Julián Quiñones: de Venados de Yucatán a héroe de la selección

Descubre la historia íntima de Julián Quiñones en Venados de Yucatán, donde comenzó a ganar su primer sueldo profesional y lo mandaba a su familia en Colombia.
Julián Quiñones: la historia de sus inicios en Venados antes de brillar con México
Julián Quiñones: la historia de sus inicios en Venados antes de brillar con México / Kevin C. Cox/Getty Images

Antes de estar a un gol de alcanzar a Javier Hernández y Luis Hernández como máximos goleadores mexicanos en Copas del Mundo, Julián Quiñones jugó en un estadio de poco más de 15 mil lugares.

Antes del América, la selección mexicana y de convertirse en una de las caras ofensivas del Tri, el delantero nacido en Magüí Payán, Nariño, pasó por los Venados de Yucatán, un club que hoy compite en la Liga de Expansión, la segunda división del futbol mexicano, y que por años ha vivido lejos de las grandes vitrinas del balompié local.

Quiñones no tuvo su primera experiencia como profesional en un entorno cómodo.

Su primer examen real en México fue en la extinta Liga de Ascenso, en el Carlos Iturralde Rivero, una cancha que también impulsó a Henry Martín a que llegara al Tijuana, el América y la selección mexicana, con la que fue mundialista en 2022.

No son caminos idénticos, pero sí explican el valor de una plaza como Mérida: un lugar donde los delanteros no llegan hechos, sino a probar si pueden competir contra adultos.

Rodolfo Rosas, dueño del club, todavía recuerda a Quiñones jugando al FIFA. Tenía 18 años, hablaba poco y en los Venados parecía más un chico de fuerzas básicas que un refuerzo extranjero.

Lo veían sencillo, noble y pendiente de su familia, pero esa imagen cambiaba cuando entraba al campo. En la cancha pedía la pelota, encaraba y competía con una seguridad que no correspondía del todo con su edad.

“Era una persona muy humilde, de un carácter importante, pero era un niño sencillo. Estaba empezando a ganar algo de dinero. Los primeros sueldos que le empezamos a dar aquí en Venados, porque oficialmente era su primer sueldo profesional, lo mandaba a su familia, estaba muy pendiente de su mamá”, recordó Rosas, presidente del equipo, en entrevista con Sports Illustrated México.

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Quiñones llegó a comienzos de 2016, a préstamo de Tigres, en una operación que también explica la forma en la que los Venados entendían la Liga de Ascenso.


El club mantenía una relación cercana con equipos de Liga MX para recibir a préstamo a jugadores jóvenes que necesitaran minutos, sin embargo no todos los casos eran iguales.

Apostar por un colombiano sin experiencia contra profesionales y con una plaza de extranjero de por medio tenía algo de riesgo.

Miguel Fernández, director administrativo de los astados, cuenta que el nombre apareció en esas conversaciones con Tigres. En el cuadro regiomontano lo tenían identificado como un prospecto con buen perfil, dinámico y con características para una división en la que el roce y la experiencia pesaban.

Al equipo de Yucatán le tocaba decidir si ese talento que veían en videos podía trasladarse a una categoría que no siempre espera a los novatos.

“Vimos videos de él, información y en ese momento fue elegirlo a él. Nos llamó mucho la atención la dinámica que tenía, era muy joven, pero corrimos el riesgo de decir: creemos que es un jugador que puede hacer diferencia”, contó Fernández.

La decisión pasó por Marcelo Michel Leaño, entonces entrenador, y por el área deportiva.

Rosas reveló que Quiñones venía de hacer goles en las inferiores de los felinos, pero todavía estaba lejos de ser un nombre que atrajera a varios equipos.

Justo ahí estuvo la diferencia: ver algo donde otros quizá solo veían a un jugador demasiado joven para cargar con minutos en el Ascenso.

“Yo creo que no había tanta competencia por ficharlo porque era un jugador de 17 años y no todos los equipos apuestan por jóvenes. Creo que eso fue el diferencial de nosotros”, añadió Rosas.

En los primeros entrenamientos, Quiñones comenzó a marcar distancia. Fuera del campo podía ser callado, pero en la cancha jugaba con descaro, pedía la pelota y se animaba a encarar a futbolistas de mayor recorrido.

Rosas dijo que en los primeros tres partidos entendió que su paso por esa división no iba a ser largo, porque no era solo potencia o velocidad, sino la manera en la que competía.

“Era un niño, pero en la cancha era descarado en la forma de jugar, de agarrar la pelota, tenía mucho carácter en el campo. Ahí se veía la diferencia”, afirmó el jerarca del conjunto de Yucatán.

Fernández también lo ubica como un jugador que no se guardaba nada en los entrenamientos.

En un vestidor con gente de experiencia, llegó como un novato, no como alguien destinado a ordenar al grupo, pero su trabajo en la semana y su respuesta en los partidos le dieron otro lugar.

