Club Providencia: de convencer a Brasil en 1970 a quedarse fuera del Mundial 2026

Pedro Rodríguez tenía tres años cuando Pelé lo cargó en brazos. Vestía una camiseta de Brasil y posó para una fotografía que más de medio siglo después sigue ocupando un lugar especial en su vida. No está colgada en el Club Providencia, está enmarcada en su oficina, en donde la ve todos los días.
“Tenía tres años, entonces la verdad no me acuerdo del momento. Pero tengo la foto enmarcada en mi oficina, la veo todos los días y me enorgullece. Estar con el mejor jugador del mundo fue un gran orgullo”, explicó el hijo de Samuel Rodríguez, quien como presidente del Club Providencia fue uno de los artífices que logró que el club fuera la sede de entrenamiento de la Brasil de Pelé que ganó el Mundial México 70, a Sports Illustrated México.
La imagen parece pertenecer a otro futbol. No solo porque aparece el hombre que para muchos es el mejor jugador de todos los tiempos, también porque muestra una cercanía que hoy parece imposible: un niño entre los jugadores de Brasil, un club recreativo de socios convertido en casa de una selección mundialista y un ambiente en el que los futbolistas convivían con las familias y podían caminar al hotel después de entrenar.
La fotografía también funciona como una ventana a tres Mundiales distintos: el de 1970, cuando el Club Providencia convenció a Brasil de quedarse; el de 1986, cuando recibió a Marruecos, y el de 2026, cuando intentó volver a ser parte de una Copa del Mundo y descubrió que el futbol cambió.
Caminar por Providencia es hacerlo entre rastros de aquella historia. La firma de Pelé está estampada en la cúpula del Salón Pelé, un espacio que actualmente funciona como sala de trofeos y sala de juntas del club.
Las paredes conservan fotografías, placas conmemorativas y viejos recortes de periódico que ayudan a reconstruir aquellos días en los que Brasil convirtió al Providencia en su casa. Los socios siguen contando anécdotas de aquel Mundial como si hubiera terminado hace apenas unas semanas.
Pero si algo presumen los socios no es la historia, es la cancha. La misma superficie que alguna vez ayudó a convencer a Brasil es el principal argumento del club y continúa atrayendo equipos profesionales cuando pasan por Guadalajara.
Viviana Hernández, gerente de deportes del club, asegura que las instalaciones son utilizadas por equipos y selecciones. “Pachuca viene seguido. Vienen mucho los equipos femeniles, como Monterrey. Cuando se les ofrece la cancha, vienen a entrenar aquí”.
Bermudas también entrenó en Providencia para prepararse para un partido ante la República Democrática del Congo, que se preparaba para el repechaje del Mundial.
Por esa experiencia, el Congo estuvo cerca de convertir al club en su sede de la Copa del Mundo.
Antonio Torres, presidente del club, explicó que hubo una visita formal de la delegación africana. “El Congo vino, su delegación vino a checar la cancha. La verdad les gustó, pero no teníamos la certificación previa de FIFA para entrar en ese proceso”.
La cancha gustó, la historia también, pero en el futbol moderno eso ya no basta. El problema ya no estaba en el césped, sino en todo lo que había alrededor.
La genialidad que llevó a Brasil al Providencia
La historia del club comenzó mucho antes de Pelé. Pedro recuerda que el Providencia nació desde el esfuerzo de un grupo pequeño encabezado por su padre, Samuel Rodríguez, en un momento en el que la idea de levantar un club propio todavía parecía más una apuesta familiar que una estructura deportiva.
“Entre mi papá y otros cuatro socios tuvieron la iniciativa de buscar un terreno para hacer un club. Les costó mucho trabajo. Primero fueron cinco, luego 15, luego 30 y luego 50 socios. No tenían dinero para crecer ni para hacer las instalaciones”, recordó Pedro sobre aquellos primeros años.
Aquel Providencia era pequeño, íntimo, lejos de lo que sería después de la llegada de Brasil. “Era un club muy familiar, sencillo. Todos nos conocíamos y convivíamos. Era gente de la sociedad de Guadalajara, empresarios, dueños de restaurantes, hoteles, negocios. Realmente era como una familia”.
