Cómo descubrieron al mexicano que robó el Jersey de Tom Brady en el Super Bowl LI

El 5 de febrero de 2017, un mexicano robó el jersey con el que Tom Brady ganó el Super Bowl LI. En este gran Archivo de Sports Illustrated recordamos cómo fue recuperado.
Tom Brady, en el Super Bowl LI, luciendo el jersey que después le sería robado por el mexicano Mauricio Ortega.
Tom Brady, en el Super Bowl LI, luciendo el jersey que después le sería robado por el mexicano Mauricio Ortega. / Tom Pennington/Getty Images

Sports Illustrated México ofrece este archivo de la revista titulado THE GREAT SUPER BOWL JERSEY CAPER, de Robert Klemko y Jenny Vrentas, publicado originalmente el 17 de abril de 2017.

HACE DOS MESES EN HOUSTON, EL JERSEY DE TOM BRADY FUE ROBADO DEL VESTIDOR DE LOS PATRIOTS TRAS EL PARTIDO. LA INVESTIGACIÓN RECORRIÓ MILES DE KILÓMETROS, INVOLUCRÓ A DOS NACIONES Y SE DESARROLLÓ EN EL MARCO DE UNA TENSIÓN GEOPOLÍTICA DE ALTO VOLTAJE. Y EL RESPONSABLE PODRÍA NO PASAR NI UNA NOCHE EN LA CÁRCEL.

CIUDAD DE MÉXICO — El golpe en la puerta llegó a las 5:40 a.m.: hombres con uniformes grises y chalecos antibalas interrumpieron el silencio del fraccionamiento cerrado en las colinas ondulantes al noroeste del centro de la ciudad.

Los guardias armados del vecindario habían levantado las rejas para el director de Interpol México y miembros de la policía federal, acostumbrados a derribar puertas de casas de seguridad del narcotráfico con violencia rápida y contundente. Esta vez, según describen los funcionarios mexicanos, tocaron con cortesía; adentro había un hombre al que no entendían del todo, pero que poseía algo muy valioso para personas muy importantes al norte del Río Grande.

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Martín Mauricio Ortega, director de mediana edad de un periódico sensacionalista mexicano, abrió la puerta vestido con pants negros y una camisa de franela azul de manga larga. Estaba confundido, sobresaltado, molesto. Pero, sobre todo, estaba en shock.

Como lo resume un investigador: “No creo que jamás haya pensado que la policía mexicana lo descubriría”.

La saga de los dos jerseys número 12 de Tom Brady llevó a los investigadores de Houston a Nueva Inglaterra y a la capital mexicana: cerca de 4,000 millas de interpretaciones legales difusas e intriga geopolítica. En cierto modo, fue un desenlace apropiado para una de las remontadas más emocionantes en la historia de la NFL: un hombre de modales suaves y audacia extraordinaria se aprovechó del caos a su alrededor y ejecutó un robo para la posteridad. Y estuvo a punto de salirse con la suya.

5 DE FEBRERO

Poco después de liderar a los New England Patriots sobre los Atlanta Falcons en el Super Bowl LI, en la mayor remontada en la historia del juego, Tom Brady se da cuenta de que su jersey ha desaparecido.

Momento en el que Tom Brady buscaba su jersey en su bolso de piel negra.
Momento en el que Tom Brady buscaba su jersey en su bolso de piel negra. / Kevin C. Cox/Getty Images

De todas las emociones que el quarterback de los Patriots podría sentir tras su quinto campeonato de Super Bowl, la agitación no parecía la más probable. Pero poco después de las 10 p.m. (hora del centro), de pie en el vestidor de visitantes del NRG Stadium, Brady estaba más desconcertado que en cualquier otro momento de la noche.

“¿Alguien lo vio?”, gritó, como quedó registrado en un video de Yahoo Sports, segundos antes de tomar su licuado de recuperación.

