ARCHIVO SI | Un gran salto hacia adelante

Cada sábado, Sports Illustrated México reedita íntegramente una gran historia del archivo de la revista. Nos remontamos a septiembre de 1991, cuando Mike Powell rompió el legendario récord de salto de longitud de Bob Beamon.
Mike Powell, de Estados Unidos, celebra en lo alto del podio junto a Carl Lewis (D) y Larry Myricks (I).
Mike Powell, de Estados Unidos, celebra en lo alto del podio junto a Carl Lewis (D) y Larry Myricks (I). / Mike Powell/Getty Images

Cada sábado, Sports Illustrated México reedita íntegramente una gran historia del archivo de la revista. La selección de hoy es GREAT LEAP FORWARD, de Kenny Moore, publicada originalmente el 9 de septiembre de 1991.

Aquel extraño y casi fantasmal octubre de 1968, cuando Bob Beamon estableció el mayor récord mundial de atletismo de todos los tiempos, el cielo de la Ciudad de México estaba cargado de nubes de tormenta que rugían y se amontonaban. Minutos después de que Beamon volara 8.90 metros (29 pies y 2½ pulgadas), añadiendo unos incomprensibles 55 centímetros al mejor registro que la humanidad había alcanzado, el cielo descargó sobre el Estadio Olímpico una lluvia fría y torrencial.

El viernes pasado, 23 años después, otra tormenta se avecinaba. La lluvia y el viento, avanzando con un tifón que se aproximaba a Tokio, amenazaban con arruinar la prueba de salto de longitud en el Campeonato Mundial de Atletismo.

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El aire, a 27 °C, se sentía para Carl Lewis y Mike Powell tan espeso como una sopa de miso. La humedad estaba en 83%. Para colmo, el viento giraba, a veces ayudando y a veces en contra. Para que un saltador lograra clavar el pie en la tabla de batida sin cortar pasos —y así no perder velocidad— necesitaba estar en total sintonía con su destino.

Powell, de 27 años y medallista de plata en los Juegos Olímpicos de 1988, jamás había derrotado a Lewis en 15 intentos. Nadie lo había hecho en 65 concursos consecutivos, desde que Larry Myricks lo venció el 28 de febrero de 1981, cuando Lewis tenía 19 años. Pero en el campeonato nacional de la TAC en Nueva York, en junio, Powell lo había llevado hasta el último intento, perdiendo por apenas un centímetro: 8.62 metros contra los 8.63 de Lewis. Haber estado tan cerca, haber cometido nulos en saltos de longitud prodigiosa a lo largo de los años y saber que la pista de Tokio era la más rápida en la que jamás había competido, encendían en Powell el deseo de destronar a Lewis —y a la historia— con un salto que lo reordenara todo.

La portada de Sports Illustrated de septiembre de 1991 donde se ve el gran salto de Mike Powell.
La portada de Sports Illustrated de septiembre de 1991 donde se ve el gran salto de Mike Powell. / Mike Powell/Allsport/Sports Illustrated

Emocional por naturaleza, Powell hiperventiló tanto antes de su primer intento en Tokio que llegó a marearse. Solo alcanzó 7.85 metros. Fue la bofetada necesaria. No tienes que volverte loco ni caminar sobreexcitado, se dijo. Deja que el cuerpo haga lo que sabe hacer. Ese pensamiento lo serenó. Empezó a relajarse.

En su primer intento, Lewis corrió con la gracia de siempre, pisó la tabla a apenas ocho centímetros del límite y voló hasta los 8.67 metros, récord del campeonato. Su actitud era contenida y profesional, pero su apetito era voraz. Sabía que podía ir mucho más lejos.

Sus objetivos personales en este Mundial eran dos: 9.90 segundos en los 100 metros planos y 8.84 metros en el salto de longitud. Cinco días antes había pulverizado el récord mundial de Leroy Burrell con 9.86, convirtiéndose en el hombre más rápido del planeta. Solo quedaba la marca de Beamon. Si la alcanzaba ahora, sería el atleta del siglo.

En 56 años, el récord de salto de longitud había pertenecido solo a cuatro hombres. Jesse Owens voló 8.13 metros en 1935, y ese registro se mantuvo 25 años. Ralph Boston, de EE.UU., e Igor Ter-Ovanesyan, de la URSS, en una rivalidad de ocho temporadas, lo llevaron hasta los 8.36. Luego llegó Beamon, con su rayo en México, el 18 de octubre de 1968.