Esa atmósfera fue su mejor carta de presentación. José Carlos “Pepe” Reynoso, socio actual del club, cuenta la historia con una mezcla de admiración y orgullo. Fue uno de los niños que convivieron con Brasil durante México 70 y tres años después formó parte de una gira a Brasil organizada por la directiva del Providencia, una relación que nació de aquellos días de convivencia con la selección campeona del mundo.
“Fue una genialidad de la directiva, encabezada por su papá, el ingeniero Samuel Rodríguez. Se pusieron de acuerdo y dijeron: ‘¿Sabes qué? Vamos al aeropuerto’”.
Samuel Rodríguez tenía acceso al aeropuerto por cuestiones de trabajo y decidió aprovecharlo. Los directivos del Providencia se presentaron como parte de la organización, esperaron a la delegación brasileña y la convencieron de ir a conocer el club antes de que otras opciones pudieran intervenir. Pedro todavía sonríe cuando recuerda la historia porque, vista con los ojos del futbol actual, parece imposible.
“Mi papá era muy aventado, tenía mucha iniciativa. Se puso de acuerdo con Carlos García Arce, dueño de Sidral Aga, y se fueron. Dijeron: ‘Nada perdemos’. La verdad los engañaron. Dijeron que venían de la FIFA. Como quien dice, se los trajeron con mentiras. Llegaron aquí y les fascinó el club”.
Brasil encontró algo que no esperaba: una cancha impecable, tranquilidad y un ambiente que contrastaba con otras opciones. El Atlas quería llevarse a la selección al hotel Tapatío, pero para los socios del Providencia esa opción no tenía el mismo sentido por la distancia con el estadio.
“El Atlas quería llevarse a Brasil al hotel Tapatío, pero estaba lejísimos del estadio. Ese fue mucho su coraje, porque les ganaron a Brasil”.
La molestia alcanzó a Felipe Zetter, delegado de FIFA en Jalisco, pero ya era demasiado tarde. Brasil ya había conocido el Providencia y la decisión quedó en manos de una delegación que encontró ahí algo distinto.
“Ellos dijeron: ‘Nos encantó el Providencia y nos vamos a quedar ahí’. Venía João Havelange (entonces presidente de la Federación Brasileña) y él fue el que dijo: ‘Nos gustó’. No había poder humano que los convenciera de irse al Atlas”.
La cancha ayudó. Pepe todavía la describe como si hablara de un campo de golf. “Era un pasto inglés, tipo alfombra. Yo siento que la selección se sentía mejor aquí que en el Estadio Jalisco. Llegaban artistas y decían: ‘Es un green de golf con dos porterías’”.
Pedro sigue presumiéndola como una de las grandes razones por las que el club mantiene prestigio entre equipos que visitan Guadalajara. “No la dejan crecer más de cinco o seis centímetros. En diciembre y en Semana Santa cierran la cancha para darle mantenimiento”.
Pero la verdadera diferencia estaba en la convivencia. Los jugadores se mezclaban con los socios. Los niños podían acercarse y las familias observaban los entrenamientos con una naturalidad que hoy parece imposible.
“Fíjate la sencillez y el ambiente tan sano que había en esa época. Se podían ir caminando al hotel. Eran tan sencillos que decían: ‘No, nos vamos caminando’”.
Pepe todavía se sorprende al recordarlo. “Olvídate de escoltas, olvídate de guardias y de todo eso que ahora cambió completamente la dinámica. Era algo mágico”.
Brasil terminó como campeona del mundo. Providencia no levantó ninguna copa, pero sí obtuvo algo que cambiaría para siempre la historia del club: prestigio, socios y una identidad mundialista que todavía se presume más de medio siglo después.
“Todo el mundo quería venir a ser socio del Club Providencia a raíz de Pelé. Éramos 75 socios y necesitábamos más dinero para crecer. Entonces empezaron a llegar más socios, creció el club y se hicieron más instalaciones”.
Lo que entonces fue una bendición, ahora es un obstáculo. Aquellos 75 socios se transformaron en más de 300. Y para la FIFA moderna eso cambió todo.
