Volver a creer: México envuelve al Tri con la esperanza de lo extraordinario

El Mundial conserva una capacidad difícil de explicar, pues incluso en medio de las dudas, vuelve a instalar la posibilidad de que algo extraordinario ocurra. Y México sabe mejor que nadie lo que significa jugar una Copa del Mundo en casa.
México vuelve a inaugurar un Mundial de anfitrión, como ha tenido sus mejores actuaciones.
México vuelve a inaugurar un Mundial de anfitrión, como ha tenido sus mejores actuaciones. / Getty Images

El ánimo está en un lugar extraño. México vuelve a ser sede de un Mundial, y como ocurrió en 1970 y 1986, el futbol vuelve a ser el centro de la conversación.

Las imágenes de esas Copas del Mundo forman parte del imaginario colectivo: el Estadio Azteca como escenario de dos finales históricas, Pelé y Maradona con el trofeo en alto, las calles tomadas por aficionados y una Selección Nacional que, justamente en casa, consiguió las actuaciones más memorables de su historia.

Pero es innegable que esta vez el torneo más importante de la FIFA y uno de los más grandes a nivel global, vuelve a México con una mezcla de emociones.

El entusiasmo por recibir otra Copa del Mundo convive con un desencanto hacia el Tricolor. No se trata solamente de los resultados recientes o de la eliminación en fase de grupos de Qatar 2022, sino de una desconexión más amplia entre el equipo y buena parte de la afición.

Aun así, el Mundial conserva una capacidad difícil de explicar. Incluso en medio de las dudas, vuelve a instalar la posibilidad de que algo extraordinario ocurra. Y México sabe mejor que nadie lo que significa jugar una Copa del Mundo en casa porque será el primero en ser anfitrión por tercera vez.

Pese a todo, este equipo sigue siendo un gigantesco depósito de expectativas, aunque el ambiente alrededor del Tri atravesó incluso momentos incómodos durante los meses previos al Mundial.

Lejos se ha sentido el ambiente de aquella algarabía de 1970, cuando los Mundiales eran de 16 y no de 48 equipos, una época de alegría social porque México se convertía en un país que estrenaba el Estadio Azteca.

Todo era novedad: fue el primer balón de adidas para un Mundial, también apareció el primer Panini, las tarjetas amarillas y, sobre todo, fue el estreno del equipo mexicano en algo más que una eliminación temprana de un Mundial tras varias fallidas primeras rondas en las ediciones previas.

Después de una primera fase perfecta en ese 1970, gracias a un empate contra la Unión Soviética y triunfos ante El Salvador y Bélgica, todos en el Azteca que apenas tenía cuatro años de vida, México se enfrentó a la fortuna.

Y como suele suceder, esta pocas veces juega a favor en los Mundiales. Debido a que el equipo ruso y México habían terminado empatados en puntos y diferencia de goles la Fase de Grupos, un volado resolvió que el equipo nacional sería segundo lugar y la U.R.S.S. el primero.

Eso impidió que el equipo dirigido por Raúl Cárdenas enfrentara a Uruguay en el Estadio Azteca. Lo que tocó fue ir a Toluca y jugar contra Italia, que terminaría el torneo como subcampeón.

La leyenda dice que los directivos mexicanos decidieron sacar a la Selección Mexicana del Azteca para que la altitud de la capital del Estado de México hiciera estragos en los italianos. Pero ni una ni otra. Como la ilusión y la desilusión suelen llegar casi una inmediatamente después de la otra, aquella vez el equipo local comenzó ganando, para luego desfondarse y perder 4-1.

Como reflejo de lo que vendría, México no clasificó a dos de los tres siguientes Mundiales. Ni a Alemania 74 ni a España 82, y al que sí, a Argentina 78, no lo hubiera hecho, pues fue el peor equipo del Mundial y también significó su peor actuación, con cero puntos y -10 goles.

¿Pero qué remedio sino otro Mundial en casa? 

México 86 fue una fiesta pletórica casi con tintes de hazaña. El terremoto en nuestro entonces Distrito Federal de un año antes volvía urgente el reencuentro con la alegría. Y así sucedió desde la entrañable canción del “equipo Tricolor” que tenía mucho corazón, o con el simpático Pique ondeando banderas, cuando el mundo era más sencillo y un chile jalapeño con bigote y sombrero podía ser la mascota de un Mundial.

