Marruecos, el proyecto de Estado que desafía a Brasil en el Mundial 2026

De la Academia Mohammed VI a la reconquista de la diáspora, Marruecos convirtió el futbol en política pública y llega a la Copa del Mundo con una prueba mayor: pelear el liderato de grupo contra Brasil.
Marruecos, el proyecto de Estado que desafía a Brasil en el Mundial 2026
Marruecos, el proyecto de Estado que desafía a Brasil en el Mundial 2026 / Franco Arland/Getty Images

Marruecos ya no es una sorpresa para el futbol internacional. Esa fama terminó en Qatar 2022, cuando eliminó a España, echó a Portugal, llevó a Francia al límite y convirtió una semifinal mundialista en algo más que una noche perfecta. Desde entonces, cada partido importante de los Leones del Atlas dejó de verse como una hazaña aislada y empezó a leerse como la consecuencia de una estructura que lleva años trabajando.

Por eso el duelo contra Brasil, su debut en el Mundial 2026, se lee muy diferente que hace cuatro años. Marruecos ahor ahora es una selección con ranking, academia, infraestructura, títulos juveniles, una red mundial de talento y la ambición de un país que convirtió el balompié en política de Estado.

Contra Brasil no busca otro capítulo de víctima heroica, sino pelear el liderato del grupo y confirmar que Qatar no fue un accidente. La frase del seleccionador Mohamed Ouahbi antes del debut retrata ese cambio: Marruecos ya no quiere vivir como underdog o solo para incomodar a los grandes, ahora pretende sentarse en su misma mesa.

 Esa confianza no nació en Doha, se construyó lejos del ruido de los estadios. La historia empezó mucho antes, cuando el rey Mohammed VI impulsó una estructura para sacar al futbol marroquí del estancamiento.

La Academia Mohammed VI, inaugurada en 2010 en Salé, fue el primer gran símbolo. No nació como una escuela más, sino como un laboratorio nacional: instalaciones de élite, educación formal, captación de talento y una idea simple. Marruecos no podía depender siempre de futbolistas formados en Europa, también tenía que fabricar los propios.

De ahí salieron jugadores que ayudan a explicar el salto. Nayef Aguerd, Azzedine Ounahi y Youssef En-Nesyri son la prueba de un sistema que entendió que la técnica norteafricana necesitaba convivir con rigor táctico, preparación física y hábitos de competencia internacional.

Después vino en 2019 el Complejo Mohammed VI de Maamora, cerca de Rabat. Un centro de alto rendimiento de 30 hectáreas que funciona como el búnker del futbol marroquí. Ahí no solo se entrenan selecciones, se cocina una forma de jugar.

Desde las categorías menores hasta la absoluta, Marruecos busca que sus equipos compartan una misma base: bloque compacto, disciplina sin balón, transiciones limpias, laterales agresivos, interiores dispuestos a correr hacia atrás y una resistencia emocional que ya fue probada contra potencias.

Qatar 2022 fue una muestra de esa forma de jugar, en esa Copa del Mundo Marruecos emocionó al mundo, pero antes lo incomodó: Cerró espacios interiores, empujó a los rivales hacia las bandas, defendió con una coordinación más parecida a la de un club que a la de una selección y castigó cada error con contragolpes veloces.

Esa base ahora carga otra exigencia en Norteamérica 2026. Walid Regragui le dio al equipo una identidad emocional, Ouahbi tiene que llevarla más lejos.

Ya no basta con resistir. Contra Brasil, Marruecos debe mostrar si también puede asumir tramos de iniciativa, si Brahim Díaz puede recibir entre líneas, si Achraf Hakimi puede ser más que un lateral de recorrido infinito y si una generación criada entre la Champions, LaLiga, la Premier, la Ligue 1 y la Bundesliga puede sostener una presión nueva: la de ser favorita contra casi cualquiera que no se llame Brasil.

El caso Brahim resume el otro gran golpe del proyecto marroquí: la reconquista de la diáspora. Durante años, Francia, España, Bélgica y Países Bajos fueron las grandes beneficiadas por los hijos y nietos de familias marroquíes. Marruecos cambió la ecuación, dejó de esperar a que esos jugadores tocaran la puerta y salió a buscarlos antes de que Europa los convenciera

No fue solo una operación deportiva. A muchos futbolistas no se les ofreció únicamente una camiseta, sino un lugar. En Europa podían ser uno más dentro de una lista larga, en Marruecos, unsímbolo.

Hakimi, nacido en España; Brahim, formado en el futbol español; Mazraoui, Amrabat y tantos otros criados lejos del país terminaron formando parte de una selección que entiende la diáspora como una extensión de la nación.

Esa es una de las grandes diferencias con otros proyectos. Marruecos no eligió entre formar en casa o captar talento exterior, hizo las dos cosas. Mientras la academia producía futbolistas locales, la federación afinaba su red en Europa.

El cerebro político de esa maquinaria tiene nombre: Fouzi Lekjaa, presidente de la Real Federación Marroquí de Futbol y también ministro delegado encargado del Presupuesto.

Lekjaa representa como pocos esa frontera casi invisible entre federación, gobierno y estrategia nacional. En otros países, el futbol negocia con el poder, en Marruecos, el futbol forma parte del poder.

Bajo su gestión, la infraestructura se volvió un argumento deportivo, pero también diplomático. Marruecos se convirtió en sede recurrente para partidos africanos, torneos continentales y eventos internacionales.

En un continente donde muchas selecciones han sufrido para cumplir con los estándares de estadios exigidos por FIFA, Marruecos puso instalaciones, organización y una imagen de modernidad. Eso le dio influencia, presencia y una silla cada vez más grande en la mesa africana.

La Copa Africana de Naciones también entra en esa lógica. Marruecos no la recibe únicamente como anfitrión, sino como demostración de fuerza.

Durante años, el poder simbólico del futbol africano pasó por Egipto, Sudáfrica, Nigeria, Camerún o Senegal. Ahora Marruecos quiere ocupar ese centro. Pone estadios, ofrece organización, recibe partidos de otras selecciones y convierte cada torneo en una vitrina de su capacidad.

La candidatura del Mundial 2030 tampoco está separada de lo que pase en 2026. Marruecos quiere ganar partidos, pero también organizar el futuro del futbol. Quiere competir contra Brasil ahora y recibir al mundo cuatro años después junto a España y Portugal. Quiere que el futbol sea la cara más visible de su modernización.

Por eso el Grand Stade Hassan II, proyectado cerca de Casablanca con capacidad para 115 mil espectadores, no puede leerse solo como una obra: Es una declaración, porque Marruecos no quiere llegar al Mundial 2030 como socio menor de España y Portugal, sino pelear por acoger la final.

Su proyecto incluye un estadio más grande que el Bernabéu, conectado a una red de infraestructura que también incluye carreteras, aeropuertos y tren de alta velocidad.

Brasil es la prueba perfecta porque obliga a separar la épica de la estructura. A una sorpresa se le perdona perder después de haber llegado demasiado lejos, a una potencia emergente se le exige competir otra vez. Ese es el nuevo lugar de Marruecos

El partido contra Brasil, entonces, no enfrenta únicamente a dos selecciones, mieda dos ideas de poder en el balompié. De un lado, la tradición más reconocible del juego, del otro, un país que decidió fabricar su lugar en la élite desde los despachos, las academias, los estadios, la diáspora y el entrenamiento invisible.


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Rodrigo Corona
RODRIGO CORONA

Reportero en Sports Illustrated México. Apasionado por contar historias del mundo deportivo.