ARCHIVO SI | Lionel Messi: el mundo a sus pies

Cada sábado, Sports Illustrated México reedita íntegramente una gran historia del archivo de la revista. La selección de hoy es LIONEL MESSI: THE WORLD AT HIS FEET, de S. L. Price, publicada originalmente el 31 de mayo de 1991.
LIONEL MESSI NO ESTÁ FELIZ. Al principio no queda claro por qué, porque, como toda España sabe en este fresco y luminoso día de noviembre, el astro argentino de 22 años debería estar eufórico. Anoche, su club, Barcelona, derrotó al acérrimo rival Real Madrid ante una multitud de 90 mil personas, y el mañana promete ser todavía mejor: se ha filtrado que Messi recibirá el Balón de Oro como el Futbolista Europeo del Año 2009. Sus ingresos anuales, incluidos los patrocinios, ascienden a 46 millones de dólares. Su equipo domina La Liga, la Primera División española. Su juego alcanza un nivel sencillamente deslumbrante.
Y, sin embargo, mírenlo: encorvado en una silla como un niño llevado a la oficina del director, haciendo una pausa después de cada pregunta para mirar a su hermano y representante, Rodrigo, como si dijera: "¿Puedes sacarme de aquí? ¿Ahora?". El reloj corre: esto va camino de convertirse en la peor sesión de preguntas y respuestas de la historia.
Adidas había ofrecido a su máxima figura del futbol para una charla de 30 minutos, pero cuando quedó claro que la conversación tocaría a la selección argentina y a su temperamental entrenador, Diego Maradona, el ambiente se enfrió. Los 30 minutos se redujeron abruptamente a 15, y Messi pasó los primeros cinco y medio respondiendo con frases cortas y deliberadamente insípidas. Entonces surge el nombre de Maradona, dentro de la idea de que debe ser a la vez agotador y halagador que lo comparen con quien quizá sea el mejor futbolista de la historia. El rostro de Messi se endurece: ahí está el balón que esperaba mandar fuera de la cancha.
"Lo que cansa", dice en español, "es que siempre me hagan la misma pregunta".
Las palabras quedan suspendidas unos segundos; luego le preguntan cómo ha sido jugar bajo sus órdenes.
"Perdón", interviene el encargado de marketing de Adidas. "Tenemos que dejar de lado las preguntas sobre Maradona. Está intentando pasar a otro tema".
¿Entonces Messi no quiere hablar en absoluto de Maradona —el ídolo de su padre, el genio futbolístico al que tanto se parece, la fuerza impredecible que controla sus esperanzas de ganar el Mundial de 2010—?
"No", responde el hombre de la marca deportiva. "Traten de entender que ahora todo el tiempo le hacen preguntas sobre Maradona, Maradona, Maradona. Está cansado de responder siempre sobre Maradona".
La noticia no sorprende demasiado. La relación entre ambos se siente tensa desde septiembre de 2008, un mes antes de que Maradona asumiera el cargo, cuando comentó: "A veces Messi juega para sí mismo; se siente tan superior que se olvida de sus compañeros". La clasificación de la Albiceleste al Mundial fue una travesía desalentadora, marcada por alineaciones cambiantes, figuras desconcertadas y desastres como la derrota 6-1 ante Bolivia. Messi, que el 6 de abril marcó cuatro goles en 67 minutos frente al Arsenal, apenas anotó uno en los 10 partidos de eliminatoria dirigidos por Maradona. En octubre pasado, después de que Argentina superó por la mínima a Uruguay para clasificar, Maradona ofreció una conferencia de prensa y les dijo a sus críticos que "la sigan chupando", motivo por el cual la FIFA lo suspendió durante dos meses. ¿Alivio? ¿Euforia? ¿Temor? Al final del día, los amantes del futbol argentino no sabían qué sentir.
Nadie parecía más agotado que Messi. Con demasiada frecuencia durante la eliminatoria lució apagado y regresó a Barcelona sumido en el desánimo.
"Muy decaído; se le notaba", dice un integrante del cuerpo técnico de Barça. "[Argentina] jugaba a la defensiva y él estaba solo arriba. Era inevitable preguntarse: '¿Maradona lo está saboteando?'".