El salto de Beamon fue, en todo sentido, extrañamente perfecto. Clavó el pie exactamente al final de la tabla, tuvo el viento máximo permitido (2.0 m/s) y ganó unos 19 centímetros extra gracias a la menor densidad del aire a los 2,240 metros de altitud de la Ciudad de México. Y cuando comprendió lo que había hecho, se derrumbó en un colapso nervioso que hizo pensar a los fisiólogos que había invocado una fuerza sobrehumana, de esas que solo aparecen en situaciones límite.

Sus 8.90 metros estaban muy por encima de cualquier límite humano previsto. El siguiente en saltar en México fue Ter-Ovanesyan, quien la semana pasada estaba en Tokio como jefe de la federación soviética de atletismo. “Me dio vergüenza saltar”, recordó sobre aquella tarde. “Bob nos había dejado atrás y había entrado en un mundo nuevo.”

Pero Beamon solo estuvo allí una vez. Nunca volvió a pasar de los ocho metros con 20, lo que no hizo sino aumentar la mística de su récord.

Luego, a partir de 1981, apareció Lewis. Dirigido por Tom Tellez en Houston y dueño de mayor velocidad que Beamon, dominó la técnica del despegue —ese delicado ajuste de tiempo y cuerpo— hasta convertirse en la personificación de la consistencia. Para Tokio, había superado los 8.53 metros en 56 ocasiones, con un mejor salto de 8.79.

Por la fuerza de sus números, Lewis fue desmitificando el récord hasta que parecía inevitable que cayera en sus manos. Durante años incluso evitó competir en altitud, porque no quería asteriscos manchando su legado.

Pero nunca lo alcanzó aquel rayo repentino e inexplicable que había golpeado a Beamon. (Quien sí lo rozó fue el soviético Robert Emmiyan, un saltador habitual de 8.38 metros que llegó hasta 8.87 en la altitud en 1987).

En su segundo intento en Tokio, Powell recortó pasos en la carrera, pero aun así voló hasta los 8.55 metros. Su entrenador desde hacía cuatro años, Randy Huntington, de Walled Lake, Michigan, le hizo una seña: debía retrasar sus marcas de referencia.

Powell nació en Filadelfia, se mudó a la Costa Oeste cuando tenía 11 años y en la preparatoria Edgewood de West Covina, California, fue un saltador de altura de 2.13 metros (siete pies). Se tomó en serio el salto de longitud en la Universidad de California, Irvine, y se graduó en UCLA.

“Carl es un velocista que salta”, explicó su entrenador, Randy Huntington. “Mike es un saltador. Su velocidad en los últimos diez metros antes de la tabla es casi tan grande como la de Carl.”

Durante años, Powell perdió frente a Lewis mientras luchaba por controlar su carrera de aproximación. Tanto él como su entrenador estaban convencidos de que su talento era real. En Seúl, Lewis lo venció sin problemas para quedarse con el oro. Y aun así, Huntington tuvo el descaro de presentarse ante Beamon diciendo: “Soy el tipo que va a entrenar al tipo que va a romper tu récord.”

“Me miró como diciendo: ‘A este ya no le sirvan más cerveza’”, recuerda Huntington.

Una temporada completa de entrenamiento llevó a Powell a Tokio en la mejor forma de su vida. Para los aficionados acostumbrados al sistema métrico, firmaba autógrafos con “¿8.95?”, que equivale a 8.95 metros, o 29 pies 4½ pulgadas. Mientras recibía un masaje electromuscular de 90 minutos del fisiólogo Jack Scott, la víspera de la final, Powell no tenía dudas de que iba a superar la marca. “Lo único que me pregunto”, reflexionaba, casi distraído, “es si ganaré.”

De camino al estadio, iba sentado en el autobús junto a la velocista Esther Jones y se entretenía leyendo las matrículas de los autos que pasaban, interpretándolas como si fueran medidas métricas. Encontró un número con sentido: 9529, que para él significaba 8.95 metros, 29 pies. “Lo voy a hacer”, le dijo a Jones.

En su tercer salto, Lewis voló hasta 8.83 metros con viento a favor, el más largo de su vida. Powell apenas había llegado a 8.28.

Lewis volvió con un salto tan largo que levantó la vista al cielo suplicando. Pero el viento era de 2.9 metros por segundo, demasiado. La distancia apareció en la pizarra: 8.90, mejor que Beamon. Lewis lo había hecho, pero no podía homologarse. Levantó los brazos, con una mueca entre excitación y frustración. Le había faltado solo un soplo para la perfección.

Cuando se preparaba para su cuarto intento, la expresión de Powell parecía aceptar que había envejecido tratando de vencer a Carl y que el tiempo se le escapaba. El salto fue alto, la caída limpia. Pero el juez levantó la bandera roja. Powell corrió hacia él y se arrodilló suplicando que se diera por válido. “Estaba jugando”, explicó después. “Vi la marca que había dejado mi pie en la arcilla, más allá de la tabla.”

