Mariana Valenzuela, la mexicana que sueña con jugar en la WNBA

Desde Mazatlán, una niña creció hacia el mundo con la estatura y el temple para desafiar cualquier límite. Atravesó distancias, derrotas y una lesión que la dejó más de un año fuera del juego. Hoy, con 22 años, Mariana Valenzuela sueña con jugar en la WNBA y encarnar la certeza de que las niñas mexicanas también pueden volar.
Mariana Valenzuela es una de las grandes promesas del basquetbol mexicano
Mariana Valenzuela es una de las grandes promesas del basquetbol mexicano / Foto: Edmundo Méndez

En un salón iluminado por espejos, vestida con una falda de volantes —volátiles, caprichosos—, taconeros y castañuelas, Mariana Valenzuela, de seis años, trazaba arabescas en el aire para ensayar su último giro. Desde hacía dos años repetía, junto a su hermana gemela, la misma liturgia del flamenco: el golpe seco contra la madera, el braceo meticuloso, la teatralidad impostada que exigía la tradición andaluza. 

Pero Mariana no quería bailar. 

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Anhelaba, en cambio, una cancha de baloncesto. El pulso grave del balón rebotando con obstinación; el chirrido agudo de los tenis sobre el parquet; el entrechoque sordo de los cuerpos disputando el espacio. 

Nadie en su familia lo había hecho antes. No tenía una madre exatleta, ni un padre entrenador, ni un abuelo con medallas en el cajón. Pero había algo —un llamado inexplicable—, que la llevó a decirle a su madre que el baile no era lo suyo, que quería jugar basquet. Tenía seis años. “Yo descubrí el basquet creo que en mi escuela, en mi colegio, en las clases de educación física. El profe me dijo: Ah métete a basquet serías buena, y como que de ahí agarré la idea y yo solita dije no, pues quiero jugar básquet”, recuerda Mariana con una sonrisa, vestida con su uniforme de la Selección Mexicana de Baloncesto

Y desde entonces, no ha dejado de hacerlo ni un solo día de su vida. 

Mariana, originaria de Mazatlán, Sinaloa, empezó a jugar basquetbol a los 6 años.
Mariana, originaria de Mazatlán, Sinaloa, empezó a jugar basquetbol a los 6 años. / Cortesía

Hoy, dieciséis años después, aquella niña que creció admirando a la basquetbolista mexicana Brisa Silva, se encuentra al borde de aquello que un día pareció solo un espejismo.”Ella también es de Sinaloa, de allá del Rosario, entonces me acuerdo que, no era muy popular el basquet mexicano, pero sabíamos quién era Brisa Silva. Era alguien a quien yo veía cuando estaba chiquita”, expresa la ala-pívot de 22 años 

Mariana cursa su último año en la Universidad de Seton Hall, una institución de tradición y prestigio deportivo en Nueva Jersey, donde tendrá la oportunidad de ser elegida en el draft de la WNBA, algo que, sin duda, cambiaría su destino. Mariana está a un paso de materializar lo que alguna vez soñó: convertirse en jugadora profesional de baloncesto y vestir los colores de México en unos Juegos Olímpicos

La deportista creció en Mazatlán, Sinaloa, una ciudad costera con aroma a salitre y música de banda. No era un pueblo, pero tampoco una metrópoli. Creció con su hermana gemela y su hermano mayor, en una familia que trabajaba mucho, pero que nunca escatimó esfuerzos para apoyar los sueños de sus hijos.

Mariana, con uniforme de basquet, junto a su hermana gemela, quien viste ropa de flamenco.
Mariana, con uniforme de basquet, junto a su hermana gemela, quien viste ropa de flamenco. / Cortesía

Desde muy temprano, Mariana —ahora de 1.88 metros— fue más alta que el resto. De niña, jugaba con varones porque no había equipos femeniles, y lejos de intimidarse, se forjó. El roce con los niños más rápidos y agresivos la templó, la hizo más resistente. “Nunca dije: 'Ah, no son hombres, ya no quiero jugar'. No. Yo seguí jugando, aunque a veces me ganaban porque eran más rápidos que yo, o más fuertes. Ahí seguí esos tres añitos y ya después empecé a jugar con las mujeres”, explica Valenzuela

A los nueve años, cuando por fin pudo jugar con niñas, ya era la jugadora que todas miraban. A los trece, acumulaba torneos estatales y nacionales. A los quince, dejó su casa para vivir sola en el Centro Nacional de Alto Rendimiento de la Ciudad de México. A los dieciséis, se mudó a Florida. En pocos años, la vorágine de su talento la había arrancado de su tierra natal y la arrojaba, sin tregua, a escenarios cada vez más exigentes.

La oportunidad de irse a Florida llegó como una ráfaga inesperada. Mariana había vestido ya la camiseta de la selección mexicana, viajado a torneos internacionales en Chile y Puerto Rico, y captado la atención de entrenadores y visores estadounidenses. Su plan era claro: terminar la preparatoria en el CNAR, pero durante unas vacaciones familiares en Cancún, la rutina se quebró. Una llamada le ofreció una beca completa en Montverde Academy, una de las instituciones privadas más prestigiosas de Estados Unidos. No lo dudó. Tenía apenas 16 años, pero entendía que aquel salto era el puente hacia algo mayor.