Pero Maradona no era el único blanco de las críticas. Messi también fue responsabilizado por el pobre rendimiento de Argentina y terminó viviendo una paradoja: mientras el resto del mundo comparaba lo que hacía en Barcelona con las hazañas de magos como Pelé y Johan Cruyff, en su país sólo escuchaba un coro de escepticismo. Aficionados y medios cuestionaban no sólo su capacidad para rendir bajo la máxima presión, sino incluso su compromiso, su propia argentinidad. ¿Tan bueno como Diego? Gana un Mundial como él hizo en 1986 y entonces hablamos.
"¿Llamaron a más de 100 jugadores para la selección y sólo uno tenía la culpa?", pregunta Jorge, el padre de Messi. "Es injusto. Lio nunca se acostumbró a esta situación en Argentina. Es muy duro para él estar en Barcelona, donde realmente lo quieren, y luego venir aquí y escuchar todas esas críticas".
En teoría, por supuesto, Maradona debía ser un recurso invaluable para Messi. Después de todo, ¿quién mejor para aconsejarlo —de superestrella a superestrella— sobre la prensa argentina y sobre el peso y el privilegio de ser el mejor futbolista del mundo? ¿Quién mejor para advertirle cómo los oportunistas y aduladores (como la cómicamente servil banda de los "Sí, Diegos" que rodea a Maradona) pueden absorber su dinero y acelerar el deterioro de su talento? Pero cuando le preguntan a Messi si Maradona alguna vez lo ha llevado aparte para darle algún consejo sobre cómo manejar la fama, la fortuna o cualquiera de los otros peligros de su posición, no se molesta. Esa pregunta sí la mantiene en juego.
"La verdad", responde Messi, "no".
Incluso cuando cambia el tema, Messi revela muy poco. Dice que "sueña con ganar todos los títulos", admite que lloró al dejar su casa a los 13 años para irse a jugar a Barcelona y asegura: "Nunca me pongo nervioso antes de jugar", pero todo lo dice con un tono monocorde y cortante, sin nada parecido a la espontaneidad de Pelé o la imaginación de Cruyff. No es ninguna novedad; los reporteros llevan años desesperándose ante la reserva de Messi. No es tanto que sea hostil con la prensa como que no le interesa hablar sobre sí mismo; ni siquiera mostró demasiado entusiasmo horas antes con el equipo de filmación de Adidas, que había viajado para realizar una entrevista interna, pese a que la empresa le paga cuatro millones de dólares al año.
Sin embargo, la timidez puede ser una virtud subestimada, sobre todo en una época en la que cada deportista emergente baila y publica en redes sociales en un intento desesperado por "convertirse en una personalidad" y "hacer crecer su marca". La realidad es que, con un talento tan fuera de este mundo como el de Messi, el carisma sería una distracción. Miles Davis tocaba una trompeta diabólica de espaldas al público, y eso era más que suficiente; cualquier muestra adicional de carisma habría hecho estallar el lugar. La carrera de Maradona, en cambio, terminó pareciendo una guerra entre un cuerpo glorioso y una mente corrompida; cuando en 1994 su trayectoria internacional acabó en desgracia tras dar positivo en un control antidopaje durante el Mundial, daba la impresión de que la personalidad había terminado por devorar al futbolista.
Con aretes de diamantes brillando, la cintura cada vez más ancha y su matrimonio desmoronándose, Maradona pronto se convirtió en un personaje de caricatura. Se tatuó una imagen de Fidel Castro en el muslo izquierdo y otra del Che Guevara en el brazo derecho, se sometió a una cirugía para reducir el estómago y vistió una camiseta con una esvástica que condenaba a George W. Bush. Su vida se transformó en la telenovela favorita de Argentina; sus frases pasaron al lenguaje popular. "¡La sigan chupando!" es un tono de llamada muy popular; no sorprende escuchar a Maradona gritar "¡Sigan chupando!" en un bar de Buenos Aires y ver a los hombres sacar inmediatamente sus teléfonos.
Así que resulta refrescante descubrir que la imagen de Messi fuera de la cancha es abiertamente anti-Diego: corte de cabello sencillo, postura encorvada, sin joyas ni tatuajes. Súmenle el apodo de La Pulga y Messi parece más el tipo que te rota las llantas del auto. "Maradona es fanfarrón", dice Carles Rexach, exjugador y exentrenador de Barcelona. "Messi no quiere llamar la atención".
