México revive su historia y vence a Brasil en una noche de leyendas

El reloj avanzó, pero el futbol retrocedió en el Estadio Azteca. Entre ovaciones a Ronaldinho y memoria tricolor, México derrotó a Brasil con un doblete de Oribe Peralta y un gol de Luis Hernández en un partido donde el resultado fue lo de menos y el recuerdo, fue todo.
El tiempo no pasó en el Estadio Azteca. O al menos eso pareció durante noventa minutos en los que la memoria se volvió presente, donde las piernas ya no eran las de antes, pero el talento sigue intacto. México venció a Brasil en el partido de Leyendas, pero el marcador fue apenas un pretexto: la verdadera victoria fue del recuerdo.
Desde el calentamiento, Ronaldinho marcó el ritmo de la tarde. Cada toque suyo fue ovacionado, cada gesto técnico celebrado como si el calendario no existiera. Detrás, Kaká; del lado mexicano, Rafael Márquez y Cuauhtémoc Blanco completan el póker de ídolos que encendía a la tribuna incluso antes del silbatazo.
Brasil golpeó primero, fiel a su naturaleza. Al minuto 15, Ronaldinho dibujó una jugada de otra época: túnel a Gerardo Torrado, pausa, mirada al frente y pase filtrado para Adriano, que resolvió con un toque por encima de Oswaldo Sánchez. La jugada no solo abrió el marcador; encendió al estadio entero.
Pero México respondió con memoria propia. Al 18, Jared Borgetti filtró un balón preciso para Luis Hernández, quien definió con un bombeo elegante ante la salida de Julio César. Era el empate, pero también un guiño a otra generación.
El partido se volvió ida y vuelta, con momentos de pausa que el público llenó con olés, la ola y cánticos que anticipan el Mundial que está por venir. Brasil volvió a adelantarse con Kaká, que desbordó y definió con clase. Y otra vez México encontró respuesta: al 37, Oribe Peralta apareció en el área para empatar, como si el tiempo lo hubiera regresado a Londres 2012.
El descanso no rompió la narrativa; la amplificó. Música mexicana y brasileña, fuegos artificiales y un homenaje a los ausentes envolvieron la cancha en una atmósfera emocional, de esas que solo el futbol sabe construir.
En el segundo tiempo, el ritmo bajó, pero no la intención. Ronaldinho siguió siendo el eje hasta el minuto 56, cuando salió entre una ovación total. Se detuvo, giró sobre sí mismo y agradeció al público al hacer una reverencia a los cuatro puntos cardinales del estadio. Fue el último acto de la figura central de la noche. Como aquella noche del 18 de abril de 2015, cuando el estadio también lo ovacionó por marcar dos goles al América.
México, entonces, tomó el control. Tocó, movió, insistió. Y encontró recompensa al 67: Oribe Peralta firmó su doblete al aprovechar un rebote en el área y definir con un nuevo toque por encima del arquero. El 3-2 ya no se movería.
Los últimos minutos fueron un ritual colectivo. Volvieron los cambios, regresaron los nombres y la tribuna se entregó al “Cielito Lindo” mientras el balón rodaba con menos prisa. Brasil intentó con los regresos de Adriano y compañía, pero la historia ya estaba escrita.
No fue un partido más. Fue un espejo. Uno en el que México volvió a vencer a Brasil en su casa, como en la Copa Confederaciones 1999, pero sobre todo, uno en el que miles recordaron por qué se enamoraron de este juego.
Al final, el futbol cumplió su promesa más simple: hacer eterno lo que, en realidad, solo dura un instante.
