Roland Garros: La redención de Alexander Zverev llegó, finalmente, en la tierra batida de París

Zverev, el jugador de los mil reveses perfectos, el eterno candidato que parecía condenado a habitar la antesala de la gloria, consiguió su primer Grand Slam en el mítico polvo de ladrillo francés.
El beso de la gloria: El tenista alemán Alexander Zverev deposita un emotivo beso sobre la Copa de los Mosqueteros tras proclamarse campeón de Roland Garros
El beso de la gloria: El tenista alemán Alexander Zverev deposita un emotivo beso sobre la Copa de los Mosqueteros tras proclamarse campeón de Roland Garros / Getty Images

El polvo de ladrillo de la Philippe Chatrier suele retener el calor de las batallas más épicas y largas del tenis. Y sobre esa misma arcilla roja, a los 29 años, se derrumbó de espaldas cerrando los ojos para asimilar un estallido de júbilo y alivio, largamente aplazado. 

Acababa de derrotar al italiano Flavio Cobolli en una final de cinco sets que rozó las cuatro horas y dieciséis minutos. El triunfo por 6-1, 4-6, 6-4, 6-7 y 6-1 le otorgó su primera Copa de los Mosqueteros y quebrantó, finalmente, el maleficio que le había impedido ganar una de las grandes citas del circuito.

Zverev, el jugador de los mil reveses perfectos, el eterno candidato que parecía condenado a habitar la antesala de la gloria, conseguía su primer Grand Slam en su partido ganado número 125 en torneos major, un récord absoluto de paciencia en la Era Abierta.

Para el tenis alemán, el triunfo de Zverev rompió un silencio de décadas. Desde que Boris Becker alcanzó por última vez la gloria en el Abierto de Australia de 1996 venciendo a Michael Chang , ningún tenista masculino de su país había alzado un trofeo de individuales en un Grand Slam

En París, la brecha temporal era aún más profunda, remontándose a la lejana consagración de Heinrich "Henner" Henkel en 1937. Henkel, el Príncipe de la Sombra que jugó siempre bajo la influencia de Gottfried von Cramm, encontró su trágico destino en las trincheras de la Segunda Guerra Mundial, perdiendo la vida tras ser herido en combate en 1943. 

Sesenta y nueve años después, Zverev devolvió el nombre de Alemania a la Copa de los Mosqueteros y cerró un círculo que comenzó mucho antes de que él empuñara su primera raqueta.

Nacido en Hamburgo en 1997, sus primeros pasos transcurrieron en un hogar impregnado de la disciplina deportiva de la extinta Unión Soviética. Sus padres, Irina Zvereva y Alexander Zverev Sr, habían sido figuras destacadas del circuito soviético, limitados por un régimen que restringía severamente las salidas internacionales. 

Con el colapso del bloque oriental en 1991, la pareja decidió emigrar a Alemania para ejercer como entrenadores de tenis en Hamburgo. Allí creció Alexander, observando a su hermano mayor, Mischa, recorrer el tortuoso camino del circuito profesional.

Su madre, Irina, asumió los primeros años de formación con un estilo relajado y meticuloso, puliendo pacientemente la biomecánica de un golpe que se convertiría en su firma: un impecable revés a dos manos, considerado uno de los más seguros y estables del mundo. Su padre, en cambio, aportó la severidad física del método soviético

En medio de este rigor, su hermano Mischa fue un pilar indispensable. La aparente rivalidad fraternal se disolvió en un apoyo mutuo inquebrantable; cuando Mischa estuvo a punto de retirarse en 2015 debido a una grave lesión de muñeca, Sascha lo impulsó a seguir entrenando y compitieron juntos en dobles, ganando títulos en Montpellier y Acapulco

Sin embargo, el obstáculo más implacable que debió enfrentar Zverev fue uno que encontraba en su propio torrente sanguíneo. 

Diagnosticado con diabetes tipo 1 a los cuatro años de edad, el joven Alexander escuchó a múltiples médicos dictaminar que el deporte de alta competencia era una fantasía biológicamente inaccesible para él. 

La diabetes tipo 1 exige una precisión milimétrica: un cálculo exacto de carbohidratos, una vigilancia constante de la glucosa y la administración continua de insulina. En un partido al mejor de cinco sets, donde el cuerpo humano se somete a deshidratación extrema y estrés fisiológico, los niveles de azúcar fluctúan con violencia. 

Una caída drástica anula la respuesta motora y los reflejos; un pico elevado acelera la fatiga y nubla la lucidez táctica.

Durante años, Zverev gestionó esta condición en un estricto secreto. Temía que revelar su vulnerabilidad metabólica diera una ventaja psicológica a sus oponentes. No fue hasta agosto de 2022 cuando decidió hacer pública su condición y lanzar la Alexander Zverev Foundation, destinada a proveer insulina a niños en países en desarrollo. 

