Rey Vargas, el campeón en receso

A dos mil trescientos metros sobre el nivel del mar, el aire de Otumba deja de ser un derecho natural para convertirse en una conquista penosa. En este páramo del Estado de México nació Rey Geovani Vargas Roldán, el día 25 del penúltimo mes, un púgil cuya fisonomía —larguirucha, de extremidades que parecen prolongarse hacia el infinito— desafía los cánones de la estética boxística tradicional.
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Hoy, a las puertas de un enero gélido en 2026, Vargas habita una pausa que el Consejo Mundial de Boxeo ha bautizado con la elegancia burocrática de “campeón en receso”, un eufemismo que oculta el drama de las lesiones y la espera de un hombre que, a sus treinta y cinco años, contempla cómo otros reclaman su corona en la mítica arena del Madison Square Garden.
La historia de Vargas es, en su esencia más barroca, la crónica de una distancia impuesta por mandato militar. Su padre, Carlos Vargas, fue un suboficial del ejército para quien el gimnasio era una extensión del cuartel y el efecto no era más que un ejercicio de disciplina. “Mi papá no es uno en cien, es uno en un millón. Yo nunca he tenido un papá común... Tener papá y entrenador bajo el mismo techo es muy cañón”, dijo a Un round más en 2023.
Ese niño que buscaba desesperadamente ser visto por el sargento terminó por construir una coraza técnica de setenta y una pulgadas y media de alcance, una muralla de brazos que hoy sigue siendo su mayor herencia y su soledad más profunda.
Vargas nunca fue el guerrero de choque que el público mexicano, sediento de sangre y drama, suele elevar a los altares del fanatismo. Su estilo es una pieza de relojería suiza en un deporte de hachas y machetes. Es un matador que desprecia la cercanía del toro.
Su biomecánica es una oda a la geometría. Utiliza su estatura de un metro con setenta y ocho centímetros para convertir el cuadrilátero en un espacio inalcanzable para sus rivales, como una burbuja de aire donde solo él tiene permiso para respirar.
Esta frialdad le permitió amasar un récord amateur envidiable, con siete campeonatos nacionales y un oro panamericano en 2009 en la Ciudad de México en la división gallo que ganó tras vencer por nocaut al panameño Everardo Castillo; derrotó también a nombres como Juan Carlos Payano antes de saltar al profesionalismo. En 2010 debutó como boxeador profesional con un nocaut en el primer asalto contra Claudio Palacios.
El 25 de febrero de 2017, derrotó a Gavin McDonnell por decisión mayoritaria y se coronó campeón mundial de peso supergallo del CMB. A partir de ahí, defendió el cinturón con éxito ante Ronny Ríos, Óscar Negrete, Azat Hovhannisyan, Franklin Manzanilla y Tomoki Kameda, entre otros retadores.
La sofisticación de Vargas encontró su límite psicológico en la figura de Ignacio “Nacho” Beristáin. La unión entre el monarca de la técnica y el estratega de Otumba fue un idilio de gloria que terminó en una ruptura amarga, digna de un drama operístico.
Beristáin, el gran patriarca del Gimnasio Romanza, no soportaba la interferencia del clan familiar de los Vargas en la esquina, un entorno que describió como asfixiante. El divorcio definitivo se gestó en San Antonio, cuando el padre y la madre de Rey irrumpieron en el ring tras la victoria ante Mark Magsayo y desafiaron la autoridad monástica de Beristáin, quien siempre prefirió el vestidor al festejo.
Ese de 2022 fue, de hecho, uno de sus triunfos más grandes, cuando dio el salto a la división de peso pluma y se enfrentó a Magsayo. Se levantó de la lona en el noveno asalto después de que una mano derecha del filipino pareció quebrar su destino, pero Vargas se recuperó y ganó una decisión dividida que le otorgó su Campeonato de Peso Pluma en las 126 libras.
A pesar de la victoria, Nacho se marchó denunciando que el padre de Rey había insultado incluso al legendario Freddie Roach, rompiendo un pacto de caballerosidad que el viejo entrenador consideraba sagrado. Vargas se quedó solo con su padre y regresó a las raíces de Otumba.
Pero el tiempo en el boxeo es una marea que no perdona a los que se detienen. Tras un intento fallido de conquistar una tercera división contra O’Shaquie Foster en 2023, donde la ventaja física se diluyó ante la velocidad del estadounidense, Vargas entró en un túnel de sombras médicas.
Su cuerpo, desgastado por décadas de entrenamiento espartano, requirió una cirugía que lo ha mantenido alejado del ring durante diecisiete meses interminables. En su ausencia, el panorama ha cambiado drásticamente. Mientras él se rehabilita el mundo sigue girando. Bruce “Shu Shu” Carrington y Carlos Castro se preparan para enfrentarse este 31 de enero en Nueva York por el título que Vargas ha perdido en la mesa de operaciones.
Su combate más trascendente se resolvió en un empate ante Nick Ball, en marzo de 2024, un resultado que le bastó para conservar el cinturón.
La figura de Rey Vargas hacia enero de 2026 es la de un rey en el exilio, un monarca que observa desde la periferia cómo el WBC eleva a Carrington a la categoría de contendiente absoluto tras el cambio de división de Stephen Fulton.
Es un momento crepuscular. Los críticos, siempre prestos a enterrar al que no ofrece el espectáculo de la carnicería, sugieren que el Rey de Otumba ya no tiene el hambre ni la elasticidad necesaria para competir con los nuevos leones de la división. Pero Vargas insiste en que su regreso será por la puerta grande, negándose a peleas de preparación y buscando directamente la unificación o la recuperación de su estatus.
Su boxeo es, al final del día, una conversación con ese niño que entrenaba en la madrugada para que su padre le dirigiera la palabra.