Tom Brady, contrariado al no encontrar su jersey.
Tom Brady, contrariado al no encontrar su jersey. / Kevin C. Cox/Getty Images

En la multitud sobre el campo tras la victoria de New England, el quarterback se quitó la camiseta y las hombreras y se las entregó a un empleado del equipo, quien de inmediato las llevó al locker de Brady. Treinta minutos después, Brady viajó de copiloto en un carrito de golf desde su conferencia de prensa hasta la entrada principal de los estrechos vestidores de visitantes.

El vestidor seguía cerrado para cualquiera que no fueran los Patriots y el personal de la NFL —o eso creían—. Brady tomó el jersey, lo dobló con cuidado y lo colocó en su bolsa de viaje de piel negra, luego se dirigió a un lavabo en el baño contiguo para limpiarse el sudor y el delineador negro de los ojos. Cuando regresó a su espacio, el jersey había desaparecido.

“B, ¿alguien tomó mi jersey?”, le preguntó Brady al asistente de utilería de los Patriots, Brenden Murphy. “Lo puse en mi bolsa. Absolutamente, 100%, lo puse en mi bolsa”.

Tom Brady, incrédulo al no encontrar su jersey.
Tom Brady, incrédulo al no encontrar su jersey. / Kevin C. Cox/Getty Images

Con las cámaras ya grabando dentro del vestidor, fue una pregunta que resonó en todo el mundo. Al día siguiente, durante su habitual aparición radiofónica de los lunes por la mañana en la estación de Boston WEEI, Brady reveló con naturalidad que su jersey del Super Bowl XLIX también había desaparecido dos años antes.

Ese lunes, los responsables de seguridad de la NFL comenzaron a entrevistar al personal que había trabajado en y alrededor del vestidor cerca del momento del presunto robo, antes de que los elementos de seguridad y los posibles sospechosos abandonaran Houston. A las 2 p.m. del lunes, el Departamento de Policía de Houston levantó un reporte de un denunciante: Brady, Tom, 1.93 m de estatura, 102 kilos de peso y 39 años de edad, por el robo de una Camisa/Blusa/Camiseta valuada en 500,000 dólares.

Era, con facilidad, la prenda empapada de sudor más famosa en la historia de la NFL, sustraída en un evento clasificado como SEAR Nivel 1 (Special Events Assessment Rating), la categoría del Departamento de Seguridad Nacional para acontecimientos de importancia nacional o internacional significativa. Hoy en día, por supuesto, este tipo de eventos queda ampliamente documentado. Fox, la cadena que transmitió el partido, tenía tres cámaras rodeando el vestidor de los Patriots: una en cada una de las dos entradas y otra justo dentro de la puerta.

También había otra cámara grabando, en un lugar y momento en que ninguna otra tenía permitido hacerlo. El equipo interno de video de los Patriots había estado registrando los momentos inmediatos tras los partidos en el vestidor durante toda la temporada, antes de que se permitiera el acceso a los medios externos. La noche del Super Bowl LI, según un investigador que vio la cinta, el lente recorrió el vestidor y enfocó al MVP cuando se alejó de su espacio, y luego volvió al locker de Brady, en el lado derecho cerca de la puerta, donde, en palabras de una fuente de las fuerzas del orden, “alguien estaba parado junto al frasco de las galletas”.

13 DE FEBRERO 

Ocho días después del Super Bowl LI, seis investigadores se reúnen en una sala de conferencias del Gillette Stadium para revisar las imágenes del vestidor tomadas en Houston. Durante la reunión, el teléfono de uno de los agentes vibra con una pista.

La semana posterior al Super Bowl había sido típica en Nueva Inglaterra: un desfile con papel picado por Boylston Street, Rob Gronkowski destapando una cerveza desde un duck boat y una tormenta de nieve cayendo sobre la región.

Una tormenta invernal que llegaría el domingo 12 de febrero amenazaba una reunión importante programada para la mañana del lunes en Gillette. Se había emitido una alerta meteorológica por un paquete crítico de FedEx enviado desde Los Ángeles a Foxborough. El contenido: una memoria USB con más de un terabyte de material en bruto grabado por Fox la noche del Super Bowl LI.