De Brasil a Marruecos
En 1986, Providencia intentó repetir la historia con Brasil, pero el Mundial ya funcionaba de otra manera. Guadalajara había crecido, existían más clubes compitiendo por selecciones y las medidas de seguridad ya no permitían la misma libertad que en 1970.
“En el 86 ya estaba todo más competitivo. Había medidas más estrictas de seguridad y la Universidad de Guadalajara nos ganó a Brasil. Pero sí se hicieron trámites”.
El antecedente de 1970 pesaba, aunque ya no alcanzaba por sí solo para mover a Brasil. Antonio Torres explica que para entonces FIFA tenía más intervención, pero que el prestigio ganado con la selección brasileña todavía ayudó a que Providencia se mantuviera en el mapa.
“En el 86 también ya intervenía FIFA, pero Marruecos vino con el antecedente del 70”.
A diferencia de México 70, cuando bastó convencer a la delegación brasileña, en 1986 ya existían mayores controles y exigencias. La petición principal, recuerda Torres, estaba relacionada con proteger a la selección que utilizara las instalaciones.
Brasil no llegó, pero Providencia encontró otro lugar en el Mundial con Marruecos. El impacto no fue parecido al de 1970. No había un Pelé, ni una selección campeona del mundo, ni una revolución de socios alrededor de la cancha. Pero sí había un equipo mundialista que buscaba un buen campo para preparar uno de los momentos más importantes de su historia, el primer partido de octavos de final para una selección africana.
Marruecos no generó el mismo ruido que Brasil, pero volvió a colocar al Providencia dentro de la historia de una Copa del Mundo.
“Lo que querían era la cancha, sobre todo que estuviera en buenas condiciones. Marruecos no llamaba tanto la atención como Brasil o España. Estuvieron tres o cuatro días”.
El Mundial que ya no fue para Providencia
En 2026 lo intentó una vez más, pero esta vez no alcanzó. El club volvió a levantar la mano, la cancha se mantiene como su mejor argumento y el antecedente de Brasil y Marruecos formaba parte de la presentación, pero el Mundial moderno ya exigía mucho más que una buena superficie y una historia atractiva.
“La FIFA en este Mundial exigía que les diéramos la cancha y el control del club, que no entrara ningún socio. Esa fue una de las trabas. No puedes prohibirles la entrada porque son dueños del club”.
La frase resume el choque entre dos épocas. La misma característica que enamoró a Brasil, alejó al club del Mundial moderno.
Antonio Torres lo explica desde la lógica actual del futbol. “El tema principal era que hicieran exclusivas las instalaciones, uso de gimnasio, vestidores, todo para ellos”.
Providencia compitió contra centros como Verde Valle, sede de Corea del Sur, o la Academia Aga, casa de Colombia. La cancha podía competir, la historia también, pero la infraestructura alrededor ya no. Torres no lo niega. El club tenía el césped, pero no necesariamente el paquete completo que hoy exige una selección mundialista.
En un centro de entrenamiento moderno, la cancha es apenas una parte de la ecuación. También cuentan gimnasios exclusivos, áreas médicas, vestidores dedicados, privacidad total y espacios reservados únicamente para la delegación. Providencia, en cambio, es un club social y deportivo donde los socios entran, usan las instalaciones y forman parte de la vida cotidiana del lugar.
“Aquí somos un club deportivo civil y los socios son los dueños”, añadió Torres.
Y aunque el club podría invertir para acercarse a esos estándares, hacerlo implicaría cambiar su esencia. En otras palabras, para competir con centros como Verde Valle o la Academia Atlas, Providencia tendría que parecerse menos al club que convenció a Brasil en 1970.
Pedro no oculta la decepción. Para él, el Providencia tiene argumentos suficientes: una cancha cuidada, una ubicación privilegiada y una historia que pocos clubes pueden presentar. Aun así, ninguna de las selecciones que pasaron por Guadalajara eligió el club.
“Muy triste. Vienen ocho selecciones a Guadalajara y ninguna viene al Club Providencia. Eso es muy triste, teniendo la mejor cancha, la mejor ubicación, y no vienen”.
Pepe lo observa desde otra perspectiva: “La FIFA maneja todo estricto, con reglas, y lo ve alrededor de un gran negocio. Es otro mundo, otra cosa. Cambió completamente”.
