El camión FIFA que vio dos ciudades y el recorrido que explicó la Ciudad de México a los enviados del Mundial

La avenida Reforma estaba abierta cuando el camión arrancó poco después de las ocho de la mañana. A bordo viajaba una selección paralela: periodistas chinos, coreanos, filipinos, brasileños, argentinos, chilenos, paraguayos, estadounidenses, sudafricanos y mexicanos. Un pequeño Mundial sobre ruedas. Las credenciales colgaban del cuello como pasaportes y las cámaras ya apuntaban hacia las ventanas.
Para muchos era la primera vez en la Ciudad de México. El Ángel de la Independencia apareció entre los edificios y comenzaron las fotografías. Algunos grababan video. Otros simplemente observaban. Los que habían cruzado océanos para llegar hasta aquí miraban la ciudad como quien finalmente encuentra un lugar que llevaba años viendo en televisión.
El destino era el Centro de Alto Rendimiento de la Federación Mexicana de Futbol, al sur de la capital. Ahí donde Javier Aguirre ha construido durante meses el equipo que abrirá la Copa del Mundo.
Antes de llegar apareció la primera sorpresa. Un operativo de seguridad gigantesco escoltaba parte del trayecto. Patrullas, motocicletas, elementos de distintas corporaciones. Los teléfonos salieron de inmediato. Las fotografías comenzaron a viajar hacia redacciones en Johannesburgo, Seúl, Buenos Aires o Santiago.
Era una imagen que explicaba por sí sola la dimensión del evento. En el CAR los visitantes alcanzaron los últimos minutos del entrenamiento mexicano. Los sudafricanos tomaban notas. Los coreanos fotografiaban cada detalle. Los reporteros locales servían de traductores improvisados para responder preguntas sobre jugadores, alineaciones y la figura omnipresente de Javier Aguirre.
🚨🏟️ Bloqueos y marchas en Calzada de Tlalpan generan caos vial en el sur de la Ciudad de México, a menos de 12 horas del inicio de la ceremonia de inauguración del Mundial 2026 en el Estadio Ciudad de México.
— Sports Illustrated MX (@SIMexico_) June 11, 2026
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Después vino el Azteca. El estadio que este jueves se convertirá en el primero de la historia en albergar tres partidos inaugurales de una Copa del Mundo recibió al grupo en silencio. Sin aficionados, sin vendedores, sin cánticos. Sólo concreto, césped y vacío; aunque con decenas de trabajadores dando los últimos detalles al recinto.
Los más de 80 mil asientos parecían esperar pacientemente la llegada del mundo. Alguien dijo algo en mandarín. Varias personas voltearon hacia la cancha. No hacía falta traducción. Hay lugares cuya importancia se entiende en cualquier idioma.
La visita duró poco. Lo suficiente para caminar por la zona de prensa, observar el terreno de juego y escuchar a Gianni Infantino, Javier Aguirre y Hugo Broos, quienes tuvieron conferencia de prensa. Lo suficiente para sentir el peso de la historia sin terminar de procesar.
Luego llegó el regreso. Y con él, la otra Ciudad de México. Reforma ya no era la misma avenida.
Los cierres por las movilizaciones de la CNTE habían convertido el centro de la capital en un rompecabezas imposible. El tránsito avanzaba a paso de peatón. El Metrobús estaba detenido. Las rutas alternas habían dejado de ser alternativas. Dentro del autobús comenzó a romperse la paciencia internacional.
Una colega chilena fue la primera en inquietarse. Tenía un enlace en vivo pendiente con su estación de radio. Preguntó si podía descender. Le explicaron que el transporte oficial de FIFA no hace paradas fuera de protocolo.
Insistió. Negoció. Volvió a insistir. Terminó haciendo su programa sentada junto al conductor mientras el autobús apenas avanzaba unos metros cada decenas de minutos.
El argentino fue más directo. No pidió permiso. Informó. Dijo que conocía la ciudad, que podía arreglárselas solo, que encontraría una ruta mejor. Escuchó las razones de seguridad y acreditación que le dieron como respuesta. Después repitió que quería bajar. Tampoco lo dejaron.
Los mexicanos observaban la escena con una mezcla de resignación y familiaridad. Era la expresión de quien reconoce una película que ha visto demasiadas veces. Afuera, sobre Reforma, seguían visibles algunas de las bases donde días antes habían estado las figuras de futbolistas retiradas durante las protestas.
En una de ellas permanecía una pintada: "Si no hay solución, no rodará el balón".
El mensaje resumía la tensión de una ciudad que, al mismo tiempo, se preparaba para una fiesta global y sostenía conflictos que no desaparecen porque llegue una Copa del Mundo.
El autobús siguió avanzando. En los semáforos aparecían vendedores ofreciendo camisetas de la Selección Mexicana, máscaras de luchador, banderas, bufandas, dulces y recuerdos. Algunos periodistas preguntaban sobre los precios. Otros tomaban fotografías. Los visitantes descubren que el Mundial también se juega en las banquetas.
Poco a poco el tráfico cedió. La chilena logró enviar su reporte. El argentino regresó a su asiento. Y el camión siguió su camino entre una ciudad que celebraba y otra que protestaba.
El jueves, cuando ruede el balón en el Azteca, todos estarán donde deben estar: los periodistas, los aficionados, los futbolistas y los dirigentes. Pero la verdadera historia de la víspera quizá no ocurrió en el estadio. Ocurrió dentro de un autobús que cruzó la misma avenida dos veces y encontró dos ciudades distintas.
Una quería darle la bienvenida al mundo. La otra quería que el mundo la escuchara. Y ambas, a su manera, también forman parte del Mundial.
