El tiempo perdido tras Qatar; México busca convencer, pero no ofrece garantías

El próximo 11 de junio, el Estadio Azteca será nuevamente el punto de partida de una Copa del Mundo. A 241 días de ese silbatazo inicial, la Selección Mexicana se encuentra inmersa en un proceso que, más que preparación, parece búsqueda. En medio de cifras, técnicos y diagnósticos, el futbol mexicano intenta construir una identidad que le permita no solo competir como anfitrión, sino también convencer a su afición —y a sí mismo— de que está listo para trascender.
La historia ha sido escrita en dos capítulos previos: en 1970 y en 1986, México llegó hasta los cuartos de final —el ansiado “quinto partido”— impulsado por la fuerza de su gente y el peso simbólico de jugar en casa. Hoy, casi cuatro décadas después, el anhelo se repite, pero el contexto es distinto. La distancia entre la expectativa y la realidad se ha hecho más evidente que nunca.
Una etapa de transición permanente
Desde la eliminación en fase de grupos en Qatar 2022 —la peor participación mundialista del país en casi 30 años—, la Selección ha jugado 48 partidos, con un saldo de 25 victorias, 10 empates y 13 derrotas. Los números, aunque aceptables en apariencia, esconden una constante: la inestabilidad.
En menos de tres años, tres entrenadores han pasado por el banquillo nacional. Primero, Diego Cocca, de paso breve y sin impacto real. Luego, Jaime Lozano, quien tomó el control de forma interina, conquistó la Copa Oro 2023 y fue ratificado, aunque sin lograr continuidad. Finalmente, el turno ha sido para Javier Aguirre, un técnico con recorrido, experiencia mundialista y un vínculo emocional con el equipo nacional.
Aguirre ha dirigido 21 partidos, con 12 triunfos, 5 empates y 4 derrotas. Su gestión ha traído algo de estabilidad, pero no ha resuelto las incógnitas de fondo: México aún no tiene un once definido, carece de un estilo claro y exhibe fragilidad frente a rivales de jerarquía. El tiempo, mientras tanto, sigue su marcha.
Una preparación sin exigencia real
Por ser país anfitrión, México no ha tenido que disputar una eliminatoria. Esa ventaja logística, sin embargo, ha sido también una debilidad competitiva. En lugar de partidos de alta presión, el calendario se ha llenado de amistosos, compromisos regionales y duelos en la Nations League y Copa Oro, que no han ofrecido el nivel de exigencia necesario para evaluar con seriedad el potencial del equipo.
A ocho meses del Mundial, la falta de competencia real se traduce en una preparación que parece incompleta. La Copa del Mundo no espera y el nivel que exigirán los rivales será muy distinto al que México ha enfrentado hasta ahora.
Sudamérica, un termómetro preocupante
Nada evidencia mejor las carencias del equipo mexicano que sus duelos frente a selecciones de la Conmebol. Desde la Copa del Mundo de Qatar, México ha jugado siete partidos ante equipos sudamericanos, con un registro de cinco derrotas, un empate y una victoria. Y si se extiende el análisis al ciclo desde Rusia 2018, la estadística es aún más cruda: 24 enfrentamientos, con 15 derrotas, seis victorias y tres empates.
En un escenario donde los posibles rivales en fases avanzadas serán precisamente selecciones sudamericanas o europeas, esta realidad es una alerta que no puede ignorarse. México, simplemente, no ha encontrado respuestas futbolísticas ante equipos con mayor intensidad, calidad técnica y oficio.
La urgencia de recuperar la confianza
El reto del cuerpo técnico no es solamente táctico. Hay una dimensión emocional y simbólica que pesa tanto como lo futbolístico. La relación entre la Selección y su afición atraviesa uno de sus momentos más frágiles. Las gradas ya no vibran como antes, y la ilusión —ese motor tantas veces incondicional— parece haberse diluido en la desconfianza.
Aguirre, quien ha sido jugador y técnico mundialista, entiende ese vínculo. Sabe que el desafío va más allá de encontrar la alineación ideal: se trata de recuperar el orgullo, de construir una narrativa que vuelva a conectar al equipo con su gente. Y para ello, el tiempo es cada vez más limitado.
El cierre de año y lo que viene
El calendario de México cierra 2025 con tres amistosos ante selecciones sudamericanas: Ecuador, Uruguay y Paraguay. Partidos que, más allá del resultado, serán clave para medir el verdadero nivel del equipo y para empezar a reducir la distancia entre las dudas actuales y las exigencias del futuro inmediato.
Después de eso, comenzará la recta final hacia junio de 2026. La oportunidad de trascender está sobre la mesa. México será, por tercera vez, anfitrión de una Copa del Mundo. Pero ser sede no es suficiente. La historia no se construye con discursos ni con estadísticas; se construye en la cancha.
Hoy, a 241 días del debut, el país mira a su Selección con una mezcla de escepticismo y esperanza. Como tantas veces en su historia, México no solo busca un buen Mundial. Busca creer de nuevo.
