ENTREVISTA | El as en el brazo: la historia que sostuvo a Luis Malagón cuando perdió el Mundial

Luis Malagón lleva tatuado el último regalo de su abuelo: un as de baraja dibujado sobre una servilleta. Lo mira cada vez que necesita recordar que ya sobrevivió a cosas peores. Hoy, mientras la Ciudad de México se prepara para inaugurar un Mundial que él soñaba jugar, el portero observa el torneo desde fuera. La lesión lo dejó sin Copa del Mundo, pero también lo obligó a regresar a la historia que lo construyó: una infancia de carencias, una familia que nunca se rindió y una obstinación capaz de desafiar cualquier pronóstico.
Luis Malagón vivió una infancia que lo hace valorar lo que tiene hoy en día, a pesar de que se perdió el Mundial por una lesión.
Luis Malagón vivió una infancia que lo hace valorar lo que tiene hoy en día, a pesar de que se perdió el Mundial por una lesión. / MexSport Sports Agency

Hay una servilleta que Luis Malagón lleva tatuada en el brazo. La dibujó su abuelo antes de morir. Un as de baraja. Nada más. Y cuando los días se ponen oscuros, Malagón voltea la muñeca, mira el trazo y dice que es como si el viejo estuviera ahí. Quieto. Sin decir nada. Pero ahí. Este es uno de esos días.

La ciudad está tapizada con su cara. Espectaculares en Insurgentes, en Periférico, en las avenidas que llevan al Azteca. Luis Malagón, portero del América, portero de México, mira desde las alturas con esa expresión de quien nació para atajar. Abajo, en las calles, el mundo se mueve hacia un Mundial que arranca en dos días. El primero en casa desde 1986. El más esperado. El que iba a ser de él.

Malagón habla por primera vez de ello. La pierna todavía no responde del todo. “El estacionamiento del Azteca… ya ves cómo está. Mejor en casa”, dice en entrevista con Sports Illustrated sobre donde verá el partido inaugural ante Sudáfrica el próximo jueves. Es la primera vez que comparte su sentimiento después de la lesión.

Cuando se lastimó, le marcó el profe Enrique Meza casi de inmediato. Meza, el entrenador que lo debutó en primera división, el hombre que creyó en él cuando nadie más quería. Y le dijo algo que Malagón repite con la cadencia de quien lo ha masticado muchas veces: "Si superaste no tener qué comer y no tener qué vestir, que no te salgas de una cosa así".

Las primeras semanas fueron de llanto. Él lo dice sin rodeos, sin pudor. El llanto era necesario, estaba muy sensible. Pero esa frase de su profe fue una llave que abrió algo. Un cajón viejo. Un cuarto que Malagón conoce bien y que casi nunca enseña.

Zamora, Michoacán. Principios de los 2000.

Su papá tiene parálisis cerebral. Durante años nadie le quiso dar trabajo porque la discapacidad asustaba a los patrones. Su mamá salía a vender papas zamoranas en la calle. Eran cinco hermanos en la casa. Luis era el mayor.

Tenía diez años cuando su papá encontró empleo en el aseo público. Barrendero. Y él recuerda ese domingo con una precisión que da vértigo: su mamá hizo sándwiches de frijoles con queso y chile jalapeño. Había un hermano recién nacido. Una hermana de cuatro años. Y una mesa donde, por primera vez en mucho tiempo, todos comían al mismo tiempo. "Ese día lo recuerdo siempre porque no teníamos nada".

Había un restaurante cerca de donde vivían. Se llamaba El Infierno. Cada noche tiraban la comida sobrante en charolas de aluminio. Y Luis Malagón, el que hoy aparece en los espectaculares de la capital del país, iba a ver qué había. Le preguntan si no le avergüenza contarlo. "No, güey. Era la necesidad. Las ganas… Nunca me dio pena. Tenía hambre".

Lo dice sin drama. Con la serenidad de quien ya le perdió el miedo a esa historia. De quien la convirtió en fundación, en combustible, en tatuaje. Morelia lo recibió con más de lo mismo.

Las fuerzas básicas de Santos y Monarcas fueron los años más duros. A veces no había qué comer en la pensión. Llegaban al cuarto y preguntaban qué había de cenar y la respuesta era el silencio y el techo. La solución era dormirse.

