Josh Allen, el acero que nació del polvo

Para entender a Josh Allen, el hombre que en este 2026 sostiene sobre sus hombros el MVP de la NFL y las esperanzas febriles de los Buffalo Bills, uno debe alejarse un poco y regresar al polvo ocre de Firebaugh, California. Fue, en un valle central que parece olvidado por el tiempo y donde el horizonte es una línea ininterrumpida de surcos, se forjó el acero que hoy corta el gélido viento del estado de Nueva York.
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En 1975, su abuelo, A.E. "Buzz" Allen, reclamó tres mil acres de tierra californiana para el linaje sueco que Arvid, el bisabuelo, había traído consigo huyendo de la miseria de la Gran Depresión. Mientras otros mariscales de campo de su generación pulían su técnica con tutores privados en campos de césped sintético, Allen se endurecía en el anonimato multideportivo de la Firebaugh High School. Era un secreto guardado por el polvo.
Al graduarse en 2014, el mundo del reclutamiento universitario —esa maquinaria implacable que suele detectar el talento antes de que este aprenda a afeitarse— le dio la espalda. Cero ofertas. Ni una sola beca de la División I. Su anatomía de 1.90 metros era todavía una promesa sin terminar, un bosquejo de gigante que nadie supo leer.
Se vio obligado al exilio en Reedley College, un refugio de segundas oportunidades, donde comenzó a lanzar el ovoide con una violencia tal que parecía querer castigar al destino por su indiferencia.
Tras un bombardeo desesperado de correos electrónicos —una suerte de mensaje en una botella lanzado al océano de la burocracia deportiva—, solo la Universidad de Wyoming, en los páramos de Laramie, respondió al llamado. Allí Allen se convirtió en un mito local, un vaquero de brazo de cañón que preparaba su asalto a la aristocracia de la NFL.
Cuando los Buffalo Bills lo seleccionaron como la séptima selección global en 2018, Allen era un diamante en bruto con una tasa de precisión que rozaba lo alarmante: un 52.8% de pases completados en su año de novato. Los críticos, esos sumilleres del desastre, sentenciaron que su brazo era una herramienta desgobernada, capaz de lanzar una pelota a través de una pared pero incapaz de ponerla en las manos de un receptor.
Lo que siguió fue una metamorfosis biomecánica que rayó en lo obsesivo. Junto a Jordan Palmer y el uso de la tecnología DARI Motion, Allen se sometió a un escrutinio digital de sus movimientos.
Se descubrió que lanzaba desde el puro aislamiento del brazo, ignorando la potencia latente en sus caderas y piernas. Fue un proceso de reeducación física, aquietar el tren inferior, establecer el pasillo hacia el objetivo. Para 2020, su precisión saltó al 69.2%, una progresión que desafió las leyes de la probabilidad estadística.
Hoy, observar a Allen lanzar es presenciar un fenómeno; sus pases alcanzan las 65 millas por hora, con trayectorias tensas que parecen desafiar la resistencia del aire, permitiéndole insertar el balón en ventanas tan estrechas que solo existen en la imaginación de los genios o los locos.
La temporada 2024 fue el año de su consagración definitiva. Era, a esas alturas, el arquitecto de un nuevo orden dentro de los Bills. Tras la salida del estelar receptor Stefon Diggs, muchos auguraron el colapso de la ofensiva de Buffalo. Sin embargo, bajo la tutela de Joe Brady, Allen adoptó una filosofía casi franciscana: Everybody Eats (Todos Comen).
En lugar de alimentar el ego de una sola estrella, Allen comenzó a distribuir el juego con una generosidad. Khalil Shakir, Dalton Kincaid y los nuevos reclutas florecieron bajo su mando.
Allen sacrificó el hero ball —esas jugadas kamikazes de sus primeros años— en favor de una eficiencia pre-snap que lo llevó a ganar el MVP. Pero no se equivoquen: el salvaje sigue ahí. Cuando el sistema colapsa, Allen recurre a su instinto de granjero, utilizando su cuerpo como un ariete para conseguir la yarda necesaria.
El 16 de noviembre de 2025, contra Tampa Bay, Allen inscribió su nombre en el mármol al superar a Peyton Manning en touchdowns totales antes de los 30 años (290). Poco después, desbancó a Cam Newton como el mariscal con más anotaciones terrestres de la historia (79). Es el arquetipo de la doble amenaza, un lanzador de élite atrapado en el cuerpo de un liniero que corre con urgencia.
Fuera del campo, la vida de Allen ha adquirido los tintes de una crónica de alta sociedad de Norman Mailer. En mayo de 2025, su boda con la actriz Hailee Steinfeld en California fue el evento que fusionó el músculo de la NFL con el glamour de Hollywood. Ahora, ante la inminente llegada de su primer hijo, Allen parece haber alcanzado una serenidad doméstica que equilibra su ferocidad competitiva.
Hoy, a mediados de enero de 2026, Josh Allen se encuentra en la antesala de lo que podría ser su mayor epopeya. Tras una victoria agónica y visceral contra Jacksonville —donde lideró una remontada cojeando, con el pie, la rodilla y un dedo maltrechos—, el destino lo sitúa frente a los Denver Broncos.
La narrativa es clásica: un guerrero herido defendiendo su estatus de MVP contra una defensa que buscará explotar sus debilidades físicas. Buffalo, una ciudad que ha hecho del sufrimiento un arte, observa con el aliento contenido.
Solo queda una frontera por cruzar, un último acto en esta crónica de poder y redención: el Super Bowl. Y mientras Allen respire, Buffalo creerá que lo imposible es solo una jugada que aún no han diseñado.
