REVISTA | Raúl Ramírez: El astro discreto de la ilusión

Lo que dura un beso en el espejo.
Ella escribió en Instagram el 11 de abril, fecha que acometió sus vidas como elfo entre matorrales:
“Te amamos, te admiramos, te respetamos. Tu valentía y actitud es ejemplar. A los que te rodeamos sólo nos queda aprender de ti. Fuiste un campeón mundial del tenis, el mejor de todos los tiempos de México. La vida te presentó un reto; el más grande en tu vida, y lo estás llevando de manera extraordinaria…”
Maritza Sayalero evocaba el enunciado de Albert Cohen. El amor, de veras, es un parpadeo, una pelota que vuela sobre la red; ida y vuelta. 15-15.
Ella era ella. A Raúl Ramírez —en efecto, el mejor tenista mexicano de la historia, quien hace medio siglo ganó su primer Gran Slam en el dobles de las canchas de Roland Garros— se le diagnosticó la Enfermedad de Parkinson en 2014, cuando llevaban treinta y cuatro años casados. Se conocieron cuando el mundo los observaba como a dos aves entre nubes. Maritza había ganado el certamen de Miss Universo en Perth, Australia, en julio de 1979, y Raúl compartía repertorio con el gran cartel del tenis mundial en el que concurrían notables como Jimmy Connors, Illie Nastase, Arthur Ashe, Bjorn Borg, Manuel Orantes y Guillermo Vilas. Era noviembre. El 13 de noviembre de 1979, para ser rigurosos.
Después de aquel encuentro de espejos (esas manías de los taciturnos y solitarios, dice Cohen) en casa de los Ramírez, Maritza invitó a Raúl a que la acompañara a Miami para pasar Noche Vieja en casa del cantante Julio Iglesias, quien se había instalado en Florida un año antes. La voz de Julio se escuchaba en toda Iberoamérica interpretando uno de sus más grandes éxitos: Me olvidé de vivir. Durante aquellas campanadas que anunciaban la nueva década, el magnífico jugador de las series Copa Davis para México dibujó una promesa en el aire. Sirvió y subió a la red arriesgando el corazón ante un posible revés desde el fondo de la insondable pista. Propuso matrimonio a la joven nacida en Caracas el 16 de febrero de 1961. La madre de Maritza, Gloria Fernández, conocía muy de cerca la vida cultural de México; era prima de Sara Montiel, la afamada actriz española que había compartido reparto con Pedro Infante en la emblemática cinta Necesito dinero, de Miguel Zacarías de 1952.
Sayarelo, quien había estudiado arquitectura en la Universidad Central de Venezuela, dio el sí como quien da un tiro de pase para ganar el punto, sin tener idea de cuánto duraría el lance de la siguiente ronda. Raúl llegó a Londres dos días después para jugar el mundial de dobles, que ganó con su inseparable compañero David Gottfried, con quien levantó el trofeo del Abierto de Francia cuatro años antes. Parecía imposible que las agendas de las grandes celebridades latinas pudieran ajustarse a la vida matrimonial, más inclinado al breviario que al desasosiego.
Maritza y Raúl llegaron —en dobles mixtos; iguales sin igual— al altar el 6 de diciembre de 1980, en Ensenada, la antigua capital de Baja California, que fue decretada como entidad de los Estados Unidos Mexicanos en 1952, un año antes de que naciera allí (20 de junio, de 1953) Raúl Ramírez Lozano, a quien la prensa estadunidense solía llamar con cortedad BC.
El amor y los romances blancos, como el atuendo de los tenistas, suelen ser forasteros en las páginas deportivas de los diarios y revistas, alimentados con asiduidad por los simplones sucesos de la dialéctica victoria sobre derrota; fracaso debajo éxito. Aun así, el deporte más caballeroso y más caballeresco suele producir arrebatos de pestañas en los que se aplauden los aciertos, y nunca los errores no forzados.
Cuando a Raúl le transmitieron el parte médico en el que se corroboraba que padecía la Enfermedad del Parkinson, Maritza reforzó el acompañamiento como si la dupla enfrentará un rompimiento de saque en el tercer juego del quinto set. Raúl, el gran experto en la arcilla, comenzó a jugar en una superficie desconocida; ardua y pesarosa para la cual la ciencia aún no tiene remedio ni salvación. Pancho Contreras, la gran raqueta mexicana del medio siglo, llamaba al 5-4 con el saque a favor “el juego del hombre”. Ramírez —para quien todo presente es continuo recuerdo de escapes entre voleas— volvió a aprender de aquellos duelos trascendentales en los que —como en las crisis médicas de los griegos— un remate o tiro en la red significaba recuperar el 40 iguales, o perder el juego al borde de la línea blanca del callejón derecho. El juego del hombre, cierto.