Sin embargo, dentro del campo nadie se parece más a Maradona. No es sólo que, con 1.70 metros de estatura, Messi sea el mismo torbellino diminuto, "capaz de driblar rivales como si no estuvieran ahí", como lo describe el delantero de Barça, Thierry Henry. También está la asombrosa coincidencia de que, ante el club español Getafe en 2007, Messi marcó un gol extraordinario prácticamente idéntico al llamado Gol del Siglo de Maradona contra Inglaterra en el Mundial de 1986: una carrera de 60 metros dejando atrás al mismo número de rivales (seis), con el mismo número de toques (13) y durante la misma cantidad de segundos (13). Luego, siete semanas después, Messi replicó el célebre gol de la Mano de Dios al anotar con el puño frente al Espanyol. "Hago un esfuerzo por no compararlos", dice Jorge Valdano, director general del archirrival de Barça, Real Madrid, "pero el chico no ayuda en absoluto".
Messi asegura haber leído sólo un libro: la autobiografía de Maradona, Yo soy el Diego de la gente, aunque admite que nunca la terminó. Evidentemente, está atrapado en los años de gloria de Maradona. En 2009 conquistó con Barça su segunda Champions League, su segunda La Liga y su primera Copa del Rey, además de convertirse en el primer argentino en ser nombrado FIFA World Player of the Year. Esta temporada fue imparable, con 53 goles en 47 partidos, mientras Barça volvió a ganar La Liga. En una racha de 11 encuentros marcó 17 veces, incluidos dos hat tricks consecutivos en La Liga y los absurdamente fáciles cuatro goles frente al Arsenal. El diario madrileño El País lo bautizó como "Infinity". Maradona declaró que Messi estaba jugando "cascarita con Jesús", pero algunas mentes del futbol se atrevieron a colocarlo incluso por encima de Diego. "Esta noche vi a Diego Maradona, pero con más revoluciones por minuto", dijo en marzo el entrenador del Zaragoza, José Aurelio Gay, tras un hat trick de Messi. "Es interplanetario".
Rexach cree que Messi tiene las herramientas para superar a Maradona. Y aunque reconoce que los brillantes mediocampistas de Barça, Xavi y Andrés Iniesta, ayudan a convertir a Messi en un goleador tan prolífico, insiste en que podría brillar incluso sin ellos.
"Pones a Messi en el peor equipo del mundo y quizá durante 10 minutos no toque el balón", dice Rexach, "pero en el minuto 11 va a regatear tres veces y va a marcar. Messi no necesita a nadie".
Abriéndose paso por espacios que nadie más puede ver, manteniéndose de pie pese a las patadas de dos o tres defensores al mismo tiempo, Messi ha llevado la gambeta de Maradona a una marcha superior. Henry, de 32 años, máximo goleador histórico de Francia y uno de los grandes futbolistas de su generación, no encuentra palabras para describir cómo Messi atraviesa y rodea rivales como si fuera un Volkswagen Sedán entre un grupo de tráileres. Al final, termina golpeando la mesa con los dedos marcando un ritmo entrecortado.
"Simplemente va... así", dice Henry mientras tamborilea.
"La gente habla de los jugadores de basquetbol, de cómo corren a toda velocidad mientras controlan el balón con las manos, pero eso es mucho más fácil", continúa Henry. "Correr con el balón pegado a los pies a máxima velocidad, poder ver, estar consciente de todo lo que sucede a tu alrededor mientras la gente intenta derribarte... Lio siempre parece que se va a caer, pero nunca cae. Me encantaría tener su primer paso y sus dobles regates, pero eso se debe a que es pequeño y rápido: toca el balón en cada paso que da. Es imposible hacer lo que él hace. Yo voy uno-dos-tres, empujo el balón; uno-dos-tres, empujo el balón. Si quisiera tocarlo a cada paso tendría que bajar la velocidad. Pero él puede ir a máxima velocidad: tac-tac-tac-tac, tac-tac-tac-tac".
Henry levanta las manos.
"Cómo me gustaría ser pequeño", dice.
La conclusión fácil, por supuesto, es que el país está loco. Sí, cualquier lugar puede parecer extraño para un extranjero, pero aceptemos que la locura argentina es más evidente que, digamos, la de Dinamarca. Después de todo, Argentina es el país con más psicoanalistas por habitante; el lugar donde la devoción aún febril por una Primera Dama fallecida dio origen a una ciudad, Ciudad Evita, construida con la forma de su cabeza; la tierra donde la gente consume carne de res sin miedo para desayunar o acompañar el café de la tarde y sale a protestar en las calles prácticamente por cualquier motivo. Una tarde de abril, por ejemplo, manifestantes bloquearon la autopista de acceso a Buenos Aires para expresar su indignación por los daños ocasionados por una reciente granizada.
