Salvadoreño llega al Mundial por tierra ¡y por amor a Chivas!

Mario Pineda viajó a Guadalajara porque quería estar en un Mundial y hacerlo en el estadio del equipo que sigue desde hace más de 20 años.
Los aficionados llegan a México no solo por amor al Mundial.
Los aficionados llegan a México no solo por amor al Mundial. / Rodrigo Corona


El primer partido mundialista de Guadalajara era Corea del Sur contra Chequia, pero Mario Pineda llegó con otra bandera: la de El Salvador.

No venía a ver a su selección porque El Salvador no estaba en la cancha. Tampoco era coreano o checo.

No formaba parte de ninguna de las dos aficiones que protagonizaban el partido inaugural de la sede tapatía.

Mario llegó por otra razón: quería estar en un Mundial y quería hacerlo en el estadio del equipo que sigue desde hace más de 20 años.

“Nosotros venimos desde El Salvador”, explicó el aficionado que llegó a Guadalajara con su esposa a Sports Illustrated México.

Salieron el domingo, por tierra. Arribaron a la capital de Jalisco la noche anterior al juego y al día siguiente ya estaban afuera del Estadio Guadalajara, con la bandera salvadoreña en las manos y el cansancio de un trayecto largo que no les quitaba la sonrisa y la emoción de cumplir un sueño.

“Venimos anoche. Salimos el domingo porque venimos así, por tierra, y aquí estamos presentes”, añadió.

El Salvador no clasificó a este Mundial, pero Mario encontró la forma de meterlo a la fiesta.

“Aunque no pudimos estar adentro jugando en la cancha, desde la grada estamos represenrqndo a El Salvador”.

La historia también pasa por Chivas. Mario no eligió Guadalajara al azar, lo hizo porque se jugaba en el Akron, el inmueble del equipo que empezó a seguir en 2002.

No solo estaba emocionado por estar en su primera Copa del Mundo, sino por visitar la casa del club mexicano al que apoya desde su país, Chivas. 

“Decidimos venir aquí a Guadalajara porque yo soy puro Chivas. Apoyo al Chivas desde el 2002, soy 100% Chivas. Es un equipo que me encanta bastante porque le da muchas oportunidades a la gente nacional, que no tiene extranjeros”.

Llegar tampoco fue sencillo. No fue una compra impulsiva ni un viaje resuelto de un día para otro, fue un ahorro hecho poco a poco, en varios años.

“Para estar acá hemos hecho un proceso: ahorrar despacito. Empezamos a ahorrar dólar por dólar, dos dólares, tres dólares, y ya cuando hicimos el monto pudimos comprar las entradas y aquí estamos”.

Afuera del estadio, la escena tenía sentido para una primera tarde mundialista en Guadalajara y el primer examen de la última milla.

Los aficionados bajaban de autos en los puntos permitidos, otros llegaban por transporte público y varios caminaban desde la zona del Andador Chivas hacia los filtros de seguridad.

La última milla obligaba a caminar. El auto no entraba hasta la puerta. Había que bajar antes, seguir a pie y cruzar bajo el tejido instalado rumbo al estadio.

Esta vez, la logística también fue parte del color.

Los mariachis recibían a los aficionados, la música armó baile, gritos y una fila improvisada entre camisetas de Corea, Chequia, México y de otros países que no jugaban.

Una aficionada mexicana intercambió playera con un coreano, otros se detenían a grabar, cantar o preguntar por el acceso.

El primer partido de Guadalajara no empezó adentro, sino en una caminata de más de 15 minutos hasta la entrada del estadio.

Y Mario estaba ahí, en medio de todo, con su bandera salvadoreña, cumpliendo un sueño.

No era el único aficionado ajeno al partido. Había aficionados de Estados Unidos, China y de otros países que tampoco tenían una selección en la cancha, pero pocos tenían una historia tan conectada con México.

 Él había viajado por tierra, había ahorrado dólar por dólar y había llegado a Guadalajara porque el Mundial se cruzó con Chivas.

“México me gusta porque soy puro Chiva. Eso es lo que me ha traído también a estar acá y en este estadio que es bien encantador”.

Después agrega otra razón que lo une al país.

“México me gusta porque tiene los tacos mexicanos. Me encantan los taquitos”.

El Mundial también se entiende desde los aficionados que hacen mucho esfuerzo para estar en la grada.

Mario todavía tuvo tiempo de cantar como chiva.

“Dale, dale, dale, dale, dale, oh”, soltó, mientras sostenía la bandera de su nación.

Alrededor, Guadalajara vivía su primer partido mundialista entre mariachis, caminatas, intercambios de playeras y grupos de aficionados que convertían la última milla en una previa larga.

El Corea del Sur contra Chequia abrió la sede de Guadalajara, pero para Mario Pineda significó otra cosa: la oportunidad de representar a El Salvador y de conocer, por fin, el estadio de Chivas.


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Rodrigo Corona
RODRIGO CORONA

Reportero en Sports Illustrated México. Apasionado por contar historias del mundo deportivo.