El Muro: el enemigo invisible en el maratón

El Muro. Así se le conoce al momento crítico del maratón, entre el kilómetro 30 y 35, cuando el cuerpo parece colapsar y la mente tambalea. Una barrera invisible que se presenta casi siempre a los corredores amateurs, y que convierte la recta final en una batalla de pura voluntad.
El muro: la parte difícil en el maratón.
El muro: la parte difícil en el maratón. / Harry Murphy/Getty Images

Que duela, que no se me olvide. Me lo repetí una y otra vez cuando llegué al muro. Ese punto crítico, brutal y despiadado que aparece y golpea con crudeza en cada maratón. Llevo cuatro y casi siempre llego a él a partir del kilómetro 32. Es inevitable. Nadie te prepara para ese momento. Lo puedes leer, te lo pueden contar, pero hasta que no estás ahí, no lo entiendes.

Fatiga, dolor, piernas que hace unos minutos volaban ligeras ahora pesan como columnas de concreto. La mente que duda, el cuerpo que pide parar. Hay sed, mucha sed. Quiero una Coca-Cola, una fruta. Estoy harto de los geles energéticos, esos que te dan un impulso adicional en la carrera. El trayecto se alarga. El aire ya no refresca. El sudor pesa. A mi alrededor algunos me rebasan. ¿Cómo lo hacen? ¿De dónde sacan fuerza? Pero también veo a otros caminando, acalambrados, rotos. Ahí está el muro que no perdona a nadie.

Llevo cuatro maratones —tres en Ciudad de México, uno en Roma— y siempre me lo encuentro. En la Ciudad Eterna vi a dos corredores desvanecidos: uno pálido, flácido; otro cubierto con una manta, asistido por paramédicos. Se me erizó la piel. No quería estar ahí. Pero tampoco quería rendirme.

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El muro es un parteaguas: o te detiene, o lo atraviesas con lo que te queda. Y eso, nadie te lo advierte. No hay estrategia, app ni entrenador que pueda correr esos kilómetros por ti. Solo tú.

Querido runner: este es el famoso muro. Ese momento en el que el cuerpo ha quemado casi todo su combustible. Se agotó el glucógeno, la fuente primaria de energía, y ahora tira de la grasa. Estás deshidratado. La mente flaquea. Cada paso exige una voluntad que parece extinguirse. No hay truco. No hay atajo. Es el momento en que decides si sigues o te rindes. Así de simple. Así de brutal.

Y por eso entreno. No solo para correr, sino para resistir. Enfrentar el muro implica más que acumular kilómetros. He tenido que sacrificar horas de mi día, cuidar lo que como, hidratarme, dormir mejor. Ordenar mi vida para estar listo.

Porque sé lo que es fallar ahí. Me pasó en mi primer maratón, en 2022. Alrededor del kilómetro 31, llegaron las náuseas. El sol me fundía. Las piernas se endurecieron como piedra. Sentía que se acalambraban, que me desplomaría en cualquier momento. Lo único que me empujó fue el miedo —y, lo admito— la vergüenza de no terminar. Pensaba en quienes me desearon suerte la noche anterior. No quería fallarles.

Tomé todo lo que encontré: dulces, Coca-Cola, naranjas, vasos de agua. Alguien repartía hielos. Tomé uno. Lo apreté con fuerza, como si pudiera trasladar el dolor de mis piernas a la mano congelada. Buscaba engañar al cuerpo, distraer a la mente.

El tramo por Reforma después del Monumento a la Revolución fue un infierno: sin sombra, sin voces, sin respiro. Me pregunté qué carajos hacía ahí. Me prometí que sería la última vez.

Pero no lo fue.

Ese sufrimiento me enseñó. Me mostró lo que el muro realmente es: una prueba de voluntad. Desde entonces lo respeto. Me preparo con más seriedad. Y aunque las siguientes experiencias fueron igual de duras, también fueron más disfrutables. Y más memorables.

Hoy entreno con conciencia: paso de trotar 5K a correr 10, luego 21, después 30. Poco a poco. Fortalezco las piernas, entreno la mente, calibro el corazón. Cambia la vida: duermo más, salgo menos, cuido la alimentación, dejo la cerveza, las desveladas, el antojo.

Porque aprendí la lección: “Si ya hice 30, ¿qué son 12 más?” Me mentí aquella primera vez, sin saber que el muro me iba a sacudir con todo.

El muro es otra cosa. Se vive. Se sufre. Pero si lo cruzas, te transforma.

Y te transforma porque, entre el kilómetro 30 y 35, ya no eres el mismo. Las reservas se han ido, el cuerpo entra en estado de emergencia. El corazón late más fuerte. Los músculos tiemblan. Cada paso es una batalla. Te quitas los audífonos. Escuchas tu respiración. Tus pasos. Tu alma gritando que sigas. Escuchas a la gente. Alguien te anima. Te lanza una sonrisa, un “¡Vamos, tú puedes!”. Y eso también es el maratón.

Recuerdo la edición 2023 de la CDMX. En Polanco, una mujer gritó mi nombre: “¡Vamos, Mario Alberto!”. No la conocía. Luego entendí que mi nombre venía en mi dorsal. Me sentí acompañado. Son detalles mínimos que, en ese momento, se convierten en razones para seguir.