El paquete de FedEx logró llegar, pero los funcionarios del Departamento de Policía de Houston no tuvieron la misma suerte. Su traslado a la reunión se retrasó por la tormenta y no arribaron sino hasta el Día de San Valentín. Para entonces, el caso ya se había desplazado más allá de las fronteras de Estados Unidos y había salido del control de la policía de Houston.

Los seis funcionarios, actuales y retirados de las fuerzas del orden —dos de seguridad de la NFL, dos de seguridad de los Patriots y dos de la oficina del FBI en Boston— se reunieron en la sala de conferencias a las 10 a.m. para algo verdaderamente inusual en Foxborough: una sesión de video a la que Bill Belichick no fue invitado.

Antes del mediodía, y más rápido de lo que cualquiera anticipaba, el grupo identificó al culpable: la única persona que había estado en el vestidor antes de que se abrieran las puertas y que no era conocida por el personal de los Patriots. Las imágenes de Fox —que la cadena publicaría después como parte del reportaje original del periodista Jay Glazer sobre el robo— captaron al sospechoso antes y después del delito. A las 9:51 p.m. se toma una selfie con el capitán de equipos especiales de los Patriots, Matthew Slater, en el medio campo. A las 10:04 p.m. sigue al grupo de Bill Belichick rumbo al vestidor, colándose justo detrás del entrenador y su novia. A las 10:08 p.m., con la boca llena de agua embotellada, mira directamente a una cámara de seguridad del vestidor. A las 10:11 p.m. merodea recargado contra una pared, esperando. A las 10:18 p.m. sale por la misma puerta del vestidor por la que entró, ahora sosteniendo un objeto bajo el brazo izquierdo.

Las cámaras internas de los Patriots cerraron el círculo sobre el hueco de siete minutos en el material de Fox. El ladrón nunca fue captado con la mano en el frasco de las galletas, pero —según un investigador que vio las imágenes— el video mostraba al hombre del clip de Glazer parado justo al lado de la bolsa negra en el locker de Brady.

El responsable parecía tener un modus operandi bien ensayado, perfeccionado a lo largo de una década asistiendo a Super Bowls con una credencial de medios colgada del cuello. Nunca pasaba la semana del Super Bowl en los hoteles de la prensa; prefería alojarse cerca para no ser identificado como parte de los medios. Su atuendo para el partido era un traje oscuro, para mezclarse con personal de relaciones públicas y otros funcionarios, con una corbata larga que caía sobre su gafete y ocultaba el nivel de acceso indicado por su color. En cuanto a cómo ingresó temprano al vestidor, un investigador sospechaba que “mediante ingeniería social o experiencia previa, [descubrió] que resultaba convincente caminar detrás del coach”.

Primero, los investigadores solo tenían un rostro. Luego necesitaban un nombre. En la sala de conferencias de Gillette buscaron en la base de datos de 20,000 personas acreditadas para el Super Bowl —no solo medios, sino también proveedores y personal de seguridad—. Los criterios: hombre, 40 años o más, blanco, posiblemente latino. Eso redujo la lista a unos 800 candidatos. Revisaron las fotos una por una, en orden alfabético, hasta llegar a la letra O. Se detuvieron en Martín Mauricio Ortega, director del tabloide capitalino La Prensa.

Listo, lo tenemos.

Lo que ocurrió después parece sacado de un episodio de Law & Order. Segundos después —literalmente— uno de los agentes del FBI en Boston recibió una foto en su teléfono. La fuente era un agente del FBI en Chicago, conocido entre coleccionistas como el sabueso principal de la investigación gubernamental sobre fraude en la industria multimillonaria de memorabilia deportiva. Había recibido una pista.

