto, nos llevaron.

La historia de cómo llegó al Osasuna es una de mis favoritas. Mi papá estaba en Japón, en pleno Mundial de 2002. Un amigo suyo, periodista del diario Marca, le hace una entrevista y él, sin pensarlo mucho, dice en que algún día le gustaría dirigir en España. Esa entrevista la lee Ángel Martín González, un ex compañero suyo en el Osasuna que andaba en los planes de la nueva directiva del club con Francisco José Izco Ilundain, más conocido como Patxi Izco. Y le hablan. Al gimnasio del hotel, en Japón. Contesta Alberto de la Torre, su jefe en la selección: "Javier, te hablan del Osasuna", le dijo. "¿Cómo que del Osasuna?", respondió mi papá. "Sí, del Osasuna".

Así llegamos a Pamplona. Los primeros tres meses, mi papá no ganó un partido. Tres meses sin ganar. Y Patxi Izco no lo corrió. Algo vio ese señor —que en paz descanse— que dijo: el mexicano se queda. Y se quedó. Ese voto de confianza lo llevó al cuarto año.

Ese cuarto año en Pamplona fue el más hermoso que viví futbolísticamente en mi vida. No lo digo yo solo, lo dice toda la familia. Mi papá movía piezas como si tuviera cuatro delanteros que respondían a cualquier orden: el australiano John Aloisi; el serbio Savo Milošević; el camerunés Pierre Webó; el uruguayo Richard Morales. Pablo García en el medio como un animal. Los centrales César Cruchaga y Josetxo en una forma impresionante. El marroquí Moha; el arquero Ricardo. Un equipo que le ganó al Atlético, al Barça, al Sevilla y que hizo 68 puntos. El mejor Osasuna de la historia, yo creo.

Hubo una cláusula en esos años que me parece que lo dice todo sobre cómo piensa mi papá. En cada renovación con Patxi Izco, él insistía en incluir una línea específica: "Si me llama el Atlético de Madrid, me voy gratis". No porque lo esperara. Sino porque lo había visto desde el segundo año. Un club histórico en sus peores momentos, sin ídolos, con un chaval de 23 años hecho capitán porque no había más. Y dijo: ahí puedo ayudar.

Si Dios es grande, dicen. Le llamó el Atlético de Madrid.

El Calderón, el único lugar donde sentí miedo

El Atlético de Madrid fue el proyecto más grande que mi papá ha dirigido. Lo digo con todas sus letras, con todo respeto a los mundiales y a la selección. Porque en una selección llevas la carga de un país, pero en el Atlético cargabas a un club que llevaba veinte años sin jugar Champions y que tenía a su afición a punto de romper.

Yo, que he estado en estadios en África, en Brisbane, en Moscú a -4 grados centígrados, solo he sentido miedo de verdad una vez: en el Vicente Calderón. Los ultras afuera, bloqueando la salida de los coches cuando las cosas no iban bien. Mi mamá abrazándome para sacarme de ahí. Esa es la magnitud del Atlético de Madrid, para bien y para mal.

Las victorias ahí eran otra cosa. Uno bajaba tres kilos de tanto sufrir. Eran sufridos y lo sabían, eso los unía. El Calderón tiene una mística que yo solo comparo con el Azteca. 

¿El título de mi papá en el Atlético? No está en ninguna copa. Está en un mensaje de texto. Cuando el Cholo Simeone ganó la liga —creo que en 2014— Miguel Ángel Gil le respondió un mensaje a mi papá que decía: "Muchas gracias, Javier. Todo esto empezó contigo".

Ese es nuestro título. Que el dueño del club reconozca el trabajo. No la prensa, ni la afición. El hombre que estuvo ahí.

El Kun, Moscú y el niño con guantecitos

En esa época con el Atlético viajábamos con el equipo a los partidos de UEFA. Una noche en el estadio Lokomotiv de Moscú, -4 grados, perdiendo 3-1 de forma vergonzosa. Un delantero nigeriano, Peter Odemwingie, nos estaba metiendo un baño.

Y entonces un niño argentino con sus guantecitos recibe un balón largo, hace "fuck, fuck, fuck" para sí mismo, se lleva a seis y gol. Al 85, lo mismo. Empate. Yo lo miré y pensé: nunca he visto nada parecido en mi vida.