"Protestan por el granizo", dijo un habitante de toda la vida, encogiéndose de hombros. "Claro."
Aun así, otra cosa muy distinta es que un país consienta su propia locura cuando se trata de su bien más preciado. Cuando en octubre de 2008 el histórico presidente de la Asociación del Futbol Argentino (AFA), Julio Grondona, nombró a Maradona entrenador de la selección, tomó una decisión que pocos imaginaban que hubieran tomado sus equivalentes en Inglaterra, Brasil o Alemania. Era una mezcla de desesperación y arrogancia. Resultaba desconcertante, emocionante y, para una sociedad acostumbrada a la turbulencia política y económica, completamente apropiada.
"Argentina está acostumbrada a vivir de crisis en crisis en crisis, y la vida siempre sigue", dice Ezequiel Fernández Moores, columnista del diario bonaerense La Nación. "Quizá sea una locura poner a Maradona en ese puesto, pero quizá no. A veces parece que amamos la crisis. No podemos vivir sin la crisis. Maradona es un ícono de eso."
Consideren esto: uno de los programas más prestigiosos del futbol internacional, dos veces campeón del mundo, quedó en manos de un hombre sin experiencia como entrenador internacional y con apenas tres victorias en 23 partidos durante su única etapa como técnico de clubes, con Deportivo Mandiyú en 1994 y Racing Club en 1995. ¿Por qué? Las especulaciones fueron de todo tipo: que Maradona se había ganado el puesto por todo lo que logró como jugador; que su popularidad hacía imposible que la AFA no le diera al menos una oportunidad; que Grondona había discutido con otros candidatos o los había descartado y que, tras la renuncia de Alfio Basile, Maradona era el único a quien Grondona podía soportar.
Grondona declinó hablar con SI, pero en una rara entrevista concedida a un periódico en agosto pasado mencionó el profundo conocimiento de Maradona sobre el futbol internacional y sobre la base de talento argentino.
"Aunque fue un jugador extraordinario, nunca ha sido egoísta", dijo Grondona. "Tiene una autoridad natural sobre esos futbolistas que lo vieron jugar o que leyeron sobre él. Además, posee una libertad de espíritu que realmente es muy extraña en cualquier otro entrenador."
Extraña, sin duda. La peculiar gestión de Maradona tiene al país observando entre los dedos de las manos. Grondona nombró a Carlos Bilardo, quien dirigió a Maradona y a Argentina hacia el último título mundial del país, en 1986, como gerente general de la selección, pero hubo momentos en los que Bilardo y su entrenador apenas se hablaban, y desde entonces Maradona, de 49 años, terminó por asumir claramente el control. Ganó una batalla inicial para elegir a sus propios asistentes, aunque sus excompañeros Alejandro Mancuso y Héctor Enrique difícilmente compensan la falta de experiencia internacional de su jefe. (La fama de Enrique se debe, sobre todo, a haberle dado el pase a Maradona para su histórico segundo gol contra Inglaterra en 1986). La única prueba de que el ojo futbolístico de Maradona sigue siendo agudo es su obstinada defensa, pese a numerosas críticas, del sorprendentemente sólido arquero de 23 años Sergio Romero.
Argentina iniciará el Mundial, entonces, como el equipo más desconcertante del torneo. Integrada en un grupo junto a Nigeria, Corea del Sur y Grecia, la Albiceleste debería avanzar a la fase de eliminación directa, pero Maradona todavía no ha demostrado que sepa cómo sacar el máximo rendimiento de Messi. El técnico se distanció del mediocampista Juan Román Riquelme, el talentoso aunque frecuentemente ensimismado volante de Boca Juniors, cuya sociedad con Messi llevó a la Albiceleste a la Final de la Copa América 2007 y a la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 2008.