Todos, en todo momento, se juegan el match point de la existencia sin saber de los desplantes del tornadizo destino; hoy o mañana pueden saltar por última vez a la pista, un quiebre puede —en cualquier arrebato— arruinar la colocación de las zancadas. Raúl comenzó a pelotear con una noticia que hacía más nítido al enigmático rival; el más combativo e indócil, si se quiere. Como la vida, el tenis comienza con un saque; el remate postrero deshabita el tiempo. Aunque lo determinan los sextantes del reloj, el final no se conjetura en horas, minutos ni en segundos. En la pista, un punto puede durar un guiño o la eternidad. La fatalidad o la ventura son ases y reveses del azar. Un requisito de nobleza: se debe aventajar dos veces al contendiente, interno o externo. En la vida de los héroes, los dones encubren desconsuelos. 40-15.
Maritza repetía el tiro de pase, como mantra en entrenamiento: “La vida te presentó un reto; el más grande en tu vida, y lo estás llevando de manera extraordinaria…” Raúl debía recordar, recordar. A ella, su nombre escrito en el aire en aquel Año Nuevo; a él, el más grande mexicano de todos los tiempos. El astro discreto de la imaginación.
BC tenía 16 años cuando Rafael Osuna murió en un accidente aéreo en Pico de Fraile, cerca de Monterrey, en 1969. El Pelón, como llamaba la euforia mexicana al ídolo de la Copa Davis del 62 —en la que México perdió la final ante la Australia de Red Laver, Roy Emerson y Neale Fraser—, había sido la gran iluminación para el niño de Ensenada que quería caminar en medio de la cancha central del mundo.
Osuna, además, había ganado —cuando Raúl tenía diez años— el Nacional de Estados Unidos, antes de que fuera abierto a los profesionales en 1968. Otro referente de BC fue Antonio Potrillo Palafox, quien con Rafael había ganado el dobles de Estados Unidos (en el West Side Tennis Club de Queens) en 1962 y el de Wimbledon en 63. Osuna y Palafox fueron los primeros grandes tenistas mexicanos que compitieron con la Gran Reserva de las canchas que transitaban por el momento axial entre la madera del amateurismo y el titanio del juego de paga. Además de Laver y Emerson: Manolo Santana, Bobby Wilson, John Newcombe y Tony Roche.
Maritza estudiaba la primaria en Caracas cuando Raúl decidió —como Rafael Osuna— alistarse para estudiar en la Universidad del Sur de California, en la que se ganaría un lugar en el All American, gracias a sus distinciones: brío y tenacidad. Además, como los grandes jugadores de tenis, poseía —según sus entrenadores— un temperamento ponderado. Aristotélico involuntario, intuía que la virtud es un punto medio entre la temeridad y la turbación. El deporte blanco es más anímico y espiritual de lo que muchos se imaginan; logra parecerse al billar o al ajedrez. Raúl era diestro en el arbitrio de las emociones; Marco Aurelio en pantalones cortos.
Así, en su primera temporada como profesional, en 1973, logró apuntarse victorias con valor curricular sobre algunos miembros del Top Ten, entre ellos Borg, Ashe y Connors, ganador de Wimbledon en ese año. El mexicano poseía otro atributo difícil de encontrar dentro y fuera de las pistas: sabía, como los estoicos, que en el debate entre causa y efecto se encontraba la razón, la cuerda de la templanza. El espejo es una raqueta a cuatro manos. Raúl sacaría provecho de esa gracia para detonar el talento propio y el de su compañero en la asignatura de parejas, en la que se convertiría en la gran alegoría de los años 70. El tenis es un vals; el matrimonio un partido de larga duración. En ambos sería arquetipo.
Brian Gottfried nació año y medio antes que Raúl, en Baltimore. Llamó la atención de la Universidad de Trinity por su resistencia y fino tiro cruzado. En ese 73 fue calificado como Novato del Año por la revista Tennis, que entonces marcaba el compás de la opinión en clubes y torneos. Como BC, sabía ejecutar las máscaras de los duelos sencillos y compuestos. En 1974, la Asociación de Tenistas Profesionales otorgaría el premio a la mejor pareja del circuito al bimembre Ramírez-Gottfried que en abril de 1976 comenzaría una larga racha de 61 semanas como número uno del mundo.
Raúl debía recordar aquellos años: “Tu valentía y actitud es ejemplar. A los que te rodeamos sólo nos queda aprender de ti. Fuiste un campeón mundial en el tenis, el mejor de todos los tiempos de México…”
BC llegó al Másters de Roma de 1975 como número seis en la siembra; atrás de Borg, Vilas, Nastase, Orantes y Harold Solomon. Gottfried fue octavo en la lista. En los cuartos de final venció al sueco Borg (6-4 y 6-3), quien terminaría el año como número tres del mundo. En las semifinales a Nastase (6-2 y 5-2) y en la final al segundo lugar de la ATP, Manuel Orantes (7-6, 7-5 y 7-5). Fue el primer gran título individual en la carrera de Raúl, quien un año después perdería en una de las semifinales de Wimbledon ante el rumano Nastase. Desde aquel día, ningún mexicano ha logrado clasificarse a la antesala de una final de Gran Slam. En la semana del 7 noviembre de 1976, BC fue colocado como el cuarto mejor tenista profesional; la mejor plaza de su itinerario. Desde entonces ningún mexicano ha logrado colocarse en el Top Five de la ATP. En noviembre de 1992, Luis Enrique Herrera fue el último mexicano en involucrarse entre los mejores 50 del circuito.
