Obed Vargas, el mexicano que creció en Alaska y que jugará con el Atlético

Cuando el Mundial de 2026 comience, Obed Vargas sentirá que el torneo se juega en casa. Pero “casa”, para él, nunca ha sido una sola palabra. Será el Azteca. Será Guadalajara. Será México. Pero también serán los inviernos interminables de Anchorage, Alaska. Las canchas mojadas de Seattle. Y ahora, otro escenario se suma a su mapa personal: Madrid.
Antes de hablar del Azteca lleno, del himno y del Mundial de 2026, hay otro escenario que vive en la cabeza de Obed Vargas desde hace años: Europa. No como fantasía lejana, sino como una meta construida paso a paso. Como el siguiente salto natural en la vida de un futbolista que nunca tuvo un solo hogar, un solo país, ni un solo camino.
“Tengo metas de llegar allá, pero si es el momento adecuado para mi familia y para mí, estoy abierto a lo que venga. ¿Un equipo en especial? Sueño con jugar en el que me dé la oportunidad”, expresó en entrevista con Sports Illustrated. Europa no era un capricho, era un objetivo. No hablaba de escapar. Hablaba de estar listo.
Su historia ya no es solo la del joven talento bicultural que eligió representar a México. Ahora es la de un futbolista que cruzó el Atlántico para vestirse de rojiblanco, para entrar a uno de los entornos más exigentes de Europa: el Atlético de Madrid. Su vida siempre se ha movido entre mundos. Hoy, su carrera también. Y en medio de todo, un mismo horizonte: cantar el himno mexicano en un Mundial jugado en casa.
Obed pasa de ser una promesa en desarrollo a un futbolista que entrena donde cada balón se disputa como si fuera el último, donde el orden táctico es religión y el sacrificio no es discurso, es requisito. El Atlético parece un escenario diseñado para él. Vargas no llega como figura, llega como proyecto. Y ese contexto lo define: disciplina, recorrido, capacidad para sostener el ritmo, entender el juego sin necesidad de reflectores.
“Puede ser un poco de todo: Seattle, Europa, México, la selección… La vida da muchas vueltas y no sabes dónde puedes terminar. Yo no le cierro las puertas a ningún lado”, explicó con naturalidad en la misma charla con Sports Illustrated.
Es el tipo de mediocampista que equilibra equipos. El que permite que otros brillen. El que se nota más cuando falta. Europa no es el final de su historia. Es la prueba más dura de que está listo para lo que viene. Su fichaje por el Atlético de Madrid no es solo un cambio de liga. Es un cambio de ecosistema
Su historia empezó entre la nieve de Alaska, creció bajo la lluvia de Seattle y se sostiene sobre raíces mexicanas. Ahora, su brújula apunta al otro lado del Atlántico. No para escapar, sino para competir donde el futbol se mide al límite. Y en el fondo de ese trayecto, siempre aparece la misma imagen: vestir la camiseta de México en un Mundial jugado en casa.
Un mexicano nacido entre la nieve
Obed Vargas nació en Anchorage, Alaska, tierra de hielo, montañas y auroras boreales. Allí, donde el futbol no era prioridad, sus padres —inmigrantes mexicanos— le enseñaron a correr detrás de un balón en canchas cubiertas de nieve.
“Es la vida de un inmigrante”, contó en entrevista con Sports Illustrated. “Mis papás no hablaban inglés, no conocían a nadie, pero salieron adelante”.
Su infancia fue una mezcla constante: tacos y hamburguesas, inglés en la escuela y español en casa, frío ártico afuera y calor familiar dentro. Entre esos contrastes construyó su identidad: mexicano por sangre, estadounidense por entorno, futbolista por convicción.
“A veces uno vive la clásica del mexicoamericano: ni de aquí ni de allá. Pero yo lo vivo con orgullo”.
A los 13 años dejó Alaska para integrarse a la academia del Seattle Sounders. Fue su primer gran salto: cambiar hogar por vestidor, comodidad por competencia.
Debutó en la MLS a los 15 años, se consolidó como titular como menor de edad y se convirtió en uno de los mediocampistas más interesantes de la liga.
Mediocentro moderno, capaz de recuperar, distribuir y llegar al área. Inteligente tácticamente, con lectura de juego, buen pie y una madurez que suele tardar años en aparecer. Pero mientras crecía en Estados Unidos, su mirada ya estaba más lejos.
Para Vargas, el futbol europeo representa otra cosa: exigencia diaria, ritmo alto, presión constante, táctica milimétrica. El lugar donde los errores pesan y el crecimiento se acelera.
No es una cuestión de prestigio, es de formación. De medirse contra jugadores hechos en entornos donde competir es cultura.
Su perfil encaja con ese reto: disciplina táctica, recorrido, lectura de juego, capacidad para sostener el equilibrio del equipo. Es el tipo de mediocampista que no siempre aparece en las portadas, pero sostiene estructuras. Europa, para él, no es el final. Es la prueba de que puede dar el siguiente paso.
En medio de ese camino, tomó la decisión que definió su identidad futbolística: dejar las selecciones juveniles de Estados Unidos y representar a México. “Sabía que mi selección era México”, explicó. “Cuando llegué, me recibieron con los brazos abiertos”. No fue solo una elección deportiva. Fue personal. Representar la historia de su familia, de quienes cruzaron fronteras sin perder raíces.
“Ser mexicano es un punto de orgullo por lo que representa mi familia, mi cultura. Lo llevo en la sangre, aunque haya nacido entre la nieve”.
Europa en la cabeza, el Azteca en el corazón
Su carrera avanza con una idea clara: crecer al máximo nivel para llegar listo a 2026.
El próximo Mundial se jugará en Estados Unidos, Canadá y México. En sus dos mundos. Pero quiere llegar con una tercera escuela encima: la experiencia de competir en Europa.
“Jugar un Mundial ya es una motivación enorme, pero hacerlo en México, frente a tu gente, eso no tiene comparación”.
Entre la nieve de Alaska, la lluvia de Seattle y el sueño europeo que lo impulsa, Obed Vargas representa a una generación que no tiene que elegir entre sus raíces y su futuro.
Persigue dos cosas al mismo tiempo: cruzar el océano para probarse en el futbol de talla grande. Y volver, algún día, al Azteca con la camiseta de México, listo para el momento más importante de su vida: con el estadio lleno, el himno que se escuche a todo pulmón, su familia en la tribuna y una historia que empezó lejos, pero siempre a la mexicana.