El informante era Dylan Wagner, de 19 años, nacido en Boston, fan de los Patriots de toda la vida y ahora residente en Seattle. En diciembre, Wagner vendió en eBay un jersey usado en juego de Deion Branch. Él y el comprador se enviaron por correo fotos de sus colecciones, como suele ocurrir entre coleccionistas, y Wagner quedó sorprendido cuando el hombre le mandó 27 imágenes de su nutrido acervo. En una de ellas, al frente y al centro, Wagner notó una pieza estelar: un jersey número 12 del Super Bowl XLIX, con manchas de pasto que coincidían con las de la camiseta que Brady había usado esa noche. “¿Cómo lo conseguiste?”, preguntó Wagner. El comprador respondió que era una larga historia y que luego se la contaría. Wagner insistió, queriendo saber si había obtenido la prenda de manera legal. El comprador nunca respondió.

El jersey no había sido reportado como robado en ese momento, así que Wagner no le dio mayor importancia —más allá de compartir la foto con varios amigos coleccionistas, uno de los cuales trabaja para la Oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos (ATF) en Boston—. Al día siguiente del Super Bowl LI, cuando el mundo se enteró de que a Brady ahora le faltaban dos jerseys de Super Bowl, ese amigo del ATF le envió a Wagner un enlace a una nota informativa. Las alertas se encendieron para ambos.

El amigo reenvió la información de Wagner a un contacto suyo: el agente del FBI en Chicago. Para el final de esa semana, el agente llamó a Wagner y le solicitó toda la información que tuviera: nombre, dirección, dirección IP, correos electrónicos, cadenas de mensajes, etcétera.

De regreso en el Gillette Stadium, el 13 de febrero, el agente de Boston abrió el mensaje: era la foto del jersey de Brady del Super Bowl XLIX exhibido en una sala de memorabilia, vinculada al mismo hombre cuya imagen los observaba desde la pantalla de la laptop del representante de seguridad de la NFL. El objeto inicial de la investigación había sido el jersey del Super Bowl LI de Tom Brady. Ahora, las autoridades también buscaban recuperar el jersey del quarterback del Super Bowl XLIX.

El siguiente paso era evidente: comenzar a hacer planes para viajar a México.

21 DE FEBRERO 

Dos representantes de seguridad de la NFL vuelan a la Ciudad de México. Durante los siguientes cinco días, trabajarán con agentes del FBI en la embajada de Estados Unidos y con autoridades mexicanas para formular un plan que permita recuperar los jerseys, mientras navegan con cautela una situación política delicada.

La Prensa, el periódico en el que Ortega trabajó durante más de 30 años, no es un actor de peso en la Ciudad de México. A los funcionarios les sorprendió que alguien del tabloide —mucho menos un director y no un reportero en activo— pudiera acercarse lo suficiente a Tom Brady como para robarle su jersey. “La Prensa es el periódico que el bolero de la calle te da mientras te limpia los zapatos”, dice un periodista veterano radicado en la capital. Un empleado de la empresa matriz del diario, la Organización Editorial Mexicana (OEM), dispuesto a hablar sobre el funcionamiento interno de la compañía bajo condición de anonimato, lo describe como “nota roja”, un tipo de periodismo sensacionalista. “Si compras un periódico, no compras este”, añade la fuente.

Pero cualquier atisbo de ligereza que las autoridades mexicanas encontraron en la idea de que la NFL hubiera permitido el acceso a su santuario a un hombre con credenciales sorprendentemente pobres se desvaneció ante una realidad mayor.

Cuando el veterano cronista deportivo mexicano Arturo Palafox escuchó, al día siguiente del Super Bowl, que los Patriots no habían localizado el jersey de Brady, un temor inmediato cruzó por su mente: “Ojalá no haya mexicanos involucrados en esto, por lo que Donald Trump [ha dicho sobre] los mexicanos”.

En la Ciudad de México, el presidente de Estados Unidos es un tema recurrente de conversación. Hay poco debate en torno a Trump: es vilipendiado por los comentarios que hizo sobre el carácter de los mexicanos al iniciar su campaña presidencial en 2015, y por su deseo de construir un muro fronterizo y hacer que México lo pague. El rostro de Trump adorna con frecuencia las portadas de numerosos medios, a veces de manera mordaz.