Al margen del boxeo, que siempre ha tenido campeones mundiales, con sus vidas solitarias y corazones rotos, Raúl Ramírez fue el gran signo del deporte mexicano de los setenta; más distinguido aún que su admirado Pelón Osuna. Y, como él, un Cid en el fragor de la batalla de raquetas como espadas.
Hay algo de trovadoresco, de medieval, en el juego de tenis, en cuyo nombre se entreveran el francés y el inglés. Reglamentado en 1874 en Inglaterra, tennis deriva del tenez de Francia, que puede traducirse como “tienes”, la palabra que gritaba el servidor a la hora de sacar. Ahí, tienes. Aviso patricio de que el juego comienza. Un tenista es, antes que todo, un leal debatiente de igualdades en el que, a veces, se dirimen los colores nacionales.
Raúl Ramírez fue anunciado por el capitán Yves Lamaitre para jugar dos partidos de singles y el dobles en la serie Copa Davis ante Estados Unidos en diciembre de 1975. Rafael Osuna había muerto seis años antes. Entre las personas con las que se debía reunir en Monterrey en aquel día del fatídico accidente de Pico de Fraile del 69, estaba justamente Lamaitre, un empecinado jugador y fumador compulsivo de origen francés quien había promovido como pocos el desarrollo del tenis en México.
En su primer partido Ramírez se enfrentó a su gran compañero en el dobles con el que había ganado el Abierto de Francia venciendo (6-3 y 6-2) a la pareja del soviético —de origen gregoriano— Alexnadr Metreveli y el rumano Nastase. En el estadio Rafael Osuna del Centro Deportivo Chapultepec Raúl ganó el primer punto para México con una victoria 6-1, 6-4 y 6-2 contra Gottfried. Marcelo Lara había perdido el primer partido ante Jimmy Connors. Al día siguiente, en el duelo de equipos, la pareja mexicana venció a la estadunidense (Dick Stockton y Erik van Dillen) en cuatro sets (6-4, 8-6, 3-6 y 6-3).
El 21 de diciembre de 1975 —cinco años antes de su boda con Maritza— BC caligrafió uno de los máximos galardones de su larga semblanza sobre las pistas. Venció en cuatro sets —después de perder el primero— a Jimbo, quien desde el 29 de julio de 1974 se mantenía como número uno de la ATP. La victoria mexicana sobre Estados Unidos en los cuartos de final de aquella Serie Copa Davis perdura como una de las más emotivas de la historia. Connors —quien de niño había se entrenado con el mexico-estadunidense Pancho Gonzales— extendería su reinado de semanas consecutivas en el top hasta 160; terminaría el 22 de agosto de 1977. El suizo Roger Federer rompería el récord entre el 2 de febrero de 2004 y el 17 de agosto de 2008: 237 sucesivas. La Ciudad de México, huérfana de romance, vivió en aquella tarde un idilio a las faldas de Chapultepec. Medio año después BC ganó el dobles de Wimbledon con Gottfried como compañero de firma: Lennon con McCartney.
Raúl debía recordar que en 1984 anunció su retiro del tenis. Que ganó 19 títulos de la ATP en singles y 60 en dobles y que en 1976 el Gran Prix Tennis Circuit lo catalogó como en número uno en las dos ramas. Ahora, justo ahora debía recodarlo todo. Poco a poco, imagen tras imagen. Y, también, a los hijos: Rebeca, Raúl y Daniel Francisco. Maritza y él, BC, han escrito una historia maravillosa a dos manos y con la misma raqueta, manos llenas de gratitud y gracia en un mundo raro, excepcional entre las páginas deportivas de los diarios y revistas. Ella, Maritza, quien sigue siendo paraje y pareja: “Te amamos, te admiramos, te respetamos”.
Mientras preserva el espejo, perdura el beso.
Posdata:
En 1997 la Organización Mundial de la Salud estableció el 11 de abril como día para crear conciencia sobre la Enfermedad de Parkinson. La fecha es un homenaje al nacimiento (1755) del británico James Parkinson, quien llamó a este detrimento “parálisis agitante”. También aquí se mezclan lo anglo y lo franco. Fue el médico francés Jean Martin Charcot quien fijó el término médico como Enfermedad de Parkinson en honor a su descubridor. Actualmente, se estima que 10 millones de seres humanos lo padecen. Serán 20 millones en 2050. Muhammad Ali sigue siendo el caso más llamativo de los afectados por el deterioro neurodegenerativo en el ambiente deportivo internacional.
