Lo que no se ve en el marcador: la nutrición que sostiene al Tri

Son las once de la noche en Hiroshima y a Mayte Martínez le acaban de decir que el desayuno de la selección mexicana, por la mañana del otro día, va a ser sopa de miso y ensalada. No hay huevo. No hay fruta. No hay nada de lo que ella mandó por escrito hace semanas, revisado, aprobado, traducido. Está el auxiliar japonés llamado Riota que hace de intérprete de emergencia y una aplicación de celular que, dice ella, se volvió su mejor amigo en ese viaje.
Es plena pandemia. Las tiendas cierran a las siete de la noche y nadie puede salir ni entrar a una cocina ajena por protocolo sanitario. "Por favor", le dice Mayte al personal del hotel, casi en súplica, "me van a matar el primer día en Japón". Termina la noche con huevo revuelto, hot cakes improvisados y unos frijoles que ella misma cargó desde México en una bolsa, por si acaso.
Nadie en la cancha sabe esto. Nadie tiene por qué saberlo. Pero ahí, en esa cocina a medianoche, está una parte entera del futbol que no aparece en las gráficas ni en las transmisiones: la logística de alimentar a una selección nacional, partido tras partido, país tras país, durante diez años.
Mayte Martínez fue nutrióloga de las selecciones nacionales mexicanas —femenil y varonil, desde fuerzas básicas hasta la mayor, pasando por la olímpica, el futsal y el futbol playa— durante una década. Vio pasar a siete técnicos solo en la rama varonil mayor. Estuvo en más de veinte torneos internacionales. Y aprendió, antes que nada, que el trabajo empieza meses antes de que alguien patee un balón.
"Son muchos procesos que muchas personas desconocen, o que yo misma desconocía antes de estar ahí", explica. Un menú de Mundial se manda con medio año de anticipación, para que la FIFA lo revise. El área de nutrición trabaja pegada a la de operaciones: a qué hora llega el vuelo, si hay escala, qué se puede comer en el aire y qué hay que llevar empacado.
"Los menús nos los pedían desde meses, así de 6 meses antes, mándame el menú de este el mundial porque ya lo hay que revisarlo con FIFA", cuenta Maite Martínez. Nutrición trabaja entonces pegado al área de operaciones: a qué hora llega el vuelo, si hay escala o si se viaja directo, qué se puede comer en el aire y qué hay que cargar desde México por si el país anfitrión no lo tiene. Todo eso se resuelve meses antes de que un solo jugador pise el campo, para que el día del partido nadie tenga que improvisar nada más que el resultado.
Después viene el día a día de la concentración, que ella describe casi como una coreografía: mediciones de composición corporal en ayunas a las siete de la mañana —porque pesar a alguien antes o después de desayunar arroja números distintos—, supervisión de desayuno, entrenamiento e hidratación, comida de recuperación, entrenamiento de tarde, cena, y un último movimiento que durante años no existió: un snack nocturno.
Ese snack nocturno nació de la experiencia, no del manual. "Antes, por ejemplo, esto no había. ¿Qué pasaba? Que el jugador a las tres de la mañana tenía hambre", cuenta. Si no se le ofrece algo sano a esa hora, el jugador busca. Y lo que encuentra, en cualquier concentración del mundo, son tacos y alitas.
En plena pandemia, con los equipos encerrados en burbuja durante meses, esa búsqueda nocturna se volvió casi un juego de vigilancia: "de repente nada más escuchaba de seguridad: 'oye, pidieron unas alitas'", recuerda, entre risas. Un yogur en la habitación, a tiempo, resolvía lo que ninguna charla de nutrición lograba resolver con sermones.
La comida, en una selección nacional, no es solo combustible: es también diplomacia. En un Mundial sub-20 femenil en Papúa Nueva Guinea, los anfitriones quisieron honrar a la delegación mexicana con un platillo especial la noche antes de un partido: cocodrilo. Mayte tuvo que decir que no sin decir que no.
"Yo creo que la parte humana nunca hay que ser grosera", explica. Agradeció el gesto, explicó que las jugadoras no estaban acostumbradas a ese tipo de carne y que no era el mejor momento para experimentar antes de competir, y dejó que el personal de logística, libre de esa exigencia deportiva, probara el cocodrilo en su lugar. Nadie se ofendió. Nadie se enfermó.
Detrás de cada plato hay también ciencia y cada vez más. Mayte tiene certificación ISAK de cineantropometría —la metodología internacional para medir pliegues de grasa subcutánea con precisión homologable—, lo que le permitía, dice, "hablar el mismo idioma" con un colega en Holanda o en Argentina. La selección mexicana, después de años de gestión, consiguió un equipo DEXA, el estándar mundial para medir composición corporal.
Y todo suplemento que llega a un jugador pasa primero por su revisión: número de lote, certificado libre de dóping. "Si se lo toma y sale dóping, yo se lo recomendé", explica sobre el peso de esa responsabilidad. El riesgo, dice, es mucho mayor en categorías menores, donde algún familiar bien intencionado manda "vitaminas" de frasco sin saber exactamente qué contienen, que en la selección mayor, donde una carrera entera puede estar en juego.
Lo más duro, sin embargo, no fueron los Mundiales. Fueron las eliminatorias por Centroamérica. "Es difícil incluso por el trato que nos tienen como mexicanos", dice y recuerda que en alguna gira le llegaron a aventar objetos mientras acomodaba los box lunch del equipo. La logística ahí no se parece a la de un Mundial, donde todo está controlado por la organización: en Centroamérica había que resolver, partido tras partido, dónde cenar después del encuentro, qué comida no se iba a descomponer en el trayecto al aeropuerto, qué cocina local era segura y cuál no.
Y entonces está México 2026, que para ella no es un torneo más: es, por primera vez en una década de carrera, jugar en casa. "Siempre lo vi como ventaja", dice sobre el Azteca y la sede mexicana. No hay que adaptar el paladar de los jugadores a una cultura ajena, no hay que importar frutas ni explicarle a un cocinero extranjero por qué en México se prefiere la carne bien cocida, no hay que cargar frijoles en una maleta por si la cocina del hotel se queda corta. Hay, después de Papúa, después de Hiroshima, después de las eliminatorias hostiles, algo tan simple como cocinar en casa, con lo de casa, para los de casa.
Le pregunto, al final, qué le gustaría que se dijera de ella cuando alguien más ocupe su lugar. Lo piensa un segundo y responde con una palabra, la misma que usó para definir, en una sola frase, diez años de su carrera: Servicio.