Los funcionarios estadounidenses también eran conscientes del ambiente cargado. “Teníamos identificado a [Ortega] —ese no era el punto”, explica un investigador estadounidense que trabajó en el caso. “Ahora el reto era caminar ese campo minado político con la mayor delicadeza posible para dejar a todos conformes. No queríamos molestar a las autoridades mexicanas, ni a la gente en México, ni a la embajada de Estados Unidos”.

Al reconocer la sensibilidad del caso y la necesidad de un manejo especial, Dick Farley, el representante de seguridad de la NFL asignado a los Patriots, contactó a un conocido de su etapa como agente especial del FBI en Connecticut: John Durham, fiscal federal adjunto en New Haven. Durham impulsó el caso coordinando a las fiscalías federales en Houston y Phoenix —sedes de los Super Bowls LI y XLIX—, así como a los abogados de la embajada estadounidense en la Ciudad de México.

La seguridad de los Patriots comunicó al FBI que, desde su perspectiva, el objetivo era simplemente recuperar el jersey. Las autoridades mexicanas, por su parte, debatían si proceder contra Ortega por el robo de la prenda, valuada en 500,000 dólares en el reporte inicial del Departamento de Policía de Houston. En México, el robo de bienes con un valor superior a 35,000 pesos (unos 1,800 dólares) conlleva una pena mínima de cuatro años, y a diferencia de Estados Unidos, los fiscales cuentan con mucha menos discrecionalidad para decidir si presentan cargos.

Pero había un problema importante: determinar el valor del jersey en México, donde no existe un mercado significativo para jerseys de la NFL usados en juego. “Si yo fuera su abogado, diría que la cosa vale 200 dólares”, afirma Samuel González, analista en temas de seguridad y ex titular de la unidad de crimen organizado de la fiscalía federal. “Entonces [los fiscales] tendrían que probar que vale 500,000”.

Además, la extradición de un ciudadano mexicano a Estados Unidos exige un estándar muy alto —narcotraficantes, homicidas y similares, no ladrones de jerseys—. Desde el punto de vista de la aplicación de la ley, Ortega pudo haber cometido sin saberlo algo cercano al crimen perfecto: un golpe de alto perfil que nadie estaría ansioso por llevar ante los tribunales.

8 DE MARZO 

Funcionarios de seguridad de la NFL regresan a México por segunda ocasión para brindar cualquier apoyo de último momento antes de que se ejecute el plan para recuperar la camiseta. Se marchan antes del operativo, dejando la intervención en manos de las autoridades mexicanas.

En la puerta principal de la casa de los Ortega colgaba una letra O decorativa, ligeramente torcida, acompañada por un conejo caricaturesco con overol y zanahorias colgando de su mano derecha. Cuando un reportero tocó, no hubo respuesta. Una vecina dijo que no había visto a Ortega en muchos días (y fue reprendida de inmediato por un acompañante masculino por hablar con la prensa). Las llamadas telefónicas a la casa fueron contestadas por una empleada doméstica que prometió transmitir los mensajes. Ortega no respondió a múltiples correos electrónicos ni mensajes de voz.

Pero para quienes lo conocían y trabajaron con él, su amor por el football americano y la pompa del Super Bowl no era ningún secreto.

Durante al menos una década, cada año Ortega se tomaba tiempo libre en la semana del Super Bowl y solicitaba una credencial para el juego. Un ex empleado de La Prensa que solía escribir artículos sobre el Super Bowl señala que esas notas aparecían normalmente con un crédito genérico de redacción, hasta hace un par de años, cuando —pese a que el autor real escribía a partir de la señal de televisión en la Ciudad de México— las historias comenzaron a publicarse bajo el nombre de Ortega.

