“Tenemos que creérnosla”: Luis Chávez y el peso del Mundial en casa

Luis Chávez habla bajito. Lo ha hecho siempre: en Cihuatlán, de niño, cuando el futbol era todavía una promesa sin forma; en los vestidores de Mazatlán y Pachuca, cuando empezó a convertirse en jugador; en Qatar, cuando se paró frente al mundo y lo hizo callar con un zurdazo que todavía duele no haber aprovechado. Nunca ha necesitado levantar la voz para hacerse notar. Ahora vuelve a tocar la puerta de un Mundial después de atravesar la etapa más dura de su carrera y sigue igual. Habla bajito. Y se hace notar. Esa es su manera.
Está sentado en la concentración de la selección mexicana, a trece días del partido inaugural, y habla de la misma forma de siempre. Tranquilo. Medido. Como si las palabras también tuvieran que ganarse su lugar antes de salir. Hace apenas unos meses, este momento parecía imposible.
La lesión —una rotura de ligamento cruzado anterior en la rodilla derecha— llegó en el peor momento: justo cuando Javier Aguirre empezaba a trazar los contornos de la lista definitiva para 2026. Mientras sus compañeros acumulaban minutos y argumentos, Chávez tuvo que aprender a competir desde otro sitio, uno sin balón ni tribuna: el de la paciencia. Recuperarse en silencio. Esperar que el cuerpo respondiera. Resistir el miedo de que la lista se cerrara sin su nombre.
"Pasé por un momento difícil", dice, en esa frase corta caben meses de incertidumbre, de fisioterapia, de madrugadas contando días. "Pero me siento listo para competir por un lugar". Lo dice sin énfasis, sin necesidad de convencer a nadie. O quizá convenciéndose a sí mismo, que es lo más difícil.
En Qatar fue una sorpresa. Llegó sin el peso de las expectativas y terminó siendo una de las imágenes más nítidas de aquella selección: la personalidad para pedir la pelota en los momentos difíciles, la calma que contagiaba en medio del caos, ese zurdazo iracundo contra Arabia Saudita que no sirvió de nada porque México, como tantas otras veces, no supo sostener lo que había construido. Terminó en la primera fase, algo que no ocurría desde Argentina 1978. Chávez se fue con la medalla amarga de haber jugado bien en un torneo que su país no supo avanzar.
Ahora la historia pesa diferente. "En ese momento nadie esperaba nada de mí", admite. "Hoy es otro tipo de responsabilidad. Después de lo que viví en ese Mundial y lo que me tocó vivir después en la selección, se esperan cosas importantes de mí." No lo dice como queja. Lo dice como quien ha decidido aceptar lo que viene y cargar con ello.
La deuda, de todas formas, no es solo suya. Es de toda una generación que ha visto a México jugar cinco, seis, siete Mundiales con los hombros encogidos, esperando que el rival se equivoque en lugar de salir a imponerse. Chávez lo nombra con una claridad que incomoda: "En Qatar entramos un poco desconfiados, estando a la expectativa. Eso no puede pasar ahora. Tenemos que salir con todo a buscar la victoria". Luego, más despacio, como si fuera la frase que mejor define lo que este grupo necesita cambiar: "Tenemos las cualidades como futbolistas, pero tenemos que creérnosla".
"Nunca me alejé de eso. El haber vivido esta etapa cerca de mi hijo, de mi mujer, me ayudó a mantenerme tranquilo".
- LUIS CHÁVEZ
Javier Aguirre les ha insistido en eso desde que tomó el mando. Chávez lo repite como si fuera una obsesión nueva dentro del grupo. La verdadera batalla de esta selección no es táctica: es convencerse de que puede competir contra cualquiera en su propia Copa del Mundo.
Durante la recuperación encontró refugio lejos de las canchas. No había método ni protocolo. Fue lo de siempre, lo más viejo: la familia, la fe, la rutina pequeña de los días en casa. Su hijo. Su esposa. Dios. "Nunca me alejé de eso", dice. Hay algo en esa frase que va más allá del futbol: habla de un hombre que encontró su centro mucho antes de que cualquier lesión pudiera quitárselo. Por momentos, parece hablar más como alguien que sobrevivió al miedo que como un futbolista peleando una convocatoria. Y quizá no son cosas tan distintas.
Por eso ahora, cuando hay dudas sobre su lugar en la lista de los veintiséis, él sigue sin darlo por hecho. "Estoy listo para competir por un lugar. Ya el técnico decidirá". La prudencia no es pose. Es la misma voz de siempre. Pero detrás hay algo evidente: Luis Chávez no quiere perderse este Mundial. No después de todo lo que tuvo que atravesar para volver. "Le tengo demasiadas ganas, y más después de lo que me pasó".
México también llega así a 2026: golpeado, presionado, con la sensación de que ya no puede conformarse con participar. Chávez lo entiende. Lo siente. Lo carga. "No solamente en este Mundial. Han pasado varios Mundiales donde la gente esperaba más de nosotros. Este es el momento ideal para demostrar que estamos listos para otra cosa".
Afuera, el país ya empieza a llenarse de banderas. El ruido vuelve. La esperanza, otra vez, vuelve. Y Luis Chávez, en voz baja, pelea por estar ahí cuando todo eso explote. No como el jugador del que nadie esperaba nada. Sino como el que tiene algo que demostrar. La Copa del Mundo que soñó desde niño. La que ahora se jugará en casa.