Ese niño era el Kun Agüero. El fichaje más caro en la historia del club hasta ese momento. Y en los aeropuertos venía a sentarse con mi hermano y conmigo a jugar Game Boy. Una vez, esperando vuelo a no sé dónde, sentí un dedito en el hombro y volteo: era él, muerto de risa. El mismo que en la cancha era un animal. Así era el Kun.

Los mundiales, los torneos donde los errores se ven en millones de pantallas

Algo que la gente no entiende —o no quiere entender— es lo que significa crecer con un papá cuyo trabajo lo ven millones de personas. Todos nos equivocamos en nuestra chamba. La diferencia es que la de mi papá la critican en cadena nacional.

El tema de alinear al “Bofo” Bautista contra Argentina en Sudáfrica, por ejemplo. Lo repiten como si esos 45 minutos hubieran decidido el mundial. Mi papá lo puso porque en los entrenamientos era, dice, el mejor. Talento brutal. Lo puso pensando que podía bloquear a Mascherano por detrás del delantero. No funcionó, lo quitó al medio tiempo. Pero en ese mundial jugamos 360 minutos. El Bofo jugó 45.

Lo que no se cuenta del 2002 es que esa selección fue una máquina durante la fase de grupos. Jared Borgetti metió dos goles que no se olvidan: contra Ecuador para empatar y el gol de cabeza ante Italia. Le ganamos a Croacia 1-0. Le ganamos a Ecuador 2-1. Empatamos con Italia, resultados que nos pusieron en Octavos con la frente en alto. Yo era un niño y recuerdo esa sensación de que algo distinto estaba pasando. Esa campaña, esos cuatro partidos, ese Borgetti que parecía que no iba a fallar nunca, eso también es Javier Aguirre. Lo que no cabe en el titular de la eliminación. Porque la eliminación contra Estados Unidos dolió, claro que sí. Pero no borra lo que se construyó antes.

En 2010 el dolor fue distinto. Esa generación venía con una etiqueta que nadie les pidió: iban a cambiar el futbol mexicano. Carlos Vela, Giovanni dos Santos, Héctor Moreno. Un proyecto entero construido sobre la expectativa. Y toda esa presión le cayó a mi papá de golpe. El partido que se me quedó grabado no fue el de Argentina. Fue el de Uruguay. Yo me lo decía antes de jugarlo: si ganamos a Uruguay nos toca Corea, nos toca Ghana, por ahí nos metemos a semifinales como se metió Uruguay. Ahí se nos fue el mundial, en ese partido. No en el de Argentina, no con Tevez. Ahí. Y después mi papá no volvió a ver ese juego. Nunca. No vuelve a ver los partidos que pierde. Dice que hacerlo es como darse latigazos en la espalda. Se acabó, a lo que sigue. Eso también lo aprendimos nosotros: cerrar la página y caminar.

Lo que no se cuenta es lo otro: que le ganamos a Francia. El día que Domenech se peleó con todos y Nicolás Anelka dejó la concentración para no volver. La camiseta de Anelka de ese partido la tengo yo en mi casa. Mi papá intercambiaba camisetas con jugadores y nosotros le pedíamos las de los grandes. Yo no sabía ese día que Anelka nunca más volvería a jugar con Francia. Tengo una joya guardada sin haberlo planeado. Como todo en esta familia.

Lo que más me dolió a mí papá fue lo de El Salvador, en la eliminatoria de ese mismo ciclo. Mi papá venía del Atlético de Madrid. Yo vivía en Madrid, unos amigos abrieron su restaurante a las 3 de la mañana para que pudiéramos ver el partido. Perdimos. Y al día siguiente leí cosas que cruzaron la línea: ¿para qué vino este güey? Ocho años en Europa y no le sirvieron de nada. Eso me dolió. No la crítica al entrenador, eso viene con el trabajo. Sino que nadie dijera: oigan, este señor estuvo ocho años partiéndosela en España.

Mi papá tiene algo que pocos entrenadores tienen: cuando falla, lo dice. No busca excusas, no vende historias. Sale a conferencia y dice: me equivoqué en esto, en esto y en esto. Y ya está. Dice que eso hasta lo libera. Porque cargar con la mentira cuando lo vimos todos tiene un peso que no vale la pena.