“Creo que temía el escrutinio de la NFL”, dice el ex empleado, “así que empezó a pedir que el personal pusiera su nombre en los artículos”. Ortega firmó 12 notas en la cobertura de La Prensa del Super Bowl LI.

Como director, Ortega supervisaba la redacción y el presupuesto editorial del diario. No tenía un jefe inmediato en el mismo edificio.

Sus superiores en OEM no sabían que Ortega había estado en el Super Bowl. Un vocero explica que, como Ortega pagaba de su bolsillo los viajes al Super Bowl, solo tenían que autorizar su solicitud de vacaciones, y añade que probablemente no fue delatado por sus empleados porque era muy apreciado. De hecho, el ex empleado de La Prensa lo describe como un gestor eficaz que se involucraba en temas editoriales cuando se trataba de noticias políticas de alto perfil, aunque su formación era en contabilidad.

“Era muy tranquilo”, dice Gabriel Pacheco, otro ex reportero deportivo de La Prensa. “Bromeaba, saludaba a todos. Generaba un buen ambiente de trabajo. No se enojaba con facilidad ni explotaba”.

Ortega mantenía una oficina sencilla, con poca decoración salvo algunos cascos miniatura de la NFL y fotos de su esposa y sus dos hijas. Tenía poco interés por el deporte nacional de México, el futbol, pero adoraba el football americano. Ocasionalmente llevaba artículos de memorabilia para mostrarlos a los pocos empleados que compartían su pasión por la NFL: jerseys, tachones y balones autografiados por Jerry Rice, Troy Aikman y otras leyendas, además de selfies que se había tomado con ellos. A veces imprimía esas selfies para que se las firmaran en una visita posterior a Estados Unidos. Como aficionado de los Cowboys, asistía de vez en cuando a partidos de temporada regular, cuenta un colega, obteniendo acceso de medios a las entrañas del estadio, donde podía acercarse con mayor facilidad a las figuras históricas de la franquicia para pedir autógrafos. También estuvo acreditado para el juego de temporada regular de la NFL en la Ciudad de México entre los Raiders y los Texans, disputado en noviembre.

Palafox, quien trabaja para el diario capitalino 24 Horas, dice que entabló amistad con Ortega durante los trayectos del hotel al centro de convenciones de Houston. Cuenta que Ortega llevaba un libro escrito por Emmitt Smith que planeaba pedirle firmar al miembro del Salón de la Fama para llevarlo de regalo a su sacerdote en la Ciudad de México. Palafox añade que Ortega también traía un casco plateado envuelto en plástico, con firmas de todos menos dos de los 50 MVPs del Super Bowl. Ortega decía a otros periodistas que había comprado el casco por 2,000 dólares años atrás con 10 autógrafos; ahora valía más de 15,000, aseguraba. El precio sorprendió a los reporteros, quienes sabían que los directores de periódicos en la Ciudad de México suelen ganar alrededor de 70,000 pesos mensuales, unos 3,700 dólares.

Ortega había iniciado su carrera “cubriendo” Super Bowls de manera discreta, interactuando poco con otros miembros de la prensa internacional. “No convivía con los reporteros”, dijo un veterano cronista deportivo mexicano que pidió no ser identificado. “Al principio no sabíamos si era mexicano. Nos sorprendió escucharlo hablar español”.

Con el paso de los años, Ortega fue saliendo de su caparazón. Palafox lo describió como “seductoramente encantador”, con una actitud segura y extrovertida. Hablaba de su extensa colección de memorabilia, de sus dos hijas y de cómo todo lo que tenía era para ellas y su herencia.

La noche del Super Bowl en Houston, Palafox estaba eufórico: acababa de cubrir su primer juego por el título de la NFL y había sido, quizá, la mayor remontada en la historia de la liga, comandada por uno de los mejores quarterbacks de todos los tiempos. Se dejó caer junto a Ortega en el transporte de medios y empezó a deslizar las fotos en su teléfono. Se inclinó hacia él y le mostró varias imágenes que había tomado de Brady visiblemente molesto, buscando su jersey desaparecido. Ortega no se inmutó. Sacó su propio smartphone y superó a Palafox: se había tomado una selfie con Brady en los momentos posteriores al triunfo.

