Carlos Vela, el rebelde que abdicó antes de convertirse en rey

Con 36 años, se retiró sin equipo para dejar constancia de una cosa: la guerra que libró no fue contra el futbol, sino contra sus instituciones. 
Carlos Vela durante un festejo de Los Ángeles FC.
Carlos Vela durante un festejo de Los Ángeles FC. / Foto: Kevork Djansezian/Getty Images.

La teoría más extendida respecto a por qué Carlos Vela nunca se sintió del todo cómodo bajo el traje de ídolo popular en el futbol descansaba en el hecho de que a él, en realidad, lo que le gustaba era el basquetbol. Si bien el propio Antoine Griezmann confesó que el encargado de evangelizarlo en el mundo de la NBA durante sus días en la Real Sociedad había sido Vela, nunca ha estado del todo claro si, como se afirma con rotundidad, el mexicano realmente detestaba el futbol. 

Hoy, en medio del anuncio de su retiro del futbol profesional, resulta necesario lanzar una pregunta al aire para reivindicar su legado: ¿detestaba el futbol o a la industria del futbol? 

En una de las pocas charlas a profundidad que sostuvo con periodistas —a los que siempre se mostró alérgico desde la suspensión de seis meses provocada por la fiesta en Monterrey después del mundial de Sudáfrica 2010—, le dijo a Life And Style en 2018: “Siguen interesados en por qué no me gusta el futbol como ellos creen que debería gustarme. Nunca es sobre profesionalismo, sino sobre lo que ellos quieren”. 

Si se reflexiona lo suficiente, el hecho de que Vela se haya sincerado ante una revista de estilo de vida y no ante un medio deportivo, vuelve a ofrecer claves sobre su tortuosa relación con la industria del futbol. ¿Son la misma cosa el futbol, como deporte, que el futbol como industria? ¿Todavía es posible desvincular una cosa de la otra o son indisociables?

De 2012 a 2014, Carlos Vela no solo fue el mejor futbolista mexicano del momento, sino una posible tercera vía en el debate polarizador entre Lionel Messi y Cristiano Ronaldo en España. Tanto Gerland como Anoeta atestiguaron, a finales del verano de 2013, las que quizá sean las dos exhibiciones más dominantes para un jugador mexicano en Champions League. La Real Sociedad certificó su lugar en la competición más prestigiosa del mundo tras vencer al Olympique de Lyon en la fase de playoff. Todavía circula en la red la emotiva narración original de Cadena SER, en donde Vela marcó un gol con cierta épica maradoniana en Anoeta al arrancar en conducción por detrás de la línea de medio campo.

“Vela, Vela, Vela, Vela. Padrísimo, Vela. Qué golazo. Qué galopada. Ha roto el espinazo del Olympique. Se ha ido como un tiro. Ahí estaba el mexicano, para volar sobre el césped de Anoeta. Viva México, viva Vela, viva la Real”. 

La prensa y la afición mexicana, a la distancia, veían la entronización de Carlos Vela en Europa con cierta reticencia. Con la selección en medio de una de sus peores crisis, semanas antes de que el Tri de José Manuel de la Torre cayera en el Azteca frente a Honduras para comprometer su lugar en el mundial de Brasil 2014, nadie era capaz de comprender por qué el mejor jugador mexicano del momento se negaba a representar al combinado nacional.

En lo que debió ser interpretado como un acto salvaje de libertad, Vela renunció tajantemente a la selección sin aclarar realmente sus motivos. En la época de la sobreexposición, su hermetismo radicalizado fue interpretado de todas las maneras posibles. Lo tildaron, incluso, de antipatriota. En el país de las contradicciones fundacionales y de la identidad sostenida sobre alfileres, hizo las veces de traidor. 

¿No será, más bien, que el mexicano se rebeló ante los cánones impuestos del futbolista de élite? ¿No será, más bien, que no le interesaba ceñirse a una disciplina militar para satisfacer las expectativas de otros? ¿No será, más bien, que no estaba dispuesto a consagrarse al futbol de tiempo completo? 

Sin decirlo abiertamente, siempre dio señales de disfrutar lo que hacía. Tanto el propio Griezmann, su más grande cómplice y admirador, hasta Cesc Fábregas, quien fue su primer gran mentor en el Arsenal, pudieron dar constancia de ello rindiéndose en elogios hacía el Vela del día a día.

No sobra decir que Carlos Vela pertenece a una estirpe de jugador que se regía por el talento y la inspiración con intermitencias, un aspecto incompatible con los estándares competitivos que redefinieron Messi y Cristiano, dos productos, a su modo, de la disciplina de alto rendimiento. 

Con 28 años se marchó a la MLS, una liga estigmatizada como destino para jubilados de élite. La única manera de que abandonara un sitio como San Sebastián, una ciudad apacible y aburguesada que lo acogió desde el primer día, era la posibilidad de pasar inadvertido en Los Ángeles, el lugar con más celebridades por kilómetro cuadrado y, de paso, llevar el mito hasta las últimas consecuencias viendo a los Lakers dos noches por semana.

Seducido por el proyecto de Juan Carlos Osorio, volvió para vestirse una vez más de internacional mexicano y afrontar el segundo mundial de su carrera en Rusia 2018. Dejó una última postal legendaria como mediapunta en el histórico juego ante Alemania. Días más tarde le marcó de penalti a Corea del Sur. Su presencia, sin embargo, fue insuficiente para que México sorteara el partido decisivo ante Brasil en octavos de final.

En el ocaso de su carrera, nunca le interesó volver a Chivas, el club donde se formó para después conquistar, en 2005, aquel mundial juvenil de Perú junto a Giovani dos Santos y Héctor Moreno. No tanto por desprecio al club como por mantenerse fiel a sus convicciones. 

Con 36 años, se retiró sin equipo para dejar constancia de una cosa: la guerra que libró no fue contra el futbol, sino contra sus instituciones. 


Published |Modified
Ricardo López Si
RICARDO LÓPEZ SI

Editor en Sports Illustrated México. Periodista y escritor.