Zaragoza, la lección más amarga

Hay una etapa de la que no hablamos mucho, pero que marcó. Es 2010, Zaragoza. Mi papá llegó a un club en problemas y el dueño resultó ser un cuate muy complicado. No solo con el futbol. Un día llegó y le dijo a mi papá: "Toma este sobre. Se lo entregas a tal persona en tal lugar."

Mi papá no lo abrió. Ni lo abrió. Lo entregó donde le dijeron y no supo nunca qué había dentro. Pudo haber habido dulces. Pudo haber habido plumas. Él no lo vio. Pero eso, en un mundo que ya tenía su nombre formado, fue suficiente para arrastrarlo a un juicio por presuntas apuestas.

Lo más injusto no fue el juicio. Fue que en ese juicio no se demostró absolutamente nada. Y sin embargo el único al que le costó algo —de verdad, en su carrera, en su vida— fue a mi papá. Los jugadores que estaban en lo mismo siguieron jugando. Gabi fue capitán del Atlético, ganó la Europa League al año siguiente. Leo Ponzio jugó en River Plate. Y mi papá perdió la dirección técnica de Japón.

Estábamos viviendo una de las mejores experiencias de nuestra vida, dirigiendo una selección que yo, de verdad, creía que iba a ser campeona de Asia. Jugaban un futbol hermoso. Y se juntó todo: el juicio, las marcas que no querían entrenador extranjero, la Copa de Asia que no salió, los Emiratos que nos eliminaron. Y salió.

Escuché cosas en esa época que no debería haber escuchado sobre la moral de mi papá. Que si había vendido partidos. Que si esto, que si lo otro. Gente que conocíamos. Periodistas que tenían su número y podían llamarle… y no llamaron.

Nosotros vivimos en Japón uno de los momentos más dolorosos de nuestra historia. No por la eliminación. Sino porque en Japón, a diferencia de aquí, eres culpable hasta que se demuestre lo contrario. Y eso a un hombre honesto le pesa diferente.

Los Emiratos, lo que te quita el mundo te lo da otro

Cuando se cierra Japón, se abre el mundo árabe. Y digo se abre porque eso fue exactamente lo que pasó. Nos fuimos a Emiratos Árabes sin que nadie nos preguntara nada del juicio, sin que nadie nos cuestionara. Y ganamos dos títulos.

Es un mundo distinto. Un país futurista donde construyen edificios que parecen de película, donde te cruzas con brasileños, argentinos, españoles, mexicanos, todos viviendo juntos bajo reglas que uno tiene que aprender a respetar. En Ramadán no puedes comer ni fumar en la calle hasta que se meta el sol. Yo lo aprendí de la peor manera, con dos militares emiratíes encima en cuestión de segundos. Me cagué de miedo. Pero uno va entendiendo que no nada más vas a entrenar un equipo, vas a conocer una cultura.

Y en Japón es lo mismo, pero distinto. Me echaron del jacuzzi del edificio porque tengo tatuajes, que allá son marca de la yakuza o, en otras palabras, la mafia japonesa. Desde entonces me bajaba al gimnasio con manga larga y calculaba si había japoneses en el agua antes de meterme. Son sus creencias. Hay que respetarlas.

Lo que me quitó Zaragoza en Japón, me lo dio Abu Dhabi. Eso también es la vida de mi papá: piensas que vas por un camino y el futbol te lleva por otro.

Y después de los Emiratos llegó Egipto, que fue su propia historia. Mi papá llega a la selección egipcia con un acuerdo claro: llevar jóvenes a la Copa de África, foguearse, construir de cara al mundial. Eso le dijeron. Meses después, Camerún —que tenía que organizar el torneo— dice que no puede. Y Egipto, de un día para otro, decide ser el anfitrión. Y entonces le hablan a mi papá y le dicen: "Cambio de planes. La Copa de África se juega aquí. Tienes que ser campeón". Sin más. Yo fui a esa copa. Vi a los egipcios en las gradas, extasiados de jugar en casa, festejando cada partido de grupos como si fuera una final. Y yo de verdad, de verdad creía que íbamos a ganar. Le habíamos ganado a Nigeria en amistoso, le habíamos ganado a Camerún. La única selección que me generaba duda era Argelia. Me decía: lo único que nos puede parar es Argelia y sería en la final. Nos eliminó Sudáfrica en octavos. Un partido donde fuimos superiores, le pegamos al poste, fallamos jugadas y en un contraataque nos hicieron gol. Lloré. Lloré en el estadio como hacía mucho no lo hacía. Porque de verdad lo veía. Ese es el futbol que te rompe: no el que pierdes porque te superaron, sino el que pierdes cuando ya lo tenías.

