Messi y Scaloni: veinte años para volver al mismo abrazo. La segunda vida de Lionel, de las derrotas a la eternidad

Leipzig fue el principio. Nueva Jersey puede ser el final. Entre una ciudad y otra caben veinte años, seis Copas del Mundo, un retiro que nunca fue definitivo, cuatro finales perdidas antes de tocar la gloria, un título que cambió para siempre su historia y un abrazo con Lionel Scaloni que terminó convirtiéndose en el símbolo de la transformación más extraordinaria que ha vivido un futbolista en los Mundiales.
Messi jugará su tercera final de un Mundial
Messi jugará su tercera final de un Mundial / Buda Mendes/Getty Images

Leipzig, Alemania. 16 de junio de 2006.

Un chico de 18 años entra al césped del Zentralstadion cuando faltan apenas 16 minutos para terminar el partido entre Argentina y Serbia y Montenegro. Han pasado solo diez días desde que cumplió la mayoría de edad y el mundo ya le exige convertirse en el heredero de Diego Armando Maradona.

Recibe la pelota dentro del área, gira sobre sí mismo y define con una serenidad impropia para alguien que apenas comienza a escribir su historia. Es su primer gol en una Copa del Mundo.

Mientras corre hacia el centro del campo, un lateral derecho de 28 años lo alcanza por detrás. Le da una patada cómplice, lo abraza y celebra como si acabara de descubrir que el futuro ya estaba ahí.

Se llama Lionel Scaloni.

Ninguno de los dos puede imaginar que ese abrazo volverá a repetirse dieciséis años después, ya no como compañeros de equipo, sino como entrenador y capitán, con la Copa del Mundo entre las manos. Tampoco saben que aquel gol será el primero de una colección que veinte años más tarde convertirá a Lionel Messi en el máximo goleador de la historia de los Mundiales y en el único futbolista capaz de disputar seis ediciones del torneo.

Pero antes hubo que perder casi todo.

Alemania 2006 termina en los cuartos de final. José Pekerman decide dejar a Messi en la banca durante la eliminación frente a los anfitriones y la sensación es que todavía habrá tiempo. Su estreno mundialista deja tres partidos, un gol y una asistencia. Era apenas el prólogo.

Cuatro años después, en Sudáfrica, llega el primer gran golpe personal. Argentina vuelve a encontrarse con Alemania y vuelve a caer, ahora por un contundente 4-0. Messi juega los cinco partidos del torneo, genera una asistencia, pero no consigue marcar un solo gol. El mejor futbolista del planeta seguía sin encontrar su Mundial.

Brasil 2014 parece cambiar el destino. Marca cuatro goles, da una asistencia, conduce prácticamente solo a la Albiceleste hasta la final y recibe el Balón de Oro del torneo. Sin embargo, el reconocimiento individual sabe a consuelo cuando Mario Götze marca en el tiempo extra y Alemania vuelve a levantar la Copa delante de él.

Entonces llegó el momento más oscuro.

En 2015 pierde la final de la Copa América frente a Chile.

En 2016 la historia vuelve a repetirse. Otra final contra Chile. Otro empate. Otra definición por penales. Messi falla el suyo.

Minutos después, frente a los micrófonos, pronuncia una frase que paraliza al futbol mundial. "Se terminó para mí la Selección”.

Había perdido cuatro finales en apenas tres años.

Argentina entera intentó convencerlo de regresar. Lo hicieron sus compañeros, los aficionados, los dirigentes y hasta sus rivales. Meses volvió. Nunca explicó del todo por qué se había ido. Tampoco por qué decidió regresar.

Simplemente volvió.

Rusia 2018 confirmó que la herida seguía abierta. Un solo gol y dos asistencias en cuatro partidos, una selección sin rumbo y una eliminación en octavos de final frente a Francia parecían cerrar definitivamente una historia de frustraciones.

Después de cuatro Mundiales, el balance resultaba impensable para el mejor futbolista de su generación.

Había disputado 19 partidos, marcado seis goles y repartido cinco asistencias. Había sido el mejor jugador del planeta durante más de una década, pero seguía sin levantar la Copa del Mundo.

Ahí reapareció Scaloni.

Ya como entrenador interino, sin siquiera tener asegurada la continuidad, tomó una decisión que cambiaría la historia del futbol argentino.

No construir un equipo alrededor de las figuras. Construir un equipo alrededor de Messi.

Junto con Pablo Aimar llamó por teléfono al capitán. La conversación duró apenas veinte minutos. Messi todavía dudaba si volver.

"Ustedes están locos", respondió entre risas. Antes de colgar, Scaloni le dejó una frase que terminaría siendo una promesa.

"Ojalá tengas ganas de volver. Hay una buena camada”. La revolución comenzó silenciosamente.

Los nombres que habían acompañado a Messi durante más de una década fueron dejando su lugar. Mascherano ya no estaba. Higuaín tampoco. Agüero se marchó. Di María dejó de ser el centro del proyecto para convertirse en un complemento.

En cambio aparecieron Rodrigo De Paul, Lautaro Martínez, Cristian Romero, Nahuel Molina, Enzo Fernández, Alexis Mac Allister y Emiliano Martínez.