Su lucha no estuvo exenta de fricciones institucionales. En la edición de Roland Garros de 2023, la organización le prohibió inyectarse insulina dentro de la pista porque "se veía extraño" para el público y las cámaras de televisión. 

Zverev catalogó la medida como inhumana, recordando que en encuentros de larga duración requería administrarse dosis hasta en cuatro o cinco ocasiones, superando los dos descansos reglamentarios para ir al baño. El mito del jugador frágil mentalmente ignoraba que, a menudo, sus bajones físicos eran el resultado de una crisis metabólica invisible que debía resolver discretamente con un monitor y una pluma de insulina durante un cambio de lado.

La carrera de Zverev pareció quebrarse de manera definitiva el 3 de junio de 2022. Durante una semifinal legendaria contra Rafael Nadal en Roland Garros, Sascha resbaló sobre la arcilla de la Philippe Chatrier y sufrió una aparatosa caída que congeló los corazones de los espectadores. 

El diagnóstico fue el acabose, una rotura completa de los tres ligamentos laterales de su tobillo derecho. Se sometió a cirugía, estuvo postrado en una cama durante meses y su retorno al circuito en 2023 se vio empañado por la pérdida de la confianza y un posterior edema óseo que le costó el resto de la temporada.

El laberinto de Zverev también se extendió fuera de las líneas blancas de la pista, con las acusaciones de violencia de género interpuestas por dos de sus exparejas. Tras quince meses de investigación en torno a los señalamientos de Olga Sharypova en 2020, la ATP cerró el caso al no encontrar pruebas materiales suficientes para sancionar al jugador. 

Posteriormente, Brenda Patea, madre de su hija, lo acusó de agresión física en un apartamento de Berlín en 2020. El proceso derivó en una orden penal en 2023 y un posterior juicio en la capital alemana en mayo de 2024, que coincidió con la participación de Zverev en Roland Garros. 

Horas antes de disputar las semifinales en París frente a Casper Ruud, el tribunal de Berlín anunció la suspensión definitiva del proceso tras alcanzarse un acuerdo extrajudicial de conciliación por valor de 200,000 euros

La defensa de Patea aclaró que el pacto se buscó para salvaguardar el bienestar y la intimidad de la hija común. Aquel arreglo, según subrayaron tanto los jueces como el equipo legal de Zverev, no supuso ninguna admisión de culpabilidad ni declaración de responsabilidad. Sin embargo, la sombra de estos litigios acompañó ininterrumpidamente cada victoria y cada derrota del tenista germano.

La edición de Roland Garros 2026 presentaba entonces un cuadro inusualmente despejado. 

Carlos Alcaraz, aquejado de una lesión de muñeca, no pudo defender su corona; Jannik Sinner fue sorprendido en la primera semana bajo una ola de calor asfixiante, y Novak Djokovic se despidió de forma prematura. Zverev, el favorito indiscutible, avanzó con paso firme hasta la gran final.

Al otro lado de la red le esperaba la sorpresa del torneo, el joven Flavio Cobolli. Lo que prometía ser una coronación cómoda se transformó en un drama de cinco actos. 

Tras dominar el primer set con autoridad y ceder el segundo , Zverev pareció encarrilar el título en la tercera manga gracias a una asombrosa efectividad con su primer servicio. Pero en el cuarto set surgieron los viejos fantasmas. Los calambres musculares comenzaron a agarrotar sus piernas, obligándolo a consumir sales de rehidratación de emergencia

A pesar de liderar el tie-break por 3-1, una doble falta inoportuna devolvió la vida a Cobolli, quien forzó el parcial definitivo.

Al inicio del quinto set, la tensión era insoportable. Zverev comenzó su juego de saque con dos dobles faltas consecutivas, enfrentando de inmediato un 0-30 en contra. 

En ese momento crítico, donde en años pasados se habría desmoronado, el alemán conectó varios saques planos demoledores, retuvo el juego y quebró la resistencia mental de Cobolli, cerrando el encuentro con un contundente 6-1.

Cuando la Copa de los Mosqueteros fue entregada por el legendario Adriano Panatta , Alexander Zverev dejó de ser, por fin el mejor jugador de su era sin un Grand Slam.

En su discurso de agradecimiento, con una mezcla de ironía y emotividad, miró a su palco y agradeció a su padre y a su hermano por acompañarlo durante veintinueve años de derrotas, críticas y esfuerzos compartidos. "Hemos sido perdedores muchas veces —dijo Sascha ante el público parisino—, pero al final del día somos campeones de Grand Slam, y eso es lo único que cuenta". 

La redención de Alexander Zverev quedó finalmente escrita sobre el polvo rojo.


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Alejandra González Centeno
ALEJANDRA GONZÁLEZ CENTENO

Reportera y creadora de contenido en Sports Illustrated México.