María Espinoza encontró otro oro lejos del podio: reconstruir vidas en el parataekwondo

El gimnasio sigue sonando igual que cuando María del Rosario Espinoza peleaba por medallas olímpicas. El golpe seco al peto, las patadas que parten el aire y los gritos de combate todavía rebotan en las paredes del Centro Nacional de Alto Rendimiento.
Pero hoy la historia ya no gira alrededor de ella.
María camina detrás del tatami con los brazos cruzados y observa un equipo construido desde otro lugar. Uno donde el objetivo dejó de medirse únicamente en podios.
Porque la nueva Selección Mexicana de Parataekwondo no solamente entrena atletas. También reconstruye vidas.
Junto a Jannet Alegría, exseleccionada nacional y olímpica mexicana, María encabeza el proyecto rumbo a Los Ángeles 2028. Un equipo que comenzó con apenas cuatro integrantes y que hoy reúne cerca de 14 parataekwondoínes con historias atravesadas por accidentes, violencia, discriminación, abandono familiar y adicciones.
Ahí está Juan Diego García, campeón paralímpico en Tokio 2020 y bronce en París 2024. También atletas que perdieron un brazo por enfermedades congénitas o accidentes. Otros llegaron después de contextos familiares rotos o situaciones de abuso físico.
Y en medio de todas esas historias apareció el taekwondo.
“Porque el deporte también te abre oportunidades”, explica María. “Aquí se trata de que su mente esté centrada en cómo pueden transformar su vida. El taekwondo sí les cambia la vida”.
Esa terminó siendo la verdadera transformación de María Espinoza.
La máxima medallista mexicana en la historia del taekwondo pasó más de dos décadas persiguiendo resultados. Tres medallas olímpicas, tres medallas mundiales y un legado imposible de separar del deporte mexicano. Pero después del retiro encontró otro tipo de competencia: formar personas que durante gran parte de su vida crecieron escuchando que no podían competir al máximo nivel.
El cambio tampoco fue inmediato para Jannet Alegría.
Cuando llegó al parataekwondo en 2018 creía que los atletas con discapacidad necesitaban ayuda constante incluso durante el entrenamiento. Todo cambió en un torneo en Bulgaria al observar cómo trabajaban potencias como Rusia e Irán. Entendió que, si México quería competir realmente, debía entrenar con la misma exigencia que el taekwondo convencional.
Desde entonces comenzaron a entrenar con sparrings convencionales y sesiones de máxima intensidad. El equipo trabaja hasta 36 horas semanales entre preparación física, técnica y táctica.
La ironía es que el vínculo de María con el parataekwondo comenzó cuando todavía perseguía sus propios Juegos Olímpicos.
En pleno ciclo rumbo a Tokio 2020, problemas con la Federación Mexicana de Taekwondo la dejaron sin compañero de entrenamiento. Jannet le propuso entonces trabajar con Juan Diego García.
El método parecía improvisado. Para simular mejor las condiciones de combate, le colocaban tubos de espuma en el brazo o el peto a Juan Diego. Pero el entrenamiento funcionó. María terminó ganando la plata mundial de 2019, la tercera medalla mundialista de su carrera.
Después los caminos se cruzaron otra vez en Tokio.
María no logró clasificar a los Juegos Olímpicos tras perder el selectivo ante Briseida Acosta, pero cumplió el acuerdo que había hecho con Jannet: acompañar al equipo paralímpico desde las tribunas. Ahí comenzó realmente su relación con el proyecto.
Hoy el pizarrón en la oficina de Jannet tiene anotaciones individuales de cada atleta. Seguimientos físicos, detalles emocionales y observaciones técnicas. La lógica del proyecto ya no se limita al rendimiento.
También intenta construir estabilidad.
Por eso dentro del equipo tomó fuerza otra noticia rumbo al ciclo de Los Ángeles 2028: los atletas recibirán premios económicos por medallas en Grand Prix, incentivos que pueden alcanzar cerca de 2 mil dólares y que los acercan al trato que reciben los competidores convencionales.
“Que haya esta inclusión me motiva a seguir”, dice Juan Diego. “Es el reconocimiento al trabajo del día a día”.
El entrenamiento termina distinto a como empezó.
Se quitan los petos, colocan unas porterías improvisadas y juegan futbol sobre el tatami. María y Jannet también entran a la cascarita. Las jerarquías desaparecen por un momento. Hay risas, balonazos y algún golpe accidental.
Juan Diego termina con el labio inflamado.
Nadie parece demasiado preocupado.
Por unas horas no existe el peso de las medallas olímpicas, los rankings ni Los Ángeles 2028.
Solo un equipo que convirtió sus heridas en algo parecido a la fuerza.
