Lamine Yamal, un paso adelante

Por más amplio que pueda ser el abanico de emociones que experimentan los deportistas durante una competencia, la lástima no suele ser una de ellas. Pero ahí estaba Lamine Yamal en Bruselas en noviembre pasado, sintiendo compasión genuina por los rivales a los que acababa de destrozar.
Al minuto 61 de un partido de Champions League, Lamine Yamal, el extremo de 18 años del Barcelona, recibió un pase a unos 20 metros del arco.
En una jugada que parecía sacada de una comedia, empezó a driblar entre medio equipo rival, rodeando y dejando atrás a media docena de defensores, inmóviles sobre el césped como gnomos de jardín.
Cuando solo quedaba el portero como última línea de resistencia, Yamal coronó la acción con un último toque de magia: usando el empeine del pie izquierdo, colocó el balón con potencia y precisión al fondo de la red.
Era una erupción de talento: la exquisita calidad de Yamal enfrentada a futbolistas que eran “solo” de clase mundial, y no talentos generacionales. También era un choque de edades. Yamal celebró mostrando su ya característico gesto con la mano (más sobre eso después) y una sonrisa luminosa que dejaba ver sus famosos brackets, un recordatorio de que muchas veces está más cerca en edad de los hijos de sus rivales que de los propios rivales.
A Yamal, la jugada le recordó un gol que había marcado tiempo atrás, en un amistoso de pretemporada ante el FC Seúl. Aquella vez también sintió orgullo por lo que había hecho, pero además una genuina compasión por los otros jugadores. “Al final, ellos también tienen amigos, igual que yo”, contó. “Si yo fuera lateral, no me gustaría que un jugador mucho mejor que yo me estuviera superando todo el tiempo. Les pediría que bajaran un poco el ritmo, porque si no, mis amigos empezarían a hacer memes sobre eso”.
Yamal recordó todo esto en un estudio de televisión en el distrito industrial de Barcelona. Estaba ahí para aparecer en 60 Minutos, y hablamos durante casi una hora. También participaba en la grabación de una especie de comercial-videoclip para Coca-Cola, basado en “Jump”, el himno de la marca rumbo al Mundial 2026.
Hace apenas unos años, las tardes de Yamal después de entrenar consistían en jugar FIFA con sus amigos. Ahora él es el FIFA. Sus camisetas del Barça se venden a un mayor ritmo en todo el mundo (según reportes, 1.32 millones en 2025) que las de cualquier otro futbolista.
Como si fuera una VPN humana, Yamal estará disponible y al alcance del público estadounidense este verano. España aparece entre las grandes favoritas al Mundial y debutará el 15 de junio en Atlanta. Y gran parte de esa ilusión recae en una estrella del futbol que todavía está a más de dos años de alcanzar la edad legal para beber en Estados Unidos.
LA HISTORIA del mejor futbolista joven de España no empieza en la península ibérica, sino en África. En 1990, Fátima Nasraoui se subió a escondidas a un autobús en Marruecos y cruzó hacia España con la esperanza de construir una vida mejor.
Cuando logró ahorrar lo suficiente, mandó llamar a sus hijos, y poco después Mounir y Abdul Nasraoui emigraron también de Marruecos a España. Mounir todavía era adolescente cuando conoció a Sheila Ebana, una joven recién llegada de Guinea Ecuatorial que trabajaba en un McDonald’s local. Unidos por su experiencia como inmigrantes, se casaron y en julio de 2007 tuvieron un hijo, al que llamaron Lamine Yamal en honor a dos amigos que ayudaron económicamente a la pareja.
Buen futbolista en su época, Mounir tenía desde temprano la idea de convertir a su hijo en una estrella del futbol. La joven familia crió al niño en la ciudad de Mataró (130 mil habitantes), en el barrio de Rocafonda, un enclave de inmigrantes norafricanos ubicado a unas cuantas calles del Mediterráneo y a 45 minutos al norte de Barcelona.
Pronto, ver a Mounir poniendo a Lamine a practicar ejercicios de conducción y pase se volvió una escena habitual en la cancha de asfalto del parque local.
A veces reclutaban a niños más grandes; otras, usaban perros del vecindario como defensores improvisados. “Todo era regate”, recuerda Yamal. “Como me daba miedo que el perro me alcanzara, salía corriendo con la pelota”.
Mounir y Sheila se divorciaron cuando su hijo tenía 3 años. (“Lamine Yamal Nasraoui Ebana” quedó simplemente en “Lamine Yamal”). Aun así, ambos padres siguieron muy presentes en su crianza.
Sheila se volvió a casar con otro aficionado al futbol, se mudó a la localidad de La Torreta y asumió el papel más protector. Mounir, en cambio, era el equivalente futbolero de esos padres obsesionados con las ligas infantiles.
