Sueños de un balón sin fronteras

El balón viajó y Leo controló con el pecho, no dejó que cayera al césped y con una volea suspendida en el aire… golazo en la red. En ese momento la pelota dejó de ser solo un objeto y lo transportó a su país: Colombia. Sin quererlo, Leo revivía la mítica estampa de James Rodríguez en contra de Uruguay en los Octavos de final del Mundial 2014. Aquel gol, clasificado como el mejor del torneo, sacudió al mundo y ahora sacudía los recuerdos de Leo, que a sus 16 años es solicitante de asilo en México.
A Leo le brillan los ojos al recordar cómo imitó el gol de su ídolo en una de las canchas de la Magdalena Mixhuca, el deportivo al Oriente de la Ciudad de México, en el que se llevó a cabo el Torneo Oficial de Futbol Infantil Comunitario Ollamaliztli, un festejo en el marco de la Copa Mundial de la FIFA 2026.
Leo es delantero del equipo de infancias y adolescencias en situación de refugio que ganó el torneo de la Alcaldía de la Gustavo A. Madero.
Era más que un gol. Leo se lo dedicó a su abuela y a su mamá que lo estaba grabando en ese momento con un celular.
—¿Cómo lo celebraste?
—Hice una M con los dedos para mi abuela… juntando las manos frente al pecho–– y una S para mi mamá.
Así, estremecido, con los ojos inundados y apretando un nudo en la garganta recuerda ese momento.
Estamos en Cafemín, un albergue para Mujeres con hijos, Familias Migrantes y Refugiadas. Huele a comida recién preparada, el comedor es amplio y hay cajas para colocar juguetes. Leo cuenta su historia de migración.
En Colombia jugaba en las calles de Barranquilla, su ciudad natal, con vecinos, familiares y amigos. Leo jugó en un equipo llamado Deportivo Carpas, en el barrio de El Bosque. Un profesor de este equipo fue fundamental para impulsarlo.
A pesar de que su equipo favorito es el Junior de Barranquilla, su sueño como futbolista quedó pausado.
––Yo quería ser uno de ellos, que me vieran jugar en la calle y jugar en su equipo.
Una noche Leo salió de casa con su madre y su hermano en un autobús hacia Medellín, pasaron por Necoclí, un remoto pueblo de Colombia por el que pasan cada año miles de migrantes.
Tomaron unas lanchas que los llevaron hasta una selva para llegar a un primer campamento. La travesía fue dura.
––Mucho muerto, mucho río, a pie…no encontrábamos salida a eso.
Se quedaron solos en un punto. Duraron tres días en la selva hasta quedarse sin comida y llegaron a otro campamento. Al día siguiente los llevaron a Panamá y desde ahí en autobús hasta México, donde lleva poco más de un año.
Dice que le gusta el Palacio de Bellas Artes, El Bosque de Chapultepec y el Ángel de la Independencia sobre Paseo de la Reforma.
La iniciativa de este torneo surgió de la colaboración del Gobierno de la Ciudad de México, que ha impulsado programas de atención e inclusión para la población refugiada y la Secretaría de Turismo, que buscó a ACNUR (la agencia de la ONU para refugiados).
Actualmente, Leo cursa tercero de secundaria y sus materias favoritas son arte y matemáticas. El futbol es su deporte predilecto, lo juega todos los días y muestra su talento con el balón durante la entrevista, el balón lo obedece en cada movimiento.
Terminó como el máximo goleador del equipo de personas en condición de refugio en México ––con 15 goles aproximadamente–– cuenta con orgullo.
––¿Por qué fue significativo ese gol de volea?
Como estoy fuera del país me hizo recordar Colombia y a James mi jugador estrella. No lo voy a olvidar. Nunca. Todo lo que no pude hacer allá lo estoy haciendo acá en México.
Alejandra Carrillo Soubic, jefa de la oficina de terreno de la ACNUR en la Ciudad de México, hace una distinción crucial: Una persona refugiada es aquella que huye de su país y no puede regresar porque su vida, seguridad o libertad correría peligro. Y una persona migrante, en contraste, sale de su país, pero si regresara, su vida, seguridad o libertad no estaría en peligro.
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Al torneo hay quienes llegan sin espinilleras, con las calcetas disparejas y uniformes holgados. No importan las tallas equivocadas. En esos rectángulos de césped de la Magdalena Mixhuca no hay otra ley que la risa. El festejo del “Siu” de Cristiano Ronaldo es el más imitado. Las infancias extienden los brazos y caen de pie como si el estadio entero coreara sus nombres.
Entre tantas historias nacidas en México, destacan también las que comenzaron lejos…
La vida de André ha sido la de un joven migrante con pasión por el futbol. Por las tardes solía jugar con su primo en las calles y regresar para la cena.
Vivió en Perú y en Chile antes de establecerse en México, donde lleva un año y dos meses.