Según Hernán Castillo, quien fue periodista de futbol del diario bonaerense Clarín y actualmente cubre a la selección para Radio La Red, el respeto de los jugadores por su entrenador comenzó a disminuir cuando los hizo jugar fuera de posición y mostró un escaso conocimiento de sus rivales. Perdiendo 2-0 al descanso de una humillante derrota ante Brasil en septiembre pasado, en Rosario, la ciudad natal de Messi, Maradona recorrió el vestidor diciendo: "¡Vamos! ¡Por el país! ¡Podemos hacerlo!". Después de que salió, uno de los mediocampistas veteranos del equipo, consciente de que alguien tenía que hacer un ajuste táctico, le pidió a Messi que retrocediera unos metros y habló con varios compañeros más. Argentina atacó mejor en la segunda mitad, pero aun así cayó 3-1, sufriendo su primera derrota como local en una eliminatoria mundialista en 16 años.
No está claro si a Maradona le falta imaginación para hacer un cambio estratégico profundo en beneficio de Messi.
"Si tuviera que cambiar por su bien, cambiaría", dijo Maradona en marzo. "Pero creo que con... los jugadores que tenemos, todo lo que necesita es explotar, y seguramente lo hará en el Mundial."
El entrenador rechazó profundizar sobre el tema para SI; una solicitud de entrevista hecha a través de la AFA fue respondida por Fernando Molina, encargado de prensa personal de Maradona y novio de su hija Dalma, mediante un correo electrónico en el que exigía "100,000 euros limpios" —126,000 dólares libres de impuestos—. (SI no paga por entrevistas).
"Tienen muchos jugadores maravillosos, pero no son un equipo; no sé qué está pasando en este momento", dice Francisco (Pancho) Ferraro, entrenador de la selección argentina Sub-20 con la que Messi conquistó el Mundial juvenil en 2005. "Sólo nos queda esperar que Dios inspire a Maradona... y tenemos a Messi. Así que tenemos razones para creer."
Maradona ha sido la figura cultural más importante del país durante los últimos 25 años porque, en esa combinación de genialidad y autodestrucción, refleja una parte del carácter nacional de una forma en que Messi jamás podría hacerlo. No se trata sólo de que Messi no haya rendido al máximo con la selección. También influye su vida dentro de lo que los observadores llaman "su burbuja futbolística". Existe una percepción muy extendida de que, como producto de la estructurada academia juvenil de Barcelona, La Masía, y tras haber vivido la última década en España, Messi prácticamente no tiene una conexión visceral con el país que ahora depende de él.
"Se fue a Europa a los 13 años, y llegó al equipo perfecto", dice Fernández Moores. "En Argentina tenemos una expresión: 'Lo atamo' con alambre'. Se refiere a una solución temporal que, de alguna manera, funciona, y dice mucho sobre el país y sobre su futbol. Los futbolistas argentinos crecen con esa sensibilidad precaria de que pueden adaptarse a cualquier situación, pero Messi no supera esa prueba argentina de vivir al límite. Él no creció pensando de esa manera y no le gustan los problemas.
"Cuando volvió a Argentina el año pasado, la persona que lo esperaba y controlaba a la prensa era un barrabrava, un hooligan, no un dirigente de la AFA. Ese es el estilo argentino. En ese sentido, Maradona es perfecto como entrenador."
Y por eso, si Argentina fracasa en este Mundial, Maradona no será el único señalado. Messi carga con el peso del expatriado, y las especulaciones sobre sus problemas con la camiseta albiceleste se centran menos en cuestiones tácticas que en lo que ocurre dentro de su corazón y de su cabeza.
"Es la pregunta que todos se hacen", dice Sergio Almirón, integrante del equipo campeón del mundo en 1986 y, como exdirector de la escuela de futbol de Newell's Old Boys, uno de los hombres que dejó escapar al joven Messi. "Cuando Maradona era desafiado, se hacía más grande. Tal vez Messi sea demasiado joven y no pueda soportar esa presión."
Almirón hace una pausa, decide decir lo que realmente piensa y comienza a reír.
"Tiene una mente española", dice finalmente Almirón. "¡Cree que es español!"
Una fresca mañana de abril en Rosario: Jorge Messi está sentado en la terraza de su restaurante, VIP. Se dice que se invirtieron alrededor de 500,000 dólares en remodelaciones, y el elegante bistró está lleno la mayoría de las noches; todos lo conocen como el restaurante de los Messi. Sin embargo, no hay pósters ni camisetas autografiadas a la vista, ni homenajes exagerados a Lio. Puede parecer extraño, considerando que Lio representa una de las máximas expresiones de grandeza deportiva de su época, en cualquier disciplina. Pero Jorge no está seguro de que el éxito de su hijo haya valido todo lo que costó.
