Mundial 1978: Videla, el Plan Cóndor y la historia detrás de la sospechosa goleada 6-0 de Argentina a Perú

La Operación Cóndor invadiendo mi nido, perdono pero nunca olvido
- Calle 13, Latinoamérica
A ratos podría parecer que el Mundial de Futbol de 1978 fue una fiesta deportiva empañada por una dictadura; pero fue, más bien, un espectáculo de coautoría donde la FIFA, el máximo organismo del futbol, blindó los desmanes del régimen militar liderado por Jorge Rafael Videla, con un torneo hecho a su medida.
En aquel invierno porteño, noventa minutos de televisión a color bastaban para convencer al mundo de que Argentina era un idilio alpino de orden y papelitos flotando en el aire. La genialidad cruel de la dictadura radicó en aprovecharse del hecho de que el futbol es casi siempre una religión donde a los fieles no les molesta comulgar con los ojos cerrados.
Y fue así como la Copa del Mundo se convirtió en un inmenso escenario de simetrías perturbadoras.
La geografía urbana de Buenos Aires trazó una línea recta e insoportable. Mientras miles de gargantas se desgarraron gritando los dos goles de Mario Kempes en la final ante Países Bajos en el Estadio Monumental, a solo quinientos metros de distancia, en los sótanos de la Escuela de Mecánica de la Armada, el ruido de esos mismos festejos se filtraba entre los gemidos de los torturados.
La junta militar estaba desesperada por lavar el rostro internacional del país, que ya chorreaba denuncias por violaciones sistemáticas a los derechos humanos.
Pero los hilos de este tejido no se limitaban a las fronteras argentinas. En el Cono Sur, la violencia estatal se había vuelto una corporación multinacional regida por las directrices de la Operación Cóndor, un pacto clandestino que permitía a los regímenes militares coordinar secuestros y desapariciones sin la molestia de las aduanas.
Apenas una semana antes de que comenzara el torneo, el 25 de mayo de 1978, la dictadura peruana del general Francisco Morales Bermúdez detuvo ilegalmente en Lima a trece disidentes políticos —izquierdistas, sindicalistas y militares opositores— y los envió engrillados en un avión militar hacia el norte argentino.
La noche del 21 de junio de 1978 en Rosario se presentaba como un tablero de ajedrez donde el tiempo jugaba a favor del anfitrión. Brasil ya había derrotado a Polonia por 3-1 en Mendoza un par de horas antes, cerrando el Grupo B con cinco puntos y una diferencia de goles de +5.
Gracias a un calendario diseñado a la medida de las necesidades del régimen —un flagrante desequilibrio organizativo tolerado por la FIFA que obligó a disputar los encuentros en horarios distintos —, Argentina saltó al césped de Arroyito conociendo el veredicto exacto: necesitaba golear a Perú por cuatro goles o más para disputar la final.
Varios jugadores peruanos confirmaron que, minutos antes de salir a la cancha, Jorge Rafael Videla irrumpió en el vestuario visitante secundado por Henry Kissinger, el pragmático padrino estadounidense de las dictaduras de la región.
Videla leyó una proclama sobre la "hermandad de los pueblos", un mensaje que en boca de un dictador con poder absoluto sonó menos como un saludo diplomático y más como una sutil coacción física en territorio hostil.
A pesar de la intimidación, el partido comenzó con una paridad incómoda para la albiceleste.
En los primeros minutos, el delantero peruano Juan José Muñante estrelló un balón en el poste del arquero Ubaldo Fillol, y poco después Teófilo Cubillas malogró una oportunidad clara frente al arco.
Aquellos fueron los últimos estertores de la dignidad deportiva de Perú. Tras el gol de Mario Kempes al minuto 21, la estructura peruana experimentó un colapso físico y táctico tan asombroso como sospechoso.
Alberto Tarantini anotó de cabeza el 2-0 antes de irse al descanso. La segunda mitad fue una caída libre. Kempes sumó el tercero al 49, Leopoldo Luque firmó el cuarto al 50, René Houseman clavó el quinto al 67, y el propio Luque selló el definitivo 6-0 al minuto 72.
El Gigante de Arroyito estalló, pero esa goleada monumental cruzó las décadas arrastrando un persistente tufillo a farsa.
Al silbato final le siguió un coro de desmentidos, culpas y silencios que aún hoy divide a los protagonistas peruanos. Héctor Chumpitaz, el capitán de la banda roja, argumentó toda su vida que la caída se debió puramente a un agotamiento físico extremo y a la nula costumbre de jugar encuentros internacionales de tanta intensidad con intervalos tan breves.
"Pasamos a la historia con pena", se lamentó, recordando el violento recibimiento de la hinchada peruana en el aeropuerto de Lima, que los acusó de haberse vendido. Teófilo Cubillas, la gran estrella del equipo, juró por su honor que no existió arreglo alguno y argumentó que goleadas de esa magnitud ocurren en el futbol, comparando el marcador con el histórico 1-7 que Alemania le propinó a Brasil en 2014.
Sin embargo, el vestuario peruano no era un bloque unánime. Juan Carlos Oblitas reconoció que "pasaron cosas raras" en ese partido, aunque defendió la honestidad del arquero Ramón Quiroga.
El único que rompió el pacto del silencio de forma explícita fue el mediocampista José Velásquez. "El Patrón" denunció de manera directa que el director técnico Marcos Calderón y varios jugadores del plantel recibieron dinero de los militares argentinos.
Velásquez aportó el inquietante detalle de que fue sustituido de forma injustificada en el minuto 51, justo cuando el partido se desbocaba táctica y físicamente. Su versión encaja con la del arquero suplente Ottorino Sartor, quien reveló que Calderón le había prometido la titularidad para evitar suspicacias con Quiroga (argentino nacionalizado peruano), pero que una extraña llamada telefónica recibida en el hotel la noche previa alteró drásticamente el ánimo del entrenador y lo forzó a ratificar a Quiroga bajo los tres postes.
Durante años, la mitología popular buscó explicaciones en las transacciones comerciales que siguieron al certamen.
Se especuló que el soborno se pagó mediante la donación de 35,000 toneladas de grano de trigo a Perú y la apertura de una línea de crédito de 50 millones de dólares apenas quince días después de la final.
Investigaciones minuciosas de historiadores y periodistas como Matías Bauso han demostrado que aquel embarque de trigo respondía a un convenio comercial bilateral preexistente firmado en 1972, demorado por trabas portuarias, y que se completó casualmente entre julio y agosto de 1978.
La goleada ante Perú permanecerá para siempre como un recordatorio que en el gran teatro de la geopolítica, el futbol a veces es el opio de los pueblos, pero también el manto con el que los dictadores intentan cubrir sus propias tumbas.