Pero Yamal también fue criado por Rocafonda. El barrio llegó a ser descrito por el diario español El País como “olvidado, aislado y estigmatizado”, aunque Yamal lo recuerda con cariño. “Pasaba más tiempo en el parque que en mi casa”. Ahí aprendió a explotar sus dones: el instinto, la anticipación y una arrancada tan rápida que parece casi subliminal.
Al otro lado de la ciudad, Lionel Messi comenzaba su camino hacia el estatus de GOAT. Y Yamal también empezaba a llamar la atención. Primero jugó para un equipo del barrio de su madre, C.F. La Torreta. A los 6 años fue detectado por visores del Barcelona, que lo reclutaron para uno de sus equipos juveniles que entrenaban en las canchas de La Masía, la célebre academia del club.
Para Yamal, aquellos campos perfectamente cuidados y los espacios abiertos eran “el paraíso del futbol”. Aunque llegar hasta ahí era un pequeño infierno. Él y su padre solían tomar dos trenes desde Rocafonda, pasándose la pelota en el pasillo cuando el vagón iba vacío; si no, dormían durante el trayecto. Con el tiempo, el club organizó que Lamine y Mounir se quedaran a vivir en la academia.
La reducción del trayecto impulsó todavía más su rendimiento. Incluso jugando en categorías superiores —disputó algunos partidos Sub-16 cuando apenas tenía 11 años— marcaba goles constantemente. Más importante aún, mostraba un sexto sentido para la táctica, los espacios, la anticipación y la creatividad: esas cualidades intangibles que suelen anunciar a los grandes futbolistas. Xavi, entonces entrenador del Barça, convocó a Yamal, con apenas 15 años, para entrenar con el primer equipo.
Yamal debutó en La Liga el 29 de abril de 2023. Con apenas 15 años y 291 días, se convirtió en el jugador más joven en disputar un partido con el primer equipo del Barcelona. Y no fue un simple acto simbólico. Era un adolescente enfrentándose a hombres, y aun así estuvo más que a la altura.
El comentarista Ray Hudson —quien también fue un prodigio adolescente con el Newcastle en los años 70— recuerda haber visto a Yamal en uno de sus primeros partidos de Champions ante el Inter de Milán. “Era contra defensores italianos de pecho peludo, de esos que entran a barrerse como si llevaran un machete escondido”, dice. “Y aun así no podían contenerlo”.
El Barça tuvo la visión de blindar a Yamal después de rechazar varias ofertas, incluida una de 250 millones de euros del Paris Saint-Germain. Pero Yamal también despertó el interés de la federación marroquí, que intentó convencerlo de jugar para su selección. El propio futbolista admite que cuando Marruecos eliminó a España en el Mundial de 2022, sintió que sus lealtades tiraban hacia ambos lados.
Consciente de que otros intentaban arrebatárselo, la selección española incluyó a un Yamal de apenas 16 años en un partido ante Georgia. Finalmente decidió representar a España, el país donde nació, aunque sus botines personalizados llevan las banderas tanto de Marruecos como de Guinea Ecuatorial, un recordatorio de que, como él mismo dice, “represento muchas cosas”.
La gran explosión de Yamal llegó en la Eurocopa de 2024. En cuestión de semanas se convirtió en el jugador más joven en disputar el torneo, en marcar un gol y en ganar el torneo con su selección. Pero los récords de edad se quedan cortos para describir su impacto. Su gol contra Francia en semifinales —un misil con comba desde fuera del área— terminó siendo elegido como el Gol del Torneo.
Un día después de cumplir 17 años, disputó el partido más importante de su vida. Aunque nadie lo habría notado, Yamal se quedó dormido en el autobús rumbo al Olympiastadion de Berlín. Frente a Inglaterra, dio la asistencia del primer gol de la Final, igualó el récord de más asistencias (cuatro) en una Eurocopa, alteró toda la estructura defensiva rival con su impronta creativa, y celebró con furia el título de España.
Y como si quisiera demostrar que aquello no había sido casualidad, de vuelta en La Liga retomó su futbol precoz y feroz. Los goles empezaron a caer uno tras otro, y Yamal comenzó a celebrarlos con un gesto de manos que forma el número 3-0-4, un homenaje al código postal de Rocafonda.
El mes en que cumplió 18 años, el Barça lo recompensó con un contrato que, según reportes, ronda los 30 millones de dólares por temporada. Y las marcas comerciales le generan una cifra similar en patrocinios.
El otoño pasado estuvo muy cerca de arrebatarle el Balón de Oro a Ousmane Dembélé, del PSG. Yamal lo tomó con calma. “No sueño con ganar un Balón de Oro, sueño con ganar muchos”, dijo. “Y si no los consigo, será culpa mía”.
Su padre no reaccionó igual. “Creo que este es el robo más grande… bueno, no diré robo, pero sí el mayor daño moral que se le ha hecho a un ser humano”, declaró Mounir. “Porque para mí, Lamine Yamal es por muchísimo el mejor jugador del mundo”.