"Si hoy me preguntaran si volvería a hacer lo mismo, diría que no", afirma. "No me arrepiento de nada, pero fue demasiado duro como para volver a vivirlo."
El problema no era el futbol; pese a su tamaño, jugar nunca fue difícil para Lio. Creció en el modesto barrio obrero conocido como La Bajada, donde jamás evitó jugar en las polvorientas calles con los amigos de sus hermanos mayores, Matías y Rodrigo.
"Cuando le pegaban, se caía y simplemente se levantaba; nunca tuvo miedo", recuerda el vecino Rubén Manicabale. "Siempre jugaba descalzo y se peleaba con sus hermanos."
Cuando Lio tenía cinco años, su padre lo dirigía en la modesta cancha ubicada junto al complejo habitacional Abanderado Grandoli; el niño anotaba goles a voluntad, muchas veces recorriendo toda la cancha con el balón sin que nadie lograra quitárselo. En la casa de los Messi era habitual que lámparas y adornos terminaran hechos pedazos por los balones que salían disparados.
Manicabale guía el camino pasando por la escuela primaria de Lio hasta un grupo de canchas de futbol cercanas. Matías Messi, de 28 años, falla una oportunidad sencilla de gol cuando llega su vecino. El equipo de Matías pierde, él recoge sus cosas y comienza a caminar hacia la parrillada posterior al partido. "Era igual entonces que ahora", dice Matías sobre Lio. "Sería más feliz jugando futbol gratis que haciendo cualquier otra cosa por cien millones de euros."
A los siete años, Lio siguió a Rodrigo e ingresó al programa juvenil de Newell's Old Boys. En un partido del que todavía se habla, Lio avanzó con el balón mientras, uno por uno, siete rivales intentaban darle una patada. Ninguno pudo. "Era una máquina", recuerda Ernesto Vecchio, quien dirigió a Lio durante tres años en Newell's. "Una vez estaba enfermo y lo dejé en la banca. Íbamos perdiendo 1-0 y le dije: 'Lio, gáname este partido', y se levantó para marcar dos goles. Cada año anotaba más de 100 goles en 30 partidos." Lio acostumbraba ofrecer exhibiciones de regate durante el medio tiempo de los partidos del primer equipo. Era tan bueno que algunos espectadores se preguntaban si estaban viendo a un enano de circo.
Cuando Lio tenía 10 años, Jorge y su esposa, Celia, notaron que no estaba creciendo. Una serie de estudios reveló que, con suerte, alcanzaría apenas el metro y medio de estatura en la edad adulta, por lo que la familia Messi aceptó un tratamiento de inyecciones nocturnas de hormona del crecimiento, alternando los muslos. A partir de los 11 años, Lio cargaba una pequeña hielera azul con agujas y dosis a los partidos, a casa de sus amigos, a todas partes. Él mismo se aplicaba las inyecciones; nunca se quejaba. "Simplemente era otra parte de mi rutina", dice. Lo hizo durante cinco años.
El tratamiento era costoso —1,000 dólares por cada ciclo de 45 días— y, después de dos años, la empresa siderúrgica donde trabajaba Jorge dejó de cubrirlo. Jorge ganaba poco más de 1,700 dólares cada 45 días y, cuando Lio tenía ya 13 años y comenzaba a llamar la atención de otros clubes, pidió a Newell's que pagara el tratamiento. Después de entregar a los Messi tres pagos que sumaban 500 dólares, asegura Jorge, el club dejó de mostrar interés. "No queríamos andar rogando, así que comenzamos a buscar otras opciones." Jorge exploró la posibilidad de llevarlo a River Plate, pero finalmente apareció Barcelona y se ofreció a cubrir el costo completo. Ahí es donde normalmente la historia cambia hacia un tono positivo: al final, Lio no sólo recibió el tratamiento que necesitaba para alcanzar el 1.70 de estatura, sino que también quedó rodeado de los jugadores y entrenadores que necesitaba para desarrollar todo su potencial. Pero esa decisión estuvo a punto de romper a la familia Messi.
