Dijo que no a los Rays: La arriesgada decisión de Jonathan Aranda que lo tiene en la Serie Mundial 2026

—A ver si ahí me escuchas mejor, perdón por la voz ronca—, se disculpa Humberto Aranda desde el otro lado de la línea. —No he parado de gritar— remata, delatado por la textura inconfundible de una voz que sonríe.
Toma la llamada desde Tampa Bay, una ciudad que por primera vez desde 2020, respira beisbol en pleno octubre. Tras años de sacrificios e incertidumbres, finalmente está acompañando a su hijo, Jonathan Aranda, en la primera Serie Mundial de su carrera
Ha permanecido a su lado desde que los Rays enfrentaron a los Yankees de New York en la Serie Divisional de la Liga Americana, desde ese juego 1 en el que Aranda castigó a Gerrit Cole —el as de $324 millones de dólares de los Bombarderos— con un cuadrangular, la única carrera del juego que le dio la victoria a Tampa Bay y desató una barrida despiadada sobre sus rivales divisionales.
“Fue mi mejor regalo”, confiesa Humberto. “Recuerdo que le dije: ‘Hijo, ya me pagaste cualquier cosa que te pudiera yo pedir en este viaje’. Yo ya me voy contento si tuviera que regresarme el día de mañana a casa. Es una sensación indescriptible poder verlo en estos escenarios y, sobre todo, aportando para que el resultado se dé”.
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— Tampa Bay Rays (@RaysBaseball) October 3, 2026
Porque si existe alguien capaz de dimensionar el sinuoso camino que Jonathan tuvo que recorrer y la magnitud de cada renuncia que Jonathan debió aceptar antes de plantarse en la caja de bateo de un Clásico de Otoño, es precisamente él.
“Siempre tuvo ese coraje, ese ímpetu para jugar al deporte y creo que eso es lo que lo ayudó a ser aguerrido y aprender a luchar contra las adversidades. Porque su camino, como saben los que lo conocen, no fue pavimentado, fue complicado, lleno de baches y obstáculos”, recuerda Humberto.
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En el verano de 2015, los cazatalentos de los Tampa Bay Rays, encabezados por Carlos Rodríguez, viajaron a Tijuana con el claro objetivo de evaluar y firmar a un prometedor prospecto cubano llamado Randy Arozarena, que entrenaba en la Academia de los Toros de Tijuana.
Las restricciones de gasto de las Grandes Ligas les impidieron firmar al prospecto caribeño, pero el azar hizo de las suyas. En esa misma práctica, el talento de Jonathan Aranda capturó su atención, y la organización decidió asegurarlo con un bono de $130 mil dólares.
“Es increíble, ¿verdad? Hay un dicho: siempre eres peligrosos en un estadio de beisbol. Puedes toparte con algo, puedes ver algo. Solo por estar ahí, te cruzas con talento. Y a veces, tienes suerte”, le dijo Carlos Rodríguez, exvicepresidente y asistente del gerente general de los Rays al Tampa Bay Times.
Pero llegar al mejor beisbol del mundo exigió mucho más que un buen día de bateo en un entrenamiento. En las sucursales de Tampa Bay, Aranda se topó con una muralla burocrática y deportiva. El sistema de granjas de los Rays estaba saturado de prospectos de élite en el cuadro interior. Figuras como Wander Franco, Vidal Bruján, Xavier Edwards y Brandon Lowe acaparaban las proyecciones y el tiempo de juego en las paradas cortas y la intermedia.
Entonces, la directiva le lanzó un ultimátum disfrazado de oportunidad. Si quería una vía rápida a las Grandes Ligas, debía convertirse en catcher para aprovechar su madero desde una posición con menor profundidad en la franquicia.
Aranda, disciplinado, aceptó el reto.