Según le cuenta su madre, salieron de Venezuela cuando él tenía aproximadamente siete años ––ahora tiene 16–. Durante su estancia en Perú, André jugó futbol sala en un equipo local cerca de su casa. Pero su historia de migración apenas empezaba y abandonó el equipo.
En Chile, su siguiente escala, había otra pelota esperando a rodar. Lo inscribieron en una escuela de futbol de Primera División, la Unión Española, aunque no logró destacarse debido a los nervios y porque no podía asistir a los torneos.
–– Chile me gustó porque era un país tranquilo donde mi mamá se sentía segura. Yo podía salir de la casa a las 7 de la mañana y podía regresar a las 10 de la noche y sabía que iba a regresar sano y salvo. Allá tenía un tío que le gustaba el futbol y me invitaba a jugar con sus amigos.
André tiene una voz alborotada, llena de vida. Como si cada palabra subiera y bajara como una pelota rebotando contra el césped y sin perder el impulso.
Su tono revela también la nostalgia por su país de origen, Venezuela, específicamente por su comida. Extraña las arepas, las empanadas y cachapas, hechas de maíz tierno.
Mientras da la entrevista, su mamá está cerca y su hermano juega en el patio del albergue. Ahí mismo, en una tarde cualquiera ––de esas que parecen no prometer algo– conoció a un señor cuyo nombre nunca supo. La conversación fue breve, casi casual, pero dejó una huella profunda: le ofreció una beca para estudiar en una escuela privada en la Ciudad de México.
Su destino dio un giro. Estudia la preparatoria en La Salle, donde el balón ha seguido marcando su camino. Defiende los colores de la selección de futbol de su escuela con orgullo, como si fuera la antesala de algo más grande. De pequeño no conocía las posiciones, pero actualmente prefiere jugar como delantero o extremo, disfruta de anotar goles, regatear, celebrar y dar asistencias.
Aprendió en tres meses a hacer la “Vuelta al mundo” ––un truco que consiste en dar toques, elevar el balón y girar la pierna a su alrededor antes de volver a golpearlo––.
Relata con sorpresa que su equipo ganó el campeonato de la Alcaldía Gustavo A. Madero especialmente con un gol crucial que él anotó de pierna derecha. Fue la anotación del empate y eso les permitió anotar más y finalmente coronarse campeones.
Él se imagina jugando un Mundial con la camiseta de La Vinotinto representando a la Selección de Venezuela.
André no se cansa de narrar. Se ve ganando esa Final de Campeonato del Mundo y anotando el gol decisivo. Son esos sueños que la migración no puede apagar.
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Ahí en la Magdalena Mixhuca no importan las derrotas. El marcador apenas es un número. Lo único verdadero es el balón rodando. Los festejos improvisados después de un gol improbable. Se celebra con espuma que cae como una nieve blanca y ligera. Entre risas desbordadas, las infancias se persiguen unas a otras para lanzarse agua de sus botellas. Cada espuma es una carcajada, un estallido de alegría.
Ángel comenzó a jugar futbol desde los cinco o seis años, cuando su madre lo inscribió en un equipo de ligas menores en Honduras. Allá jugaba “futbolito” en las calles, partidos improvisados entre amigos. Era el mismo juego que en México se llama “Cascarita”, esa forma libre y alegre de entender el futbol.
Vive en uno de los albergues de la Ciudad de México, Casa de Nuestro Padre, que depende de Cafemin.
Tiene un balón de futbol y a veces suele patearlo contra la pared del patio reducido. Cada rebote es como si fuera un juego. En ese sonido frente al concreto se resume parte de su alegría.
Baja la mirada, cuando recuerda que no pudo llegar a Estados Unidos, uno de sus mayores sueños.
Prefiere no contar las complicaciones de su historia. En la mirada hay dolor. Sin embargo, sus tatuajes reconstruyen el pasado. Él no tiene que hacerlo.
Se mira los brazos. No tiene tatuajes de futbol, pero sí varios con dedicatoria: el nombre de su madre (Magali), su fecha de nacimiento (20 de mayo de 2009) y una mano de ella junto a la suya. Ha pensado en hacerse un tatuaje de futbol como un balón ––como símbolo de los sueños que aún puede recorrer.
Habla a susurros, casi en monosílabas. Juega con los dedos, se mira las manos, evidencia cierto nerviosismo, pero todo cambia cuando toca el balón. Entonces la timidez desaparece, ahí está su lenguaje: en los pies. Surge la alegría de solo patear un balón.
ACNUR fue contactado para concretar la participación de estas infancias. La localización de los niños se presenta como un reto: si bien antes era más sencillo porque la población refugiada y migrante se concentraba en albergues, actualmente esta población está muy dispersa, no solo en diversas alcaldías de la Ciudad de México, sino también en municipios del Estado de México.
Hoy Leo, André y Ángel son amigos. Lo que la vida ha separado de sus lugares, se ha unido por el futbol.