Y entonces recuerdo por qué estoy ahí. Por qué elegí este camino. Por qué cada domingo salgo a correr mientras otros duermen. Recuerdo a mi familia, a mis amigos, a quienes me han apoyado. Y sé que no corro solo. Los llevo conmigo.

Un maratón también es símbolo. En la CDMX comienza en el Estadio Olímpico de CU. El pebetero encendido te hace sentir parte de algo más grande. Eres atleta. Escuchas el himno. Te emocionas. Y arrancas con una sonrisa.

Los primeros kilómetros fluyen. Hay música, fiesta, porras. Te sientes invencible. Miras tu reloj: vas perfecto. Pero después vienen las subidas inesperadas. Las calles eternas. En Masaryk, agradeces la fruta, el plátano, la naranja que ofrecen los vecinos. Son gestos que salvan.

Me acompaña la música: los beats de Worakls, N’TO, Joris Delacroix, Joachim Pastor y Rone; las guitarras de Muse y Metallica; las orquestales de Ursine Vulpine y Ghostwriter. Motivación no falta.

Desde 2023 ya hay alguien en el kilómetro 30 que me espera con una Coca. Me sabe a gloria. Me levanta. Recibo ánimos. Un palmazo, una mirada que dice: “Ya casi”. Eran mi segundo y tercer maratones en la Ciudad de México y yo sabía que venía el muro. Y sí. Me golpeó en ambas ocasiones, pero con menos severidad. Estaba preparado.

Las piernas gritaban: “¡Ríndete!”. El cuerpo pedía tregua. Pero me repetí mi mantra: que duela, que no se me olvide.

Cada paso era una pequeña victoria. El sol castigaba. Avancé por Reforma, por Avenida Juárez. Vi los letreros: “¡Cierra, cierra, cierra!”. Cerré con lo que me quedaba. Un último trago de agua. Una última mirada al cielo.

Recuerdo en 2024, en el kilómetro 40, el cuerpo estaba al límite. Ahí ya no mandaba la mente. Mandaba el corazón. Me decía: “Hazlo por ellos”. Por mi familia, por mis amigos. Por mí. El corazón obedeció.

En el 41, un calambre amenazó. Le hablé: “No ahora, por favor”. Me escuchó.

Y entonces, los últimos 195 metros. Esos que se agregaron por capricho de la Reina Alexandra para los Juegos Olímpicos de 1908. Dolor. Emoción. Gloria. Escuchas las porras: “¡Sí se pudo!”. Te quiebras. Lloras. Porque sabes lo que dejaste atrás. Porque cada paso valió. Porque duele. Y justo por eso, no se te olvida.

Cruzas la meta. Clic. Todo termina. O todo empieza.

Ves a otros tirados, abrazados, llorando, tomándose selfies. Nadie habla del dolor. Porque el dolor pasa. Pero la gloria, la hazaña… esa se queda. En la piel. En la memoria. En el alma.

Y sí. Mientras camino a recoger mi medalla, todo duele. Pero me repito lo de siempre:

Que duela. Que no se me olvide.

Porque al final, eso es un maratón: dolor que se va, gloria que se queda.

Maratón: Datos que debes conocer

  • 42.195 kilómetros la distancia de un maratón.
  • 30-35 kilómetro es cuando a la mayoría de los runners se les aparece el famoso “muro”.
  • 1% de la población en el mundo ha corrido un maratón.
  • 7 son los maratones Majors en el mundo, reconocidos a nivel mundial por su historia, organización, nivel competitivo y proyección internacional (Boston, Chicago y Nueva York, en Estados Unidos; Londres, Inglaterra; Berlín, Alemania; Tokio, Japón, y la recién incorporada Sydney, Australia).
  • 2:00:35 el récord oficial de un maratón varonil, de Kelvin Kiptum, de Kenía, en Chicago el 8 de octubre de 2023.
  • 2:11:53 es el récord de maratón femenil, por Tigst Assefa, de Etiopía, en Berlín, el 24 de septiembre de 2023.
  • 1:59:40 el récord NO oficial de un maratón, logrado por el medallista olímpico Eliud Kipchoge, de Kenia, en una carrera en Viena, en 2019.
  • 2023 fue el año en que se establecieron los récord del Maratón de la Ciudad de México. El boliviano Héctor Garibay hizo la ruta en 2:08:23; mientras que la keniata Celestine Chepchirchir impuso una marca femenil con 2:27:17.
  • 195 metros se le agregaron al maratón desde los Juegos Olímpicos de Londres, en 1908, cuando la reina Alejandra de Dinamarca, consorte de Eduardo VII, pidió que la meta de la ruta estuviera frente al palco presidencial del estadio donde la reina esperaba a los competidores.
  • 1994 y 1995 el mexicano Germán Silva fue el ganador del maratón de Nueva York. Es famoso porque en 1994 se perdió en el camino y aun así fue el primero en llegar a la meta.
  • 30,000 corredores son los que se esperan que participen en la edición 2025 del Maratón de la Ciudad de México.
  • 2,240 metros sobre nivel de mar es lo que le espera a los corredores que hagan la ruta capitalina. Se trata de una de las más altas en el mundo.
  • 2,500 y 3,500 el consumo calórico promedio en un maratón.
  • 2 y 5 kilogramos es lo que puede perder una persona que hace el maratón.

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Mario Alberto Verdusco
MARIO ALBERTO VERDUSCO

Jefe de redacción e información en Expansión.