El desaire a Bill Belichick es un punto de quiebre para el Salón de la Fama

Canton, una vez más, no estuvo a la altura de las expectativas y merece todos los huevos figurativos estrellados en su fachada.
Bill Belichick ganó seis Super Bowls con los New England Patriots.
Bill Belichick ganó seis Super Bowls con los New England Patriots. / Lance King/Getty Images

Primero, una nota y un reconocimiento personal: mi cementerio de malas opiniones es más amplio y extenso que los Pine Barrens de Nueva Jersey (y contiene casi tantos esqueletos como me gustaría mantener enterrados). En más ocasiones de las que quisiera admitir, algún tipo de animadversión personal pudo haber empujado una columna de opinión por un camino y no por el otro, aunque siempre estoy dispuesto a señalar el lugar frío de mi corazón de donde surgió. Dicho esto, en todas esas ocasiones los errores fueron únicamente míos. El daño fue, en mayor o menor medida, autoinfligido y con nombre y apellido (de verdad, varios de mis compañeros de trabajo fingen no conocerme en público).

Pero lo que ocurrió el martes es distinto. Lo apropiado es exponer tus razones personales de por qué Bill Belichick no es miembro del Salón de la Fama y luego aguantar que te lancen un costal de verduras. Lo inapropiado es negarle a uno de los tres mejores coaches en la historia de la NFL —una afirmación extremadamente difícil de refutar— la entrada al Pro Football Hall of Fame en su primer año de elegibilidad y no estar inmediatamente preparado para defender esa decisión en público, con claridad y vehemencia.

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Según reportes, Bill Polian encabezó el movimiento al convencer a un número nada despreciable de votantes de que Belichick debía esperar un año como penitencia por el Spygate; una idea absurda por sí misma, aún más absurda por el hecho de que se escudó en el anonimato (también es cierto que Polian negó ese reporte cuando fue contactado por Sports Illustrated, aunque no puede refutarlo mientras las votaciones sigan siendo anónimas). Insisto: una cosa es creerlo. Otra muy distinta es generar una ola ideológica que avergüenza al Salón de la Fama y pone en mayor riesgo la credibilidad de los votantes como cronistas serios del deporte.

Incluso si se eliminara el récord de Belichick previo a que fuera acusado en el escándalo de Spygate, ocurrido en 2007, habría terminado su carrera con 12 apariciones en playoffs, cuatro participaciones en el Super Bowl y tres campeonatos, además de uno de los periodos más históricamente significativos como coordinador en la historia de la liga. Un plan de juego de Super Bowl que literalmente tiene su propia exhibición en Canton, Ohio.

Y ya que hablamos del robo de señales —la versión legal del mismo se ha vuelto increíblemente común en la NFL debido a su omnipresencia en el futbol americano colegial y a la dependencia de los quarterbacks de contar con abundante información previa al snap—, hoy existen dos head coaches en activo de la NFL vinculados al mayor escándalo de robo ilegal de señales en la historia de la NCAA, una situación sobre la cual yo, como consumidor obsesivo de contenido de la NFL, no he visto demasiadas protestas escritas. Si de verdad es un tema tan grave, me gustaría ver la misma energía aplicada a Jim Harbaugh. En cambio, celebramos su personalidad más juguetona y amigable con los medios como si fuera la segunda venida de Norm Macdonald.

Algunas personas vinculadas con el proceso —y aquí hay un excelente análisis de Mike Sando en The Athletic— señalaron que Belichick pudo haberse quedado fuera por fallas en el propio sistema. La categoría de coach y colaborador, al mezclarse con la de veteranos, obliga a quienes defienden ciertos nombres a priorizar unos sobre otros. Si ese es el caso, el proceso necesita una reconstrucción total, incluso si la intención original era corregir el problema de exclusividad que durante años aquejó al Salón.

Desafortunadamente, será imposible separar los matices del proceso de la idea mucho más inflamable de que los escritores de futbol americano odian a Belichick porque siempre fue seco y cortante frente al micrófono.

Independientemente de cómo se repartan los méritos entre Belichick y el quarterback Tom Brady; independientemente de lo que se piense de la personalidad notoriamente espinosa de Belichick y de sus decisiones cuestionables tras dejar New England; e independientemente de cómo se haya resuelto todo esto a puerta cerrada, es casi imposible concebir un mundo en el que este hombre no sea digno de ingresar al Salón de la Fama en la primera votación. Belichick creó el tipo de meritocracia en la que Brady pudo prosperar. Seamos honestos: si Brady hubiera sido seleccionado en la quinta ronda por los Cardinals, ¿estaríamos hablando del mejor jugador en la historia de la NFL?

Este es un momento definitorio para el Salón de la Fama y, aún más, un momento desastroso para una profesión en la que, por más que lo intentemos y por más genuinos que sean nuestros esfuerzos, inevitablemente terminamos pisando un rastrillo con filo dentado al estilo de Sideshow Bob.

La NFL ya castigó a Bill Belichick. Castigó a los Patriots. No es nuestra labor utilizar los poderes muy limitados que tenemos para castigarlo de nuevo por un escándalo cuyo impacto real es, en el mejor de los casos, materia de conjetura —sobre todo si se considera cuán exitoso fue Belichick incluso después de ser descubierto. Si así fuera, vaya que tenemos mucha historia revisionista que revisar detrás de esos muros sagrados.

Si es un problema de proceso, arréglenlo esta misma noche. Si es un problema de entendimiento, corríjanlo ahora. Si es un asunto de cuentas personales y ajustes de cuentas, eliminen a los malos actores antes de que sea demasiado tarde (aunque, sinceramente, ya se siente como si lo fuera).

El Salón de la Fama, una vez más, no estuvo a la altura de sus expectativas. En un día como hoy, merece todos los huevos figurativos estrellados en su fachada. No hay forma de generar confianza pública cuando ni siquiera podemos empujar al hoyo los casos que están justo al borde del vaso.


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Conor Orr
CONOR ORR

Conor Orr is a senior writer for Sports Illustrated, where he covers the NFL and cohosts the MMQB Podcast. Orr has been covering the NFL for more than a decade and is a member of the Pro Football Writers of America. His work has been published in The Best American Sports Writing book series and he previously worked for The Newark Star-Ledger and NFL Media. Orr is an avid runner and youth sports coach who lives in New Jersey with his wife, two children and a loving terrier named Ernie.