Quarterback - Coach: Las grandes duplas que han dado épica a la NFL

“Ganar no es lo más importante; es lo único”. Más allá de que la frase de Vince Lombardi, se ha convertido en uno de los más grandes clichés del futbol americano, su voz retrata la filosofía del primer gran genio del emparrillado moderno. Lombardi fue, ante todo, un gran buscador de la perfección.
Según se cuenta, en su pizarrón dibujaba jugadas que buscaban oportunidades en cada centímetro del campo. Líneas, cruces y círculos que necesitaban de un intérprete. Ese fue Bart Starr, el primer gran brazo de la época del Super Bowl. Lombardi y Starr unieron su talento y su compromiso para ganar los dos primeros trofeos de la historia con el uniforme de los Green Bay Packers.
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Ningún deporte depende tanto de sus dos figuras centrales. La sincronía que encarnan entrenador y quarterback puede redimensionar el mapa de cualquier franquicia.
Y así se han construido las complicidades que han ganado varias veces el Super Bowl. Los rituales varían; la obsesión, no.
El sábado previo a cada partido, Tom Landry, el hombre de abrigo y sombrero que dio narrativa a los Dallas Cowboys de los setentas, llamaba por teléfono a Roger Staubach para repasar por última vez el plan de juego. Entre la cena y el sillón, Staubach hacía las anotaciones. Bajo qué circunstancia se llevaría a cabo una formación escopeta. Cuándo lanzar un pase profundo. Esa narrativa a dos manos derivó en DOS Super Bowls.
Después vino Pittsburgh. Detrás de la sólida Cortina de Acero se refugiaban dos nombres eternos: Chuck Knoll y Terry Bradshaw. A pesar de tener una relación tensa por el estilo estricto de Knoll, que molestaba a Bradshaw y provocaba su rebeldía, sus complicidades derivaron en cuatro títulos de la NFL en solo seis temporadas.
San Francisco fue la franquicia que tocó las estrellas en la década de los ochentas. El casco dorado, que representa los sueños de los gambusinos que buscaban cambiar su vida con pepitas de oro, se vio representado por una mente visionaria y un brazo privilegiado.
Se cuenta que el día que Bill Walsh vio a Joe Montana por primera vez ya no pudo despegar su mirada de él. Nadie sabe qué reconoció la intuición de Walsh: los movimientos, la precisión del brazo o el instinto ganador del graduado de Notre Dame.
Según Montana, Walsh era un hombre que “se alejaba de la mediocridad y perseguía la perfección”. Así lo dejaba ver en cada charla. Los desvelos de Walsh inventaron la “Ofensiva de la Costa Oeste”, que revolucionó el juego por aire. Juntos construyeron una dinastía que obtuvo cuatro Super Bowls.
Después, una dinastía plateada de los noventas fue liderada desde la orilla del campo por Jimmy Johnson y Barry Switzer. En los reflectores hubo un solo quarterback: Troy Aikman, el artífice de los últimos tres trofeos Vince Lombardi de los Dallas Cowboys.
La historia de los Patriotas, una de las más recientes dinastías de la NFL, llegó desde los sótanos. Fue el 16 de abril del 2000 cuando Bill Bellichick utilizó el turno 199 del Draft para elegir a Tom Brady, un joven de la Universidad de Michigan que tenía pocas líneas en el currículum. Nadie sabía entonces que se acababan de unir los elementos que derivarían en la fórmula más perfecta que se ha escrito en la NFL. La obsesión por los detalles de Bellichick y las ejecuciones perfectas de Brady en los momentos de presión dibujaron una dupla que ganó seis veces el trofeo Lombardi.
Así se cuenta el más reciente eslabón de la cadena. Andy Reid y Patrick Mahomes han ganado tres anillos en tiempo récord. La fórmula de su éxito está sustentada en una profunda confianza que empodera a Mahomes para tomar decisiones en el campo y para diseñar jugadas en momentos de alta tensión. También, según los analistas, ambos están empapados con una mentalidad que responde cuando todo parece en contra. Su colaboración ya los aponta como una de las grandes parejas de todos los tiempos... y la única cuya historia continúa.