“Siempre estaba dando al máximo. Hay muchos jugadores que ves que se administran, que no están al cien en los entrenamientos. Él siempre quería más y nunca se quejaba de que si ya tardó la sesión de entrenamiento o si está cansado. Al contrario, siempre con muy buena postura para entrenar y meterle, con ánimo y alegría”, afirmó Fernández.

La noche que más se recuerda llegó ante Cruz Azul, en la Copa MX. Venados perdía 1-0 en el estadio Carlos Iturralde, lleno por la visita de uno de los clubes con más convocatoria del país.

Julián no había iniciado, entró en el tramo final y en cuestión de minutos cambió el partido. Primero empató y después apareció para darle la vuelta al marcador.

“Ese es el partido más icónico de Julián en el club. Íbamos perdiendo 1-0 con Cruz Azul y en los últimos minutos entró Julián. Empata, si no me equivoco de palomita, y luego cierra la pinza y le da la vuelta. Toda la grada, la porra empezó con el ‘venga Quiñones, venga Quiñones’. Se quitó la playera. Esa fue la noche de Julián Quiñones en Venados”, comentó Fernández.

La escena no terminó en la cancha. En el vestidor apareció el otro Julián: el que ponía música, bailaba, abrazaba y hacía reír a sus compañeros.

No había llegado con peso de líder, pero su manera de ser empezó a pesar en el grupo, sobre todo en noches como esa, cuando el futbol ya le había dado permiso de soltarse.

“Fue donde más bailó, en la que más abrazó y más rió”, agregó Fernández.

Venados quiso retenerlo otro semestre, pero Tigres no extendió el préstamo. El artillero se fue con seis goles entre Liga de Ascenso y Copa MX, pero ese paso terminó siendo el primer punto visible de una ruta que después tomó otra velocidad.

De Yucatán siguió a Lobos BUAP en la Liga MX, donde dejó de ser solo un prospecto de Tigres y empezó a sonar con más fuerza en Primera División.

Ahí confirmó que lo de Venados no había sido una aparición aislada, sino el inicio de un delantero que necesitaba continuidad para explotar.

Después vinieron los años que cambiaron su carrera.

En Atlas se volvió referente de un equipo que rompió una espera histórica y terminó como bicampeón. En América confirmó esa condición en otro entorno de máxima exigencia, también con dos títulos de Liga.

Luego llegó al Tri, la Copa del Mundo y una temporada en Arabia en la que fue campeón de goleo con Al Qadsiah antes de ponerse a un tanto de empatar a "Chicharito" y al "Matador" Hernández como los máximos anotadores mexicanos en Mundiales.

“Nosotros le dimos la presión de jugar con afición, de jugar partidos importantes en un estadio lleno. Esa presión fue lo que le dimos a Julián, porque fueron sus primeros partidos jugando como profesional”, señaló Rosas.

En el club también recuerdan la relación que mantenía con su madre. Fernández cuenta que, por las dificultades de comunicación en Magüí Payán, llegaron a coordinar llamadas para que pudiera hablar con ella.

También hubo una visita sorpresa, gestionada con apoyo de la institución, en un momento en el que la distancia complicaba cualquier contacto cotidiano.

“Julián siempre fue alguien que tuvo presentes sus orígenes. Yo creo que eso también fue parte de la gasolina que lo ha impulsado a seguir adelante. Desde que estuvo por acá, la mamá fue la persona que lo educó, que lo sacó adelante y para él es la persona más importante dentro de su carrera”, compartió Fernández.

Casi una década después, Rosas vio el gol de Quiñones con México ante Ecuador y lo relacionó con el primero que marcó en Venados: conducción hacia adentro, potencia y disparo fuerte.

El escenario era otro, una Copa del Mundo en casa, pero el gesto futbolístico no les resultó extraño. Ya lo habían visto arrancar de esa forma cuando todavía estaba a préstamo y apenas empezaba a jugar contra adultos.

Rosas insistió en que el mérito es de Quiñones. De su trabajo, de lo que hizo después de salir de Yucatán y de una carrera que lo llevó de Lobos BUAP al bicampeonato con Atlas, a los títulos con América, al campeonato de goleo en Arabia y a convertirse en una de las caras ofensivas de México en el Mundial. En Venados, aun así, hay orgullo por haber estado en ese inicio.

“Nos sentimos contentos y orgullosos de ser parte de su historia, de haber puesto nuestro granito de arena en su camino. Es el gran ejemplo de superación y de una carrera exitosa, pero porque él se lo ha ganado. Nadie más se lo ha regalado”, cerró Rosas.

Antes de los títulos, del América y de ser la cara ofensiva del Tri, Quiñones tuvo una noche en la que el Carlos Iturralde cantó por él. En Venados ya estaba el chico que mandaba su sueldo a casa, bailaba en el vestidor y jugaba con una potencia que, años después, el club volvió a reconocer en sus goles con México.


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Rodrigo Corona
RODRIGO CORONA

Reportero en Sports Illustrated México. Apasionado por contar historias del mundo deportivo.