Cuando Palafox escuchó la noticia del jersey al día siguiente, no pensó nada del coleccionista empedernido que se había abierto paso hasta un Super Bowl.

“No me molesta contar esta historia, porque este hombre me puso en un riesgo enorme”, dice Palafox. “Yo estaba sentado a un metro del jersey del Super Bowl de Tom Brady. Si la policía hubiera subido a ese autobús y encontrado ese jersey entre nosotros dos, ambos habríamos terminado esposados”.

12 DE MARZO 

A las 5:40 a.m., autoridades mexicanas llegan a la puerta de la casa de Ortega. Tienen una orden de cateo para su domicilio en Condado de Sayavedra. Pero no la ejecutarán.

Vestido con pijama, con su esposa atónita observando la escena, Ortega quedó frente a frente con agentes federales armados. De acuerdo con una fuente del gobierno mexicano, se le presentó un acuerdo: entrega los jerseys del Super Bowl y cualquier otra cosa que hayas robado, y dormirás en tu propia cama no solo esta noche, sino en el futuro previsible. Ortega sacó una bolsa negra de basura de un cajón del buró y se la entregó a la policía, que tomó fotografías del intercambio para dejar constancia de su cooperación.

Los agentes no levantaron pisos, no vaciaron gabinetes ni arrancaron electrodomésticos de las paredes. Ni siquiera registraron la planta baja. Simplemente preguntaron: ¿tienes algo más? Sí, lo tenía.

Hizo una llamada telefónica a un amigo, que llegó poco después. (La policía mexicana presente apodó al corpulento recién llegado como Gordito). El amigo llevaba consigo un casco naranja y azul marino, con marcas de uso de un año en la parte superior: el casco de Von Miller del Super Bowl 50.

No está claro cómo Ortega obtuvo el casco de Miller, ni si lo robó del vestidor de Denver en el Super Bowl 50. Tampoco está claro cómo consiguió el jersey del Super Bowl XLIX de Brady. Ni CBS, que transmitió el Super Bowl 50, ni NBC, que transmitió el XLIX, archivaron el material en bruto de los vestidores de esos partidos.

Para las autoridades mexicanas, el botín bien pudo haber sido una simple recolección de lavandería. Rechazaron registrar el resto de la casa y se marcharon con la misma discreción con la que habían llegado, sin alertar siquiera a los caballos dormidos de un rancho vecino. Para los funcionarios estadounidenses en la embajada, en cambio, la bolsa de basura y el casco representaban la culminación de una búsqueda transcontinental de varias semanas.

En menos de dos días, la Agencia de Investigación Criminal (lo más cercano al FBI en México) determinó que, en efecto, se trataba de la camiseta que dos agencias nacionales de procuración de justicia habían intentado recuperar con tanto empeño.

Entonces, ¿valió la pena todo el tiempo y los recursos invertidos en este caso?

“Es un jersey”, dice Art Acevedo, jefe de la policía de Houston. “Pero se supone que este es el entorno más seguro de cualquier evento deportivo en el mundo, fuera de los Juegos Olímpicos, y un tipo llegó y se llevó algo valuado en medio millón de dólares bajo las narices de la seguridad de la NFL”.

No es probable que la NFL implemente cambios radicales en sus políticas de acceso a medios tras los partidos del Super Bowl y otros grandes eventos. “No creo que cambie en cuanto a las acreditaciones, pero sí puede cambiar respecto a la seguridad alrededor del estadio y del vestidor para asegurarnos de protegernos contra algo así”, dijo el comisionado de la NFL, Roger Goodell.