En septiembre de 2000, Jorge llevó a Celia, a sus tres hijos y a su hija de cinco años, María Sol, a España, pero menos de un año después Celia regresó con los otros niños a Argentina, dejando a Jorge y a Lio solos en España. La separación fue desgarradora. "Lio necesitaba a su madre y yo necesitaba ver a mi hija", cuenta Jorge. "Durante los primeros tres años, Lio sólo veía a su madre una vez cada cuatro meses." Cada vez que abordaba el avión rumbo a Barcelona después de visitar Argentina, Lio quedaba destrozado emocionalmente. Pasó muchas noches solo en La Masía, llorando, mientras los demás niños regresaban a casa los fines de semana. "Fue muy duro para mí", recuerda Messi. "Hubo momentos en los que estaba realmente triste y extrañaba mucho mi hogar, pero nunca pensé en irme. Sabía que quería quedarme y seguir jugando."
Cuando habla de los cinco años que pasó en las fuerzas básicas de Newell's, Messi siempre vuelve al amargo desenlace: según él, el club se negó a pagar su tratamiento y Barcelona sí lo hizo. Como resultado, Newell's es conocido hoy en todo el mundo por haber cometido uno de los mayores errores en la historia del futbol. Sin embargo, en una disputa que sólo ha alejado más a Messi de sus raíces, tanto Almirón como Carlos Morales, quien entrenó a Lio entre los ocho y los 11 años, aseguran que Newell's entregó a la familia Messi más de 8,000 dólares —450 dólares mensuales— durante un periodo de 18 meses que terminó únicamente cuando Lio se marchó a España en el año 2000. Morales sostiene que los Messi simplemente tenían mucho más que ganar con Barcelona. "Había mucho dinero de por medio."
Almirón, entonces director de la escuela de futbol de Newell's, confirma la cifra de 8,000 dólares y asegura que siempre entregó el dinero en efectivo a Celia. Sentado en el lobby de un hotel de Rosario durante abril, despliega nueve recibos que, según afirma, fueron firmados por Celia. Pero cinco de esos recibos, impecables y sin una sola arruga, registran pagos de 200 dólares o menos. Sólo dos pares de recibos corresponden a los mismos meses, abril y julio de 2000, y suman 305 y 240 dólares, respectivamente, cantidades inferiores a las que Almirón asegura haber entregado y muy por debajo de lo que Jorge sostiene que costaba el tratamiento.
Por supuesto, las cantidades en disputa son insignificantes, y Almirón y Morales ya no trabajan en Newell's. El nuevo presidente del club se ha esforzado por acercarse nuevamente a la familia Messi y, el año pasado, Jorge respondió con una donación de 29,000 dólares para las instalaciones de entrenamiento de Newell's. Pero el resentimiento por la partida de Lio sigue presente en ambas partes, y no sólo en Newell's existen sentimientos encontrados respecto al hijo más famoso de Rosario.
Al otro lado de la ciudad, en la cancha de Abanderado Grandoli donde Messi dio sus primeros pasos, las familias siguen llenando la pequeña tribuna cada sábado, mientras los padres permanecen aferrados a la malla observando los partidos de sus hijos. Sí, Messi es motivo de orgullo allí, afirma David Treves, presidente del club juvenil Grandoli, pero desde que se convirtió en estrella nunca ha regresado y tampoco ha donado balones, uniformes o dinero para mejorar la cancha. (Jorge asegura que la fundación de Lio tiene planes para ayudar a todo el barrio, poniendo énfasis tanto en la educación como en el deporte).
"Nunca volvió aquí, desde que se fue a Barcelona", dice Vecchio. "Nunca he vuelto a hablar con él." Después de que Brasil derrotó a Argentina en Rosario el septiembre anterior, Vecchio permaneció una hora fuera del estadio conversando con Jorge y Celia, esperando que Lio saliera para poder decirle unas palabras. Cuando Messi subió apresuradamente al autobús del equipo, pensó que había perdido la oportunidad. Entonces Messi se sentó, lo vio a través de la ventana, reconoció a su antiguo entrenador, se le iluminaron los ojos, sonrió y lo saludó con la mano, viéndose otra vez pequeño detrás del cristal.
Pancho Ferraro está cansado de escuchar siempre lo mismo: de sus cuñados, de los periodistas, de los aficionados con los que se cruza en los bares e incluso de su propia hermana. ¿Qué le pasa a Messi? ¿De verdad le importa jugar por Argentina? "Es doloroso escuchar esto incluso dentro de mi propia familia", dice Ferraro. "Siempre estoy defendiendo a Messi. Esta polémica dice más sobre el pueblo argentino que sobre él: no sabemos disfrutar las cosas buenas cuando las tenemos. Siempre vemos el lado oscuro, el vaso medio vacío, y no somos capaces de disfrutar a este chico que es uno de los nuestros. Es nuestro. Yo sé cuánto ama Messi vestir la camiseta argentina; conozco su compromiso."
