Murió Alejandro Burillo, el arquitecto del deporte como industria en México

Hay figuras que pasan por el deporte. Y hay otras que lo reconfiguran hasta que su ausencia se vuelve visible en cada estructura que dejaron. La muerte de Alejandro Burillo Azcárraga no cierra una carrera: expone una arquitectura. La suya fue una idea insistente, a ratos incómoda, el deporte como industria antes que espectáculo, como plataforma antes que resultado. La vida de Burillo no se entiende desde los trofeos, sino desde las estructuras. Su historia no avanza en línea recta, sino en capas: futbol, tenis, televisión, empresas.
En 1996 decidió hacerlo explícito y fundó Grupo Pegaso. No era solo una empresa; era un modelo. Bajo ese nombre reunió piezas que, en apariencia, no pertenecían al mismo mapa: el Abierto Mexicano de Tenis, eventos de gimnasia, torneos de pádel y el control de un club histórico como el Atlante Futbol Club. Lo que otros veían como disciplinas aisladas, él lo ordenó como portafolio.
Su entrada al futbol había comenzado antes, en 1994, cuando adquirió parte del Atlante. Para 1996 ya dominaba el 90% del club. Era una época distinta, donde la multipropiedad era una herramienta más que un problema y Burillo la utilizó a fondo: llegó a tener tres equipos en Primera División y dos más en categorías inferiores. No se trataba solo de competir, sino de ocupar espacio.
El Atlante fue su proyecto más visible y, con el tiempo, el más frágil. Lo movió, lo adaptó, lo empujó a buscar nuevas plazas en un futbol que empezaba a depender tanto del mercado como de la política. En Cancún encontró un punto de equilibrio que pareció definitivo. El título del Apertura 2007, en el primer torneo del club en el Caribe, fue la confirmación de que su intuición podría traducirse en éxito deportivo. Aquel equipo llegó incluso al escenario global, donde se cruzó con el FC Barcelona de Josep Guardiola en el Mundial de Clubes. Era, en cierto modo, la validación de su ambición.
Pero también fue el principio del cierre. Con el paso de los años, el modelo se desgastó: se diluyeron los apoyos gubernamentales, se redujo el interés de patrocinadores y el Atlante dejó de ser una operación sostenible. El equipo terminó reflejando una constante del propio Burillo: su capacidad para construir, pero también la dificultad para sostener en entornos que exigían otra lógica.
Si el Atlante fue su laboratorio, el Centro de Alto Rendimiento de la Federación Mexicana de Futbol fue su legado más tangible. Nació como una iniciativa privada —Centro Pegaso— y terminó convertido en el núcleo operativo de la Selección Mexicana de Futbol. Su origen tiene algo de síntesis: el dinero de una promoción que salvó al Atlante del descenso en 2001 se transformó en infraestructura. Y esa infraestructura, con el tiempo, quedó en herencia.
Burillo lo entregó a la federación descontando ese mismo monto. No fue un gesto simbólico, sino una operación coherente con su manera de entender el deporte: como algo que se construye para durar más allá del resultado inmediato.
Su influencia también atravesó los niveles más altos de decisión. Desde su papel en el Consejo de Futbol de Grupo Televisa hasta su participación en la reconfiguración de la selección rumbo al Mundial de 2002, Burillo operó en esos espacios donde el futbol deja de ser juego y se convierte en sistema. Incluso vistió al equipo nacional con su marca Aba Sport, integrando negocio y representación en una misma narrativa.
Sin embargo, fue en el tenis donde encontró su obra más estable. Cuando tomó control del Abierto Mexicano de Tenis en 1997, el torneo era relevante, pero limitado. Al trasladarlo a Acapulco en 2001, lo convirtió en destino. A partir de ahí, la estrategia fue constante: elevar su nivel competitivo, atraer figuras internacionales, construir infraestructura, consolidar una experiencia. Por sus canchas pasaron nombres como Rafael Nadal, David Ferrer, Carlos Moyá y Venus Williams. El torneo dejó de pertenecer solo al calendario para insertarse en la conversación global.
Su salida de Televisa en el año 2000, tras vender sus acciones a Emilio Azcárraga Jean, marcó un punto de quiebre. Fue, en muchos sentidos, empezar otra vez. Pero también reafirmar su vocación: la de construir desde fuera, desde sus propias reglas. Grupo Pegaso se expandió hacia otros sectores —telefonía, banca, hoteles, medios—, pero el deporte siguió siendo el hilo conductor.
La muerte de Alejandro Burillo no deja un vacío fácil de nombrar. No es la ausencia de un dirigente, ni la de un propietario, ni siquiera la de un promotor. Es la de alguien que entendió el deporte mexicano como un sistema que podía ser intervenido, reorganizado, explotado y, en ciertos momentos, elevado.
Su legado no es un campeonato ni un torneo específico. Es un conjunto de estructuras que siguen funcionando: un centro donde entrena una selección, un torneo que proyecta a México al mundo, un modelo empresarial que, con sus aciertos y contradicciones, cambió la manera de mirar el deporte en el país.
Porque Burillo no dejó solo resultados. Dejó condiciones. Y esas, en el tiempo, siempre pesan más.