No está claro si Ortega ha evitado de manera definitiva un proceso judicial. En algunos casos, los sospechosos pueden ser detenidos y acusados la próxima vez que visitan Estados Unidos. Pero la visa de Ortega ha sido revocada, de acuerdo con una fuente del Departamento de Justicia. Renunció a su empleo el 14 de marzo, dos días después del operativo, y la NFL afirma que fue vetado de por vida de sus partidos, lo que hace poco probable que regrese a Estados Unidos en el corto plazo. Un funcionario del Departamento de Policía de Houston aún desea su extradición, pero autoridades mexicanas consideran que hay pocas probabilidades de que eso ocurra. (Portavoces tanto del FBI como del Departamento de Justicia declinaron comentar sobre si Ortega será procesado; al negarse a comentar, el vocero del FBI señaló que se trata de un asunto en curso).

Unos días después de que el jersey fuera entregado al FBI, el procurador general de México, Raúl Cervantes Andrade, realizó una visita a Washington para reunirse con su homólogo estadounidense, Jeff Sessions. El principal responsable de la aplicación de la ley en Estados Unidos elogió a Andrade y a sus colegas, en particular, por su ayuda en dos casos internacionales: la captura y extradición del líder del Cártel de Sinaloa, Joaquín “El Chapo” Guzmán —un hombre responsable de decenas de muertes en México y el extranjero y que se había fugado de prisión en dos ocasiones—. Y por la recuperación de los jerseys de Tom Brady.

El contraste debió sentirse brutal para el enviado mexicano, en medio de una de las guerras contra el narcotráfico más sangrientas de la historia. Durante el tiempo que tomó localizar los jerseys de Brady y devolverlos al quarterback, las autoridades mexicanas también investigaban una cascada de violencia aterradora y sin final a la vista. Entre las historias: cinco cuerpos hallados a la orilla de una carretera en el estado de Veracruz (19 de febrero); los cuerpos torturados de nueve hombres y dos mujeres descubiertos en la costa del Golfo (1 de marzo); bolsas de basura llenas de restos humanos encontradas en una carretera del puerto de Chilpancingo (6 de marzo); y 250 cráneos humanos descubiertos en una fosa común en la ciudad de Veracruz (14 de marzo).

Y, aun así, la presión política en torno a una camiseta desaparecida exigió una respuesta rápida y exhaustiva por parte de lo mejor del aparato de seguridad mexicano.

“Sé que es mucho por solo una camiseta”, dice un funcionario mexicano, “pero como están las cosas ahora, cuando ves a nuestros gobiernos trabajar juntos, te da esperanza de que en realidad no todo está tan mal”.

Así, las autoridades mexicanas se reunieron con dos agentes del FBI en la embajada de Estados Unidos en la Ciudad de México. Entregaron dos jerseys. El 17 de marzo, agentes del FBI en Boston los empacaron en una maleta de mano y abordaron un vuelo comercial con destino al Aeropuerto Logan. Seis días después, tras ser autenticados por segunda vez, agentes del FBI en Boston y policías estatales de Massachusetts los trasladaron 30 millas al suroeste, a las instalaciones de los Patriots en Foxborough.

El 3 de abril, Brady, el dueño del equipo Robert Kraft y los Patriots fueron homenajeados con una ceremonia en el Día Inaugural de los Red Sox. Brady se paró sobre el césped del infield en Fenway Park y levantó uno de los jerseys recuperados sobre su cabeza; en ese momento, su compañero Rob Gronkowski se lo robó en broma y salió corriendo hacia los jardines. Brady fue tras él. La escena terminó con ambos riendo y revolcándose sobre el pasto del jardín derecho corto.

Tom Brady, mostrando su jersey recuperado.
Tom Brady, mostrando su jersey recuperado. / Maddie Meyer/Getty Images

Antes de ir a Fenway ese día, Kraft y Brady habían celebrado su propia ceremonia en la casa del propietario. Kraft abrió una bolsa azul y sacó el jersey del Super Bowl LI. Luego, el del XLIX.

“Tomó un viaje internacional”, dijo Kraft.

Brady se rió. Luego dijo: “Eso es increíble”.


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