Viajó a México para jugar en el invierno con los Yaquis de Obregón, pero su rol se redujo a ser el receptor de bullpen, donde pasó semanas recibiendo pitcheos. Sin embargo, algo en su cabeza hizo click en aquel invierno y antes de reportar a los entrenamientos primaverales con los Rays, llamó a su padre.
“Me dice: ‘Papá, fíjate que tomé la decisión de que no voy a seguir con el tema de ser catcher. No me gustó. No es lo mío. Voy a regresar a lo que conozco y voy a dejar que mi bat y mi guante hablen por mí’”, relata Humberto.
“Le dije que lo respetaba, pero que estuviera consciente de que le iban a pedir el doble de esfuerzo y el doble de resultados para seguir avanzando”, recuerda.
Ese arrebato de osadía marcó el preludio de su ascenso. Y sin embargo, no era algo inédito.
Desde que comenzó a jugar a los tres años en los empolvados campos de Tijuana, el beisbol fue su refugio contra la violencia y las calles. En sus primeros años, Aranda era lanzador, y uno muy dominante. Tenía un brazo tan potente que los niños de su edad no podían atraparle la bola. Fue por eso que Juan Manuel Kirk decidió convertir a su hijo, Alejandro —hoy estrella de los Blue Jays—, en receptor. Ambos formaron una batería y una hermandad inquebrantable que los llevó juntos hasta el Juego de Estrellas de 2025.
¡Hermanos desde Tijuana para el mundo!
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Jonathan Aranda apoyó a Alejandro Kirk en la World Series de 2025 y anoche Kirk estaba apoyando a Aranda en el Juego 6 de la #ALCS. pic.twitter.com/nJ9qOIFm8o
Humberto recuerda que el Jonathan de aquellos años era un volcán de emociones, un competidor aguerrido que aventaba el casco cuando las cosas no salían.
Una tarde, lanzando en un juego crucial, subió descontrolado al montículo y permitió diez carreras en la primera entrada. “Estábamos aferrados a que siguiera. Él estaba con los ojos llorosos porque no le salían las cosas, pero pidió la oportunidad y se quedó. Le dimos la vuelta al marcador y ganamos por 20 carreras. A partir de la segunda entrada no le hicieron nada, y además bateó como un monstruo. Ahí me demostró que no estaba dispuesto a que lo bajaran; tenía la garra para no rendirse ante la adversidad”, relata su padre.
No obstante, justo cuando varias organizaciones de México y Estados Unidos lo perfilaban como un prospecto desde el montículo, Jonathan, terco como nadie más, renunció al montículo para intentar ser firmado exclusivamente como jugador de posición, apostando su futuro al contacto de su madero.
Tras ser firmado por los Rays, Aranda respondió con el madero de forma apabullante y ganó tres premios de Jugador Más Valioso en las Ligas Menores.
En 2021, dominó la sucursal Doble-A con los Montgomery Biscuits bateando para .325 con 14 jonrones y un OPS de .950. Al año siguiente, repitió la dosis en Triple-A con los Durham Bulls, coronándose MVP de la Liga Internacional tras registrar un OPS de .915. No hubo forma de ocultar su talento y finalmente su bate había forzado la puerta de las Grandes Ligas.
Tras su emotivo debut en junio de 2022 —el cual provocó que su padre manejara de madrugada de Tijuana a Los Ángeles para pagar un vuelo de 1,300 dólares solo para verlo conectar un hit en su primer turno ante los Pirates—, Aranda fue víctima del cruel síndrome del jugador ascensor.
Iba y venía constantemente entre Triple-A y el primer equipo. Cuando parecía consolidarse, el infortunio físico tocaba a su puerta: un desgarre en el oblicuo en 2023 lo frenó en seco, y luego, en la pretemporada de 2024, cuando ya tenía asegurado su lugar en el roster del Opening Day, un mal rebote en una práctica de fildeo le fracturó el dedo anular. “Me mandó una foto del dedo todo chueco”, recuerda Humberto. “No pudo hacer el Opening Day. Fue frustrante porque daba esos chispazos, pero el cuerpo no le ayudaba”, recuerda.
Lejos de claudicar, Jonathan pareció utilizar cada obstáculo como combustible. Durante sus inviernos en la Liga Mexicana del Pacífico, se empeñó en pulir su guante, consciente de que su defensa era el pretexto perfecto para mantenerlo en la banca.
Hoy, esa terquedad ha rendido los frutos más dulces.
Aranda se estableció finalmente como titular indiscutible en la inicial de Tampa Bay. En la mágica temporada regular de 2026, el tijuanense participó en 155 juegos, promediando .274, con 159 imparables, 22 vuelacercas y 92 carreras remolcadas. Su paciencia en el plato y un impresionante porcentaje de batazos duros lo erigieron como el motor silente de una alineación que aplastó la Liga Americana.
Y con la apoteosis de los reflectores en postemporada, Aranda se adueñó del escenario.
En la Serie de Campeonato frente a los Cleveland Guardians, tras iniciar con un gélido 0 de 11, el mexicano despertó en el momento más asfixiante.
En el Juego 4, destrozó al pitcheo de los Guardianes, bateó de 3-4 e impulsó dos carreras vitales en la séptima entrada que igualaron la serie y doblegaron el ánimo de Cleveland. Al día siguiente, sumó dos imparables y otra impulsada y guió a los Rays al triunfo.
En la postemporada, Aranda se ha consagrado como un bateador clutch, ajeno de aspavientos, que castiga a los pitchers contrarios con una eficacia discreta. Con nueve hits previos a la antesala de la Serie Mundial y batazos clave para su equipo, ha demostrado que las grandes vitrinas no le intimidan.
En el mejor momento de su carrera, su bate, como prometió hace años, está hablando por él.

Reportera y creadora de contenido en Sports Illustrated México.