A pesar de su gratitud hacia Barcelona, en 2004 Messi rechazó una invitación para jugar con la selección de España. Ferraro ha visto a Messi conducir en dos ocasiones a selecciones juveniles argentinas hacia un título mundial. Como entrenador del equipo argentino campeón del Mundial Sub-20 de 2005, incluso estuvo cerca de perder su propio puesto antes de comenzar: dejó a Messi en la banca durante el primer tiempo del partido inaugural y, para colmo, perdió frente a Estados Unidos. "Morí", recuerda, "y luego volví a la vida."
Messi fue quien lo resucitó. Marcó seis goles en ocho partidos, fue elegido el MVP del torneo, cumplió 18 años durante la competencia y, aun así, antes de la semifinal frente a Brasil se levantó en el vestidor y dijo: "Es Brasil. No podemos equivocarnos o perderemos. Pero vamos a ganar." Marcó en el minuto seis para encaminar el triunfo por 2-1 y luego volvió a anotar dos veces para derrotar a Nigeria por el mismo marcador en la final. Sólo una vez causó un problema durante el torneo. Después de que Argentina aseguró su pase a la segunda ronda, Ferraro lo sustituyó en un intrascendente segundo tiempo frente a Alemania y Messi abandonó el campo molesto, negándose siquiera a mirar a su entrenador. Más tarde, en el hotel, fue a buscarlo para disculparse. "No quise hacerlo, pero siempre quiero jugar. No me siento bien sentado en la banca."
"Nunca lo vi hacerle eso a otro entrenador", dice Ferraro. "Con Messi no necesitas darle el gafete de capitán; necesitas darle el balón. Es su juguete. Es un niño. Se relaciona con el futbol como un niño."
Ese es el aspecto menos contado sobre una de las personas más observadas del planeta: su alegría infantil. Se pudo ver en Barcelona cuando se dejó caer de espaldas, con las piernas abiertas y los ojos muy abiertos, como un niño jugando en un charco de lodo, después de marcar su cuarto gol contra Arsenal. Maradona nunca tuvo esa alegría; su arte era el de un intimidante. Todo el trabajo frenético de Messi —esas carreras, esos amagos, esos zurdazos— no es más que el rastro de un hombre buscando aquello que lo hace feliz. "Y cuando es feliz", afirma el entrenador de Barcelona, Pep Guardiola, "todo lo que hace le sale bien."
Es finales de abril y Messi ahora es más feliz. En marzo sostuvo una reunión de dos horas con Maradona, algo que quizá finalmente puso al entrenador y a su estrella en la misma sintonía. Pero, sobre todo, está feliz porque está en Barcelona, con algunos partidos de La Liga todavía por disputar, goles por marcar y nadie dudando de él. Eso cambiará pronto. Regresará a Rosario, a La Bajada, a la tierra donde su padre siente cada vez más la presión.
"Es argentino", dice Jorge sobre su hijo. "Se siente argentino. Yo siento que en Europa lo quieren, pero aquí no. Es muy común que aquí, cuando alguien triunfa en el extranjero, la gente sienta que ya no le pertenece. Entonces la prensa instala la idea de que Messi no es argentino, de que vive como un catalán, porque triunfó sin haber jugado aquí. Lio está realmente muy triste por eso."
Si Argentina gana la Copa del Mundo, por supuesto, todo eso desaparecerá. Messi habrá salvado al héroe argentino, habrá salvado a Maradona de sí mismo y la leyenda de Diego encontrará su giro más nuevo y más insólito. Pero si Argentina pierde, todas esas críticas y todas las grietas en la relación de Messi con su país no harán más que crecer; su relación con los medios será todavía más complicada.
Es joven. Habrá otras Copas del Mundo. Pero Maradona ya no estará, probablemente envuelto en una nube de furia y diatribas, y Messi no tendrá otra opción que reconstruirlo todo al estilo argentino: tomar un poco de alambre, cinta adhesiva y algo de pegamento. Aplicarlos. Dejar que sequen. Y esperar —no, insistir— ante todo el mundo en que, al final, esa maldita cosa terminará funcionando.