El liderato en la Fase de Grupos, el golazo de Manuel Negrete, tan estético como arrebatado fue el jalón de pelo que Javier Aguirre le endilgó como eufórico festejo para vencer a Bulgaria y avanzar ¡al quinto partido!, llegaron como dosis inéditas de felicidad. Esa edición tenía ya 24 equipos y por ello hubo Octavos de Final, a diferencia de México 70, de manera que los Cuartos eran una hazaña histórica.

Tan sorpresivo fue el éxtasis, que en ello estuvo la perdición. Debido a que el cálculo de los directivos mexicanos del Comité Organizador era que el anfitrión avanzaría en segundo lugar del Grupo B, el liderato representaba ir a Monterrey.

Así que como pasó en 1970, la Selección salió del Azteca y peor aún, contra Alemania. El Estadio Universitario se volcó en apoyo al Tricolor y el 0-0 del tiempo regular y los tiempos extra parecía tan digno como injusto, por un gol anulado al Abuelo Cruz al 85’ de manera muy rigurosa. Luego los malditos penales y la eliminación del equipo que estuvo, como muchas veces, a nada de dar el estirón hacia la verdadera gloria.

Como si eso marcara el inicio de otra racha desafortunada, México no pudo refrendar ese gran Mundial en el siguiente, en Italia 90, porque fue sancionado por la FIFA por el bochornoso caso de los “cachirules”, cuando directivos mexicanos alteraron actas de nacimiento de cuatro futbolistas y pretendieron engañar a la Concacaf en el camino hacia la Copa del Mundo Sub 20 de 1989.

Luego siguió una nueva eliminación en penales en Estados Unidos 94 contra Bulgaria en Octavos de Final, y también el adiós en Octavos de Francia 98, con el gol alemán a cuatro minutos del final.

A eso siguió el adiós en Octavos de Corea-Japón 2002, de manera humillante porque el rival era Estados Unidos, mientras que al siguiente Mundial, con Ricardo La Volpe en la banca, todo terminó con eliminación en la misma instancia de Octavos, contra Argentina, por el cruel golazo de Maxi Rodríguez en tiempos extra.

Pero cuando parecían no haber formas nuevas de la amargura, Sudáfrica 2010 llegó como el momento en el que Argentina se convirtió en el verdugo más odiado y recurrente, en la segunda parte del Vasco Aguirre como entrenador nacional.

Hasta que llegó la generación dorada de Brasil 2014, aquella que había ganado el Mundial Sub 17 de Perú 2005 y el oro en Londres 2012… para llegar a un Mundial y también perder en Octavos de Final, cuando México ganaba 1-0 al ‘88 ante Países Bajos, pero sufrió la remontada neerlandesa durante los 6 minutos finales a partir del célebre clavado de Arjen Robben que derivó en el todavía célebre “#noerapenal”.

Rusia 2018 fue la Copa del portentoso triunfo inicial contra Alemania, cuando Juan Carlos Osorio le dedicó tanto tiempo, inteligencia y energía a preparar la estrategia, que para los siguientes partidos pareció quedarse sin ideas, las mismas que faltaron durante Qatar 2022, el Mundial del acabose, el primero desde Argentina 78 en ser eliminado desde la Fase de Grupos.

Pero como no hay ser más noble que el fanático del deporte, este jueves vuelve la emoción pese al escepticismo, pese a incomodidad y enojo por las obras públicas, o a la exclusión de buena parte de la población para ir a los estadios por los exorbitantes precios de los boletos.

Porque al Mundial, pero sobre todo a la Selección Mexicana, se lo podrá ver con desencanto pero nunca se le retirará el beneficio de la duda.

México ya sabe lo que significa rozar la gloria futbolística sin alcanzarla por completo. Lo vivió en 1970. Lo repitió en 1986. Y ahora intentará reencontrarse con esa memoria en un contexto completamente distinto, más escéptico y exigente.

Pero el Mundial sigue siendo el Mundial y cuando finalmente ruede la pelota, buena parte del país volverá a mirar hacia la cancha con la sospecha íntima, por más irracional que parezca, de que todavía puede ocurrir algo extraordinario.


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