Sabastian Sawe y las formas de medir el tiempo

Tras 118 años, Londres vio al tiempo rendirse bajo las zancadas de Sabastian Sawe y sus 1:59:30.
Sabastian Sawe, del equipo de Kenia, celebra al cruzar la meta y ganar con un nuevo récord mundial durante el Maratón de Londres TCS masculino 2026, el 26 de abril de 2026 en Londres, Inglaterra
Sabastian Sawe, del equipo de Kenia, celebra al cruzar la meta y ganar con un nuevo récord mundial durante el Maratón de Londres TCS masculino 2026, el 26 de abril de 2026 en Londres, Inglaterra / Alex Davidson/Getty Images

Ciento dieciocho años y cincuenta y cinco minutos son, en realidad, dos formas diferentes, y a la vez iguales, de medir el tiempo. Para el ojo profano es un disparate; para la historia del deporte, sin embargo, son dos cifras que técnicamente equivalen a lo mismo, el peso exacto de la evolución humana sobre el asfalto.   

La primera cifra representa el tiempo que le tomó al atletismo mundial cerrar un círculo que comenzó en 1908; la segunda es la asombrosa diferencia de velocidad que separa al primer ganador del maratón moderno del hombre que, el domingo 26 de abril, hizo añicos la lógica biológica. 

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Ese día en las calles de Londres, el keniano de 31 años Sabastian Sawe detuvo el cronómetro en 1:59:30, convirtiéndose en el primer ser humano en correr los 42.195 kilómetros en menos de dos horas en una competición oficial.

El hito fue la culminación de una odisea que nació de un capricho monárquico.

Para entender la magnitud de la hazaña de Sawe, es necesario retroceder el tiempo —118 años o 55 minutos— a los Juegos Olímpicos de Londres de 1908. En aquel entonces, el maratón no tenía una distancia estandarizada; solía rondar las 25 millas, unos 40 kilómetros. Sin embargo, la logística de la edición británica estuvo dictada por la familia real.

La princesa María solicitó que la carrera comenzara en el East Lawn del Castillo de Windsor para que sus hijos pudieran ver la salida desde las ventanas de su guardería. 

Para que la meta coincidiera exactamente frente al Palco Real en el Estadio de White City, los organizadores tuvieron que añadir yardas adicionales y el resultado fue una distancia de 26 millas y 385 yardas, o 42.195 kilómetros. 

Y sí, la distancia que comenzó siendo una conveniencia para la realiza se convirtió eventualmente en el estándar mundial, cuando la International Amateur Athletic Federation —hoy World Athletics— lo adoptó formalmente en 1921.

En la carrera fundacional de 1908, el estadounidense Johnny Hayes estableció el primer mejor tiempo mundial con 2:55:18; aunque técnicamente Hayes heredó el oro tras la dramática descalificación del italiano Dorando Pietri, quien cruzó la meta primero pero tuvo que ser ayudado por los jueces tras colapsar varias veces en los metros finales. 

En aquel lejano 1908, cuando Times Square apenas inauguraba su icónica vigilia con la primera caída de la esfera en Año Nuevo, la gesta de completar esa distancia en menos de dos horas era inverosímil, un hito relegado al terreno de lo fantástico.

Tras el registro de Hayes, el récord comenzó un descenso lento pero constante, impulsado por una mayor frecuencia de competiciones y una mejora incipiente en los métodos de entrenamiento. El 12 de mayo de 1913, el británico Harry Green llevó la marca a 2: 38: 16.2 durante el Maratón Politécnico de Londres y fue uno de los pioneros en demostrar que el tiempo de Hayes podía reducirse drásticamente mediante la especialización.

En las décadas de 1920 y 1930, el maratón empezó a profesionalizarse globalmente. 

El corredor coreano Sohn Kee-chung —compitiendo bajo bandera japonesa como Kitei Son—  marcó una época al registrar 2:26:42 en Tokio en 1935. Kee-chung, quien luego ganaría el oro olímpico en Berlín 1936, representó el pico de la capacidad humana antes de que la Segunda Guerra Mundial detuviera el progreso deportivo global. 

Sus marcas demostraron que la barrera de las 2 horas y 30 minutos ya no era un obstáculo infranqueable.

El final de la guerra trajo consigo una nueva mentalidad. Jim Peters, un óptico de Essex que entrenaba en sus ratos libres, fue el gran catalizador de la década de 1950. 