SEGÚN LAS reglas no escritas del futbol moderno, llega un punto inevitable en cualquier conversación sobre Yamal en el que aparece la comparación con Lionel Messi, héroe del Mundial anterior. Ese momento ha llegado.
Son jugadores distintos, de épocas distintas y con personalidades radicalmente diferentes: la estudiada sobriedad de Messi frente al colorido imposible de contener de Yamal. Aun así, las coincidencias son demasiado evidentes para ignorarlas: dos Mozart del futbol, extremos zurdos, formados en el mismo club. Y el Barcelona tampoco ha ayudado demasiado. Por un lado, le sugirieron a Yamal el discurso clásico para bajar la expectativa —“me honra que me comparen con Messi, pero quiero ser el primer Yamal y no el segundo Messi”—, aunque por otro también le entregaron el dorsal número 10, el mismo que usaron Messi y antes que él Diego Maradona.
Pero incluso antes de todo eso, ocurrió uno de esos momentos que parecen escritos para anticipar la grandeza deportiva.
Cuando Lamine apenas tenía tres meses de nacido, su familia participó en una rifa organizada por el Barça. Una docena de ganadores tendría derecho a una sesión fotográfica familiar junto a un jugador del club, con imágenes destinadas a un calendario benéfico de UNICEF. No solo fue elegida la solicitud de Sheila: cuando llegaron al Camp Nou para la sesión, a ella y a su bebé les tocó posar junto a la estrella emergente del equipo… Lionel Messi.
Casi dos décadas después, el fotógrafo de aquel día, Joan Monfort, todavía presume el resultado de aquella coincidencia irrepetible. En una de las imágenes, Sheila le entrega a su hijo a Messi, que entonces tenía apenas 20 años y comenzaba su irrupción en el futbol mundial. Messi parece dispuesto, aunque sostiene al bebé con cierta cautela. “Imaginen”, dice Monfort, “a Michael Jordan cargando al bebé LeBron”.
Con todas las reservas que implican las trayectorias cambiantes y caprichosas del deporte, el dato queda ahí: a los 17 años, Messi había disputado ocho partidos, marcado un gol y repartido cero asistencias. Yamal, en cambio, ya acumulaba 106 partidos, 25 goles y 28 asistencias. Claro que también podría argumentarse que Messi ganó el Balón de Oro en ocho ocasiones, más que nadie en la historia. Tal vez convenga esperar a que Yamal gane el primero antes de empezar con las comparaciones definitivas.
Las diferencias más marcadas entre ambos no están tanto en la cancha, sino en su manera de existir fuera de ella. Messi, extremadamente tímido, siempre ha sido una figura casi impenetrable lejos del césped. Yamal no. En palabras de Guillem Balagué, uno de los grandes referentes del periodismo futbolístico español, “está más cerca de una estrella pop que de un futbolista tradicional”.
Y si el juego de Yamal parece gritar “mírenme”, todo lo demás en él también lo hace: desde el cabello teñido de rubio platino hasta su presencia en redes sociales. Cuando le preguntan si le molesta ser una celebridad, sonríe, asiente y se ríe antes incluso de que terminen la pregunta. “No. De hecho, ¡me gusta!”
Aunque admite que a veces puede resultar abrumador. “Un chico normal de 18 años sale de la escuela y se va a su casa. Yo salgo a entrenar mientras cuatro paparazzi están afuera preguntando sobre mi vida. Prendo la televisión y aparezco en la televisión. Camino por la calle y veo a un niño usando mi camiseta. Honestamente, creo que nunca voy a ser un chico normal de 18 años, porque la gente no me ve como alguien normal”.
Aunque, claro, no lo es. FIFA ya reconoce a Yamal como un talento generacional —y en el Mundial veremos todavía más sus brackets y su cabello platino—. Su imagen es imposible de evitar en Rocafonda, donde su rostro ya aparece pintado en grafitis sobre la cancha de asfalto donde empezó todo. Incluso el tío Abdul rebautizó su restaurante en honor a su sobrino: ahora se llama Bar Cafetería LY 304, y detrás de la barra descansa una réplica de aluminio del trofeo de la Copa del Mundo.
La final del Mundial se jugará el 19 de julio, apenas seis días después de que Yamal cumpla 19 años. Él espera que esa noche España levante el trofeo. Pero también asegura que, pese a toda la expectativa y a todo lo que su talento ya transformó en su vida, su relación con el futbol seguirá intacta. Seguirá jugando desde —y para— el alma.
“Nunca he sido el tipo de persona que llega al campo pensando: hoy quiero meter cuatro goles y dar tres asistencias. Lo que sí pienso es: quiero hacer lo que hacía en el parque. Quiero que la gente se divierta. Quiero divertirme con mis compañeros. Y si además hago muchos goles, mucho mejor. Pero creo que el futbol va mucho más allá de eso”.