Y encima de eso, la altura. O la falta de ella.

Le decían que para ser portero había que medir más de 1.80. Malagón se colgó de un tendedero. Así, literal. A ver si estirando el cuerpo crecía unos centímetros. Creció dos. Llegó a 1.82. No fue suficiente para los que medían con regla. Fue suficiente para él.

Un año entero sin jugar en Sub-20 porque bajaban al portero de primera que no tenía actividad. Un año viendo desde afuera. Hasta que una noche, en medio de una fiesta de pueblo en Michoacán —tambora, días de baile, “ya sabrás”—, le marcó Alexandro Álvarez.

¿Dónde andas?—le preguntó el Monstruo.

Ya sabrás—respondió Malagón.

"Mañana en primera a las 10", dijo Álvarez. Llegó lo más rápido que pudo. Estaba el profe Meza. Estaba Eugenio Villazón, el auxiliar del equipo. Le dijeron que contaban con él.

El 15 de febrero de 2016, Luis Malagón debutó en Primera División contra Necaxa. Jugó seis partidos. Luego no volvió a jugar en tres años.

La casa prometida

A los 20 cumplió una promesa que no le había hecho a nadie en voz alta. Solo a sí mismo.

Necaxa lo compró. Llegó el dinero. Y lo primero que hizo fue llamar al dueño de la casa donde vivían sus papás. Negoció el precio. Le dijo que fuera a cobrar la renta, pero que al llegar le entregara las llaves a su mamá.

En ese entonces andaba en combi. Tenía para comprar un carro. Pero primero estaba la promesa de comprar una casa a su mamá. Siempre fue la casa.

Su mamá "estaba que no". Él cuenta eso y uno casi puede verla: parada en la puerta, sin entender, con las llaves en la mano y el pecho apretado.

Eso fue lo que más lo marcó. No los títulos. No los mundiales. Sino ese día.

Ochoa, su consejero

En octubre de 2022 estaba mal. Último año en Necaxa, sin correr, pensando en dejarlo. Le habló a Guillermo Ochoa. El Memo. Seis mundiales. El portero más grande que ha dado México.

Ochoa le dijo: "Esto es una carrera de persistencia. De resistir. De aguantar. El portero solitario festeja solo, se viste diferente. Necesita aguantar los madrazos. No hay de otra. Ya lograste lo más difícil, que era debutar. Ahora te toca aguantar".

El 21 de diciembre del mismo año, Malagón llegó al América. Tres títulos después, Ochoa está en la banca del torneo más grande del mundo, sexto mundial, récord absoluto. Y Malagón lo ve desde casa con la pierna en recuperación y algo que no termina de ser rencor ni tristeza ni admiración, sino todo eso junto, revuelto, sin nombre todavía.

"Conmigo fue muy bueno en su momento. Tenemos una historia que en su momento va a salir".

El partido inaugural es en tres días. México debuta contra Sudáfrica en el Azteca. La ciudad hierve. Los espectaculares con la cara de Malagón siguen ahí, inalterados, como si no supieran.

Él dice que le quedan diez u once años más de carrera. Sostiene que el portero entre más grande se hace mejor y que le llegó rápido la oportunidad del Mundial. Quiere dos títulos más con el América antes de retirarse. Que la recuperación avanza y que espera volver en menos de dos meses.

Dice todo eso con orden, con calma, con la cabeza ya más ligera, como explicó al principio.

Y luego, casi al final, sin que nadie se lo pida, voltea la muñeca.

El as de carta. El trazo en servilleta de un abuelo que ya no está. La cosa más pequeña que carga y la más pesada.

"Ahorita que estoy triste —dice— volteo el tatuaje. Y es como si estuviera el viejo ahí".

El Mundial arranca sin él. La ciudad sigue cubierta con su cara por todas las campañas publicitarias que había porque se confiaba que él sería el titular. Y Luis Malagón mira el brazo y aguanta. Como siempre. Como le enseñaron.


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Mario Palafox
MARIO PALAFOX

Editor SR en Sports Illustrated México. 25 años de experiencia en medios. Ha cubierto 4 Copas del Mundo, Juegos Olímpicos, Fórmula Uno, NBA, NFL.