Peters batió el récord mundial en cuatro ocasiones entre 1952 y 1954. Su mayor logro fue romper la barrera de las 2:20 en junio de 1953, con un tiempo de 2:18:40. Peters corría con una intensidad brutal, a menudo colapsando tras cruzar la meta, lo que subrayaba el costo físico de empujar los límites en una era sin nutrición científica ni calzado avanzado.

Sin embargo, el cambio de paradigma más profundo ocurrió en los Juegos Olímpicos de Roma 1960, cuando un etíope desconocido, Abebe Bikila, ganó el maratón corriendo descalzo y registró 2:15:16. 

La imagen de Bikila cruzando la meta bajo el Arco de Constantino marcó el inicio de la dominancia del África Oriental en las carreras de fondo. Cuatro años después, en Tokio 1964 y ya con zapatillas, Bikila volvió a batir el récord mundial con 2:12:11.

A medida que el récord se acercaba a las dos horas, el progreso se volvió más difícil. 

Entre 1988 y 1998, la marca de Belayneh Dinsamo 2:06:50 permaneció intacta durante más de diez años, el periodo de estancamiento más largo desde los años y pareció por un momento que el cuerpo humano había llegado a un muro fisiológico que solo podía derribarse mediante algo más que puro esfuerzo físico.

La respuesta llegó con la modernización de los circuitos. El Maratón de Berlín, con su trazado extremadamente plano y clima otoñal ideal, se convirtió en el laboratorio de los récords. 

Desde que Ronaldo da Costa rompió la sequía en 1998 con 2:06:05, Berlín ha sido el escenario de nueve récords mundiales masculinos, donde atletas legendarios como Haile Gebrselassie, Paul Tergat y Wilson Kipsang fueron limando segundos al reloj y prepararon el escenario para el hombre que cambiaría la historia en Viena 12 de octubre de 2019: Eliud Kipchoge.

A pesar de la magnitud del tiempo —Kipchoge registró 1:59:40— World Athletics no lo ratificó como récord mundial debido a que el evento se alejó de las reglas de una competición oficial en tres puntos clave. 

Primero, Kipchoge contó con un equipo de 41 liebres que se turnaban y rotaban dentro de la carrera, en lugar de ser competidores que inician y terminan el recorrido como exige el reglamento. Segundo, recibió sus bebidas hidratantes desde una bicicleta en movimiento, saltándose la norma de usar solo puestos de avituallamiento fijos.

Finalmente, al ser una prueba cerrada diseñada exclusivamente para él, no se consideró una competencia abierta, lo que convirtió al desafío en una exhibición tecnológica más que en una marca deportiva estándar.

Pero antes de Sawe, fue Kelvin Kiptum el hombre que puso el cronómetro en el umbral de lo imposible antes de que el destino lo detuviera. El 8 de octubre de 2023, en el Maratón de Chicago, Kiptum destrozó el récord mundial de Eliud Kipchoge por 34 segundos con un impresionante 2:00:35.

Kiptum representaba una nueva estirpe de atletas más jóvenes, con una capacidad de aceleración final nunca antes vista y que no temían correr a ritmos suicidas desde el inicio. Su marca fue ratificada por World Athletics apenas cinco días antes de su trágica muerte, el 11 de febrero de 2024. Kiptum falleció en un accidente de tráfico cerca de Kaptagat, Kenia, junto a su entrenador y su muerte dejó al mundo del atletismo con la dolorosa interrogante de si habría sido él el primero en bajar de las dos horas en 2024 o 2025.

Su récord de 2:00:35 se mantuvo como la cima del atletismo mundial durante dos años y medio, hasta que Sawe lo cambió todo.

1:59:30 fue la nueva marca de la resistencia humana. Y el mundo finalmente celebró el primer maratón por debajo de las dos horas sin las sombras del pasado, con Londres como el epicentro de la historia, una vez más.

Ciento dieciocho años y 55 minutos después, Sawe demostró que la voluntad humana es, en última instancia, el único recurso inagotable de nuestra especie. “Todo es cuestión de tiempo”, dijo tras su victoria.


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Alejandra González Centeno
ALEJANDRA GONZÁLEZ CENTENO

Reportera y creadora de contenido en Sports Illustrated México.