Lo que nadie sabe

Hay una historia que cuento muy poco. La cuento ahora porque creo que es la que mejor lo define.

En 2009, cuando mi papá regresó a dirigir a México, mi hermano grande y yo nos quedamos viviendo en Madrid. Yo tenía 17 años. Mi hermano 19. Y yo, en ese entonces, tenía un problema fuerte con las adicciones.

Mi papá se enteró. Y me dijo: yo renuncio al mundial ahorita mismo si accedes a limpiarte.

Faltaban cuatro meses para el Mundial de Sudáfrica. Nadie lo sabía. Nadie lo sospechaba. Y él, sin dudarlo, puso a su familia por delante de todo.

Yo le dije que no. Que él se fuera a hacer su trabajo, que yo me iba a limpiar. Y así fue.

Eso es Javier. El que pone a su familia primero. Siempre. No el técnico que ves en la tele, no el que se baja la gorra en conferencia de prensa. El que a las 11 de la noche te llama para preguntarte cómo estás. El que con sus jugadores hace lo mismo que hizo con nosotros de niños: les dice que ya lávense los dientes, córtense el pelo, ordenen su cuarto. Que si te chinga es porque te quiere, ese es su idioma.

Hoy en los vestidores de la selección le dicen el abuelito. El Yayo, le dicen mis hijas. Fue Alexis Vega, creo, el que le puso el apodo. Y él se lo toma con humor porque en el fondo sabe que así es, que estos chavos podrían ser sus nietos, que Gilberto Mora tiene 17 años y él nació en 1958. Y sin embargo ahí está, preparando su quinto mundial. Jugador en el 86, auxiliar en el 94, técnico en el 2002, en el 2010 y ahora en el 2026. En casa.

Lo que le va a contar a sus nietas

Mi hija, la más grande, tiene cuatro años y va a cumplir cinco. Ella sabe que el Yayo trabaja en el futbol. Más que eso no entiende. Dice que trabaja en el equipo de la gallina, porque vio el escudo de la selección y le pareció una gallina.

Y ese es el Javier que más disfruta. El que juega con la pelota en la sala mientras en la tele están pasando los análisis de su convocatoria. El que ve Bluey con las niñas con la misma concentración con la que estudia rivales. El que se ríe de sí mismo antes que nadie.

Yo le voy a contar a mis hijas todo esto algún día. Les voy a contar las noches de nieve en Pamplona, las noches de UEFA en Francia donde nos mentaban la madre, la noche que lloramos en Australia y la noche que lloramos en Egipto. La Copa de Asia que se nos fue de las manos cuando de verdad creíamos que éramos campeones, las celebraciones que hicimos escondidos en Emiratos porque no se puede tomar alcohol pero nosotros sí festejamos.

Les voy a contar que su abuelo tiene más victorias que ningún otro técnico en la historia de la selección mexicana. Que dirigió en siete equipos en España. Que estuvo en dos mundiales como jugador y auxiliar antes de dirigir. Que cuando el Atlético de Madrid ganó la liga después de décadas, el dueño le escribió un mensaje que empezaba con "todo esto empezó contigo".

Y les voy a contar, sobre todo, lo que él dice cuando le preguntan en qué ha cambiado después de todo este camino. Dice que ya aprendió a no hablar antes de tiempo. Que dijo que nunca más iba a dirigir en Liga MX y volvió con los Rayados. Que dijo que nunca más iba a dirigir a México y aquí estamos. Que a los 45 pensaba retirarse y lleva 22 años más.

Entonces ya no dice nada. Deja que el futbol hable.

Eso es Javier Aguirre. El hombre que nunca planeó nada y que, sin embargo, lleva toda una vida construyendo algo que ningún título puede medir del todo: una familia que lo sigue a donde sea, que llora sus derrotas como propias, que defiende su honra sin que él tenga que pedírselo, y que al final del día lo conoce de verdad.

Al Yayo del equipo de la gallina.


Mikel Aguirre es periodista deportivo y corresponsal de TDN. Creció en México, Pamplona y Madrid viendo a su padre escribir una historia que nadie había planeado.


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