Llegar a Estados Unidos significó, por supuesto, mucho más que cambiar de equipo; fue adentrarse en un mundo con otro idioma, otras costumbres y una forma distinta de entender el baloncesto. “Recuerdo mi primer día de clases allá, salí llorando y dije, ¿qué hago aquí? ¿sí quiero estar aquí o me quiero ir? Y dije, bueno, estoy aquí es por algo y aguanté ahí un año, después me encantó otro año, entonces ahí acabé mi prepa y después me fui a la Universidad allá”, relata. 

Allá aprendió que, si quería sobresalir, debía transformarse. Durante años había jugado como poste, aprovechando su estatura, pero su entrenadora le dijo: “Si quieres llegar lejos, hazte tiradora”. Y lo hizo. Entrenó hasta el cansancio, repitió tiros una y otra vez. Se convirtió en shooter. Y en poco tiempo, ESPN la ubicó entre las mejores 100 jugadoras del país.

Mariana Valenzuela, de 22 años, tiene una Licenciatura en Comunicación en la Universidad de Florida State
Mariana Valenzuela, de 22 años, tiene una Licenciatura en Comunicación en la Universidad de Florida State / Foto: Edmundo Méndez

Ese cambio definió su estilo: una jugadora alta, fuerte, pero con manos certeras desde la línea de tres. Un perfil poco común y, por tanto, valioso.

Recibió más de 35 ofertas universitarias. “Así como se ve en las películas”, dice sonriendo. Cartas, llamadas, visitas de entrenadores. Eligió Florida State por la conexión humana, porque su entrenadora hablaba español, porque la hicieron sentir en casa. Y —lo más importante— porque jugaban en una de las cinco mejores conferencias del país.

Durante sus primeros años en la NCAA, Mariana fue parte de cuatro March Madness. Viajó, creció, maduró. En 2022, frente a Harvard, jugó uno de sus mejores partidos: cinco triples, más de veinte puntos, rebotes clave. Su familia estaba en las gradas porque el torneo se disputó en Cancún y, por primera vez la veían jugar en persona con el uniforme de la universidad. Ese día, todo cobró sentido. 

Pero entonces, la vida se quebró.

Fue en 2023, jugando con la selección mexicana contra Canadá. Un giro cualquiera —uno que había hecho cientos de veces— y sintió cómo su rodilla se rompía desde adentro. El diagnóstico: rotura de ligamento cruzado y de ambos meniscos.

“Yo estaba bien, venía de un buen año en Estados Unidos y se esperaba que mi siguiente año fuera mi año de quiebre. Venía en buen estado físico,  mi mejor forma que había tenido”, se lamenta. 

Para Mariana, acostumbrada a jugar sin pausas desde los seis años, aquella rodilla rota fue un muro inesperado. Sintió, en un primer momento, que todo había terminado. Sabía que intentaría salir adelante, que le pondría empeño, pero el proceso resultó largo y desgastante: quince, dieciséis meses para volver a pisar una cancha. Más de un año de ausencia que exigió no solo resistencia física, sino una fortaleza mental capaz de sostenerla cuando el cuerpo todavía no respondía.

“Lloras. Es muy difícil. Es una lesión que la verdad no le deseo a nadie. Me gusta compartir mi historia para que la gente vea que salí de la lesión. Muchas niñitas me dicen: ¿cómo lo lograste? o Estoy pasando lo mismo, ¿qué  me recomiendas? Entonces para mí es muy padre poder ser figura en ese ámbito y mostrarles que sí puedes salir adelante”, confiesa Mariana, con franqueza, la dureza de esos meses.

Hoy, Mariana Valenzuela está en su año de maestría en la Universidad Seton Hall, en Nueva Jersey. Cambió de universidad buscando un nuevo aire, una nueva oportunidad. Su meta es clara: ser elegida en el draft de la WNBA. Tiene 22 años y no ha dejado de soñar.

Aún trabaja para recuperar su mejor forma física. Perfecciona su tiro, pule sus movimientos, estudia el juego. Sueña también con jugar en Europa, donde muchas basquetbolistas encuentran estabilidad económica y reconocimiento. Y, sobre todo, sueña con representar a México en unos Juegos Olímpicos.

Al final, todo el esfuerzo, las lágrimas, las distancias e incluso las lesiones, encontraron su sentido. 

Mariana Valenzuela es ahora un espejo donde otras niñas se reflejan, porque ella también fue una que soñó con llegar lejos, una que a los seis años abandonó el flamenco por el parquet. Mariana es la esperanza de una posibilidad viva, la prueba tangible de que las niñas mexicanas también pueden llegar. También pueden volar.


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Alejandra González Centeno
ALEJANDRA GONZÁLEZ CENTENO

Reportera y creadora de contenido en Sports Illustrated México.