La afición mexicana supera la “última milla” rumbo al Estadio Ciudad de México

La "Última milla" fue una prueba superada para las miles de personas que arribaron a la reapertura del Estadio Ciudad de México en el amistoso entre la Selección Mexicana y Portugal.
Ese perímetro demarcado por la FIFA de un kilómetro a la redonda como parte del protocolo para la restricción vehicular y el acceso peatonal a pie funcionó como un ensayo exitoso a menos de tres meses de la Copa del Mundo 2026.
La afición mexicana llegó con más de cinco horas de anticipación ––antes de que cerraran las avenidas principales–– desmintiendo el mito de la impuntualidad mexicana. Desde el RTP, aficionadas viajaban ataviadas con playeras de la Selección Mexicana, eran apenas las 14:00 horas y ya se dirigían al partido amistoso.
En una tarde soleada y sin contratiempos, hicieron largas filas sobre el puente de Tlalpan, donde antes lo ocupaban decenas de comerciantes, y avanzaron en zigzag entre las vallas sobre la explanada del Estadio tres veces mundialista. Ya no estaban las lonas de los puestos comerciantes que habían permanecido ahí por casi 40 años.
Aparecieron las figuras: el Chapulín Colorado, una de las estrellas más emblemáticas de la televisión latinoamericana, imitadores del ícono de la portería Jorge Campos y hasta un Mariachi que cantó el tan famoso Cielito Lindo, canción que en México han adoptado como un segundo himno.
Y la gente arribaba en marea verde. Distintas generaciones, desde quienes vivieron los Mundiales de México 1970 y 1986 hasta quienes nunca habían presenciado uno en su país y, este sábado, pisaron por vez primera el renombrado Estadio Ciudad de México, antes Estadio Azteca. Las generaciones que conocían a Pelé y las que hoy solo conocen a Cristiano Rolando. Todas en una misma catedral del futbol.
Los colectivos de las madres buscadoras llegaron desde Tlalpan, no importaba si no tenían boleto o acreditación como parte del protocolo de la “Última milla”, ellas se abrieron paso con su voz, con el reclamo por sus hijas e hijos desaparecidos, con el dolor en la garganta, con las lágrimas en el rostro.
En protesta frente a la obra de El Sol Rojo de Alexander Calder. “¡México es campeón en desaparición!” “¡No jueguen con nuestro dolor”, exclamaron con bravura decenas de madres. Este era el escenario para visibilizar aún más su lucha. “Nuestras hijas y nuestros hijos no pudieron estar aquí para ver un Mundial”.
Sortear la “Última milla” obligó a la afición a tomaran precauciones. Isaac, que venía desde Ecatepec, optó por hospedarse en un hotel cerca al Estadio para evitar contratiempos. Al Coloso de Santa Úrsula solo se llegaba a pie y a las personas residentes de la zona se les solicitaba el INE para poder entrar.
Una vez adentro, locales de comida abrieron sus puertas, decían que esperaban mayor afluencia y que las ventas del día iban bajas, tenían la esperanza de recuperarse al término del partido. Algunas mesas parecían pequeñas tribunas a manera de palcos.
Ahí se celebraba casi como un gol de bandera el tiro del Piojo Alvarado o un cabezazo de La Hormiga sobre del final del encuentro que les arrancó un profundo suspiro. Los ecos de los gritos de la afición que estaba dentro del Estadio se escuchaban a lo lejos.
El empate a cero aceleró la salida de parte de la afición a 10 minutos de que terminara el encuentro. Buscaban escapar antes de la congestión. Algunos se dirigieron con prisa al Trolebús que les dejaría en Taxqueña. Mientras que otros aceptaron las altas tarifas de los taxis que cobraban hasta cinco veces más que una aplicación: mil 100 pesos del Estadio al Metro Viaducto, 450 pesos dos kilómetros más adelante y alrededor de 240 pesos usando una aplicación.
Las tarifas variaban. Y otros optaban por seguir caminando hasta encontrar sus coches estacionados en la periferia después de la "Última milla", un ensayo superado a la mexicana.