No crecieron compitiendo con Messi. Crecieron admirándolo. No querían ocupar su lugar.Querían ayudarlo a llegar donde tantas veces se había quedado a un paso.

El vestuario cambió. Y Messi también.

El primer premio llegó en el Maracaná. La Copa América de 2021 rompió una sequía de 28 años para Argentina y liberó una presión que parecía imposible de sostener.

Lo mejor, sin embargo, todavía estaba por venir. En Catar 2022 apareció el mejor Messi que había visto una Copa del Mundo.

Jugó los siete partidos, marcó siete goles, dio tres asistencias y apareció en cada uno de los momentos decisivos para conducir a Argentina hasta una final inolvidable frente a Francia.

En medio de ese recorrido dejó una escena que terminó siendo tan icónica como cualquiera de sus goles.

Después de eliminar a Países Bajos, mientras Wout Weghorst intentaba acercarse, Messi lo miró fijamente y lanzó una frase que recorrió el planeta en cuestión de minutos.

"¿Qué mirás, bobo?". No fue solamente una respuesta. Fue el desahogo de dieciséis años de críticas, derrotas y finales perdidas.

Días después levantó la Copa del Mundo. La última deuda de su carrera había desaparecido. Muchos pensaron que ahí terminaba la historia.

Messi decidió escribir otro capítulo.

En Norteamérica 2026 ya no llegó como el heredero de Maradona ni como el mejor futbolista del planeta. Llegó como campeón del mundo.

El estreno fue un mensaje. Triplete frente a Argelia para comenzar la defensa del título. Después llegaron los dobletes, las asistencias y un nuevo récord: superó los 16 goles de Miroslav Klose para convertirse en el máximo goleador en la historia de los Mundiales.

En los cuartos de final, después de vencer a Suiza en tiempo extra, dejó entrever que el paso del tiempo también juega. "Fue un triunfo muy duro", reconoció.

La semifinal frente a Inglaterra volvió a demostrar por qué sigue siendo diferente.

Argentina perdía 1-0 hasta el minuto 84. Entonces apareció Messi. Recibió de espaldas, esperó el movimiento de Enzo Fernández y le regaló el empate.

En el tiempo agregado volvió a levantar la cabeza y encontró a Lautaro Martínez para el 2-1 definitivo. Dos asistencias. Siete minutos. Otra final del mundo.

Lo hizo con dos futbolistas que ni siquiera formaban parte de la Selección cuando Scaloni imaginó aquella "buena camada" durante una llamada telefónica años atrás.

Ese también es su legado. Los números terminan de explicar una transformación que parecía imposible.

En Alemania 2006 disputó tres partidos y dejó un gol y una asistencia. En Sudáfrica 2010 jugó cinco encuentros y repartió una asistencia, pero no pudo marcar.

Brasil 2014 fue su primera gran explosión: siete partidos, cuatro goles y una asistencia para llevar a Argentina hasta la final.

Rusia 2018 volvió a ser un torneo de resistencia: cuatro partidos, un gol y dos asistencias en medio de una selección que nunca encontró el rumbo.

Entonces llegó el renacimiento.

En Catar 2022 firmó siete goles y tres asistencias en siete partidos para conquistar la Copa del Mundo.

Y en Norteamérica 2026 elevó todavía más la vara: siete encuentros, ocho goles y cuatro asistencias para conducir nuevamente a la Albiceleste hasta la final.

La evolución resulta extraordinaria.

En sus primeros cuatro Mundiales disputó 19 partidos, marcó seis goles y repartió cinco asistencias.

En sus dos últimos acumula 14 partidos, 15 goles y siete asistencias.

Marcó más del doble de goles en sus dos últimas Copas del Mundo que en las cuatro anteriores juntas.

Y dio más asistencias que en toda la primera mitad de su carrera mundialista.

La mayoría de los futbolistas vive sus mejores Mundiales entre los 22 y los 30 años.

Messi encontró los suyos después de los 35.

Antes era el joven que debía cargar con una selección entera. Hoy es el veterano que la guía.

Antes convivía con una generación que compartía el peso de las expectativas.

Ahora lidera a una generación que creció viéndolo por televisión, que aprendió a ganar a su lado y que juega para que él siga escribiendo la historia.

El próximo 19 de julio, en Nueva Jersey, Lionel Messi disputará la tercera final mundialista de su carrera frente a España.

Habrán pasado exactamente veinte años desde aquel primer gol en Leipzig.

Y mientras el mundo mire al capitán argentino caminar hacia otra final, en el banco estará el mismo hombre que lo abrazó cuando todo apenas comenzaba.

Hay historias que necesitan una vida para encontrar sentido. La de Lionel Messi empezó con un abrazo en Leipzig.

Veinte años después, ese abrazo sigue llevando a Argentina hacia la gloria.


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Mario Palafox
MARIO PALAFOX

Editor SR en Sports Illustrated México. 25 años de experiencia en medios. Ha cubierto 4 Copas del Mundo, Juegos Olímpicos, Fórmula Uno, NBA, NFL.