Entonces Powell sintió las primeras gotas en los hombros. Se le heló la sangre. No. No me vas a hacer esto. Basta, pensó.

La lluvia se detuvo. De acuerdo —se dijo—. Esta es mi oportunidad.

Ya en la pista para su quinto intento, Powell meditó en las imágenes de lo que debía hacer, dio cuatro pasos caminando con los brazos sueltos, arrancó la carrera, alcanzó la máxima velocidad mientras la camiseta se le escurría sobre el hombro izquierdo, pisó fuerte la tabla a cinco centímetros del final, despegó alto con el pie izquierdo, ejecutó un “hitch kick” con la cabeza echada hacia atrás, rompió la arena cerca del marcador de nueve metros, giró hacia la derecha y salió del foso con los brazos levantados como con una ira justa. Durante 30 segundos deambuló nervioso por el campo esperando la medición.

El viento marcó 0.3, casi nulo. Si la distancia superaba a Beamon, el salto sería válido. El tablero mostró 8.95 metros (29’4½”). El récord definitivo estaba roto. Beamon había sido superado. Powell corrió y bailó.

Pero la dicha de Powell no era total. Aún podía perder.

Tras el impacto inicial, el rostro de Lewis adoptó un brillo casi divertido. Para ganar tenía que superar un récord mundial. Su década invicta se había forjado siendo el más sensible a la presión de la batalla. Esta era, entonces, la oportunidad más dramática de su vida. Le quedaban dos intentos.

“Pensé que me iba a ganar”, confesó Powell. “En el fondo, creí que iba a llegar a los nueve metros.”

El quinto salto de Lewis fue de 8.87 metros con viento de 0.2, el mejor válido de su carrera. No sonrió. Le quedaba uno.

Powell juntó las manos en oración. Lewis levantó bien las rodillas en la carrera. El salto no fue alto, pero sí largo: 8.84 metros. Powell lo tenía todo.

Avergonzado, Lewis rodeó brevemente con un brazo los hombros de Powell, aunque parecía incapaz de mirarlo a la cara.

Powell estaba exultante. Abrazó al juez de la tabla, que no salía de su asombro. “Quería abrazar a alguien”, dijo Powell. “Él estaba ahí. Le tocó el abrazo.”

Después trepó a las gradas, entre japoneses que gritaban y pedían abrazos, hasta encontrar a Huntington, que recibió uno aplastante.

“Me dijo: ‘Lo tenemos, y lo tenemos a él’”, contó Huntington, “solo que no con palabras tan educadas.”

Entonces llegó la lluvia, en largas hebras de seda plateada. En apenas una hora, la mayor competencia de salto de longitud de la historia había eclipsado al resto de un Mundial espléndido. En Tokio parecía que los cambios y las hazañas maravillosas eran constantemente superados por otras aún más fantásticas.

La primera aparición de un equipo alemán unificado desde 1964, por ejemplo, encarnada en el brillo de Katrin Krabbe ganando el doblete de 100 y 200 metros femeninos, quedó opacada frente a la cosecha de nueve oros de una Unión Soviética que se desmoronaba a medida que avanzaba el campeonato.

Solo Estados Unidos ganó más oros, 10 en total, ayudado por la victoria final de Charles Austin, de San Marcos, Texas, en el salto de altura con 2.38 metros, un triunfo sin nervios.

El récord estadounidense de 8,634 puntos en el decatlón, propiedad de Bruce Jenner desde hacía 15 años, cayó con estrépito. Dan O’Brien, de Moscow, Idaho, se reveló como el mayor talento para las diez pruebas de la historia al sumar 8,812 puntos. De no haberse quedado corto en el salto de altura, con apenas 1.91 metros (su mejor marca es 2.13), habría superado el récord mundial de 8,847 puntos de Daley Thompson, de Gran Bretaña.

El propio Thompson ya le ha concedido el récord, calculando que es capaz de llegar a 9,500. “Con 9,200 en el ’92 estaría bien”, dijo O’Brien.

Pero la mente, zumbando como cigarras en verano, volvía siempre al salto de longitud.

En Miami, Beamon —quien muchas veces había dudado en contestar llamadas nocturnas por temor a enterarse de que su récord había caído— finalmente escuchó la noticia. La primera voz que lo alcanzó fue la de su compañero olímpico de 1968, Ron Freeman. “Dice mucho del récord que haya durado 23 años”, señaló Beamon, quien aceptó el final de su marca con tranquila resignación. “Supongo que era uno de esos cimientos que parecían imposibles de derribar.”

Lewis lo encajó con más dificultad. Al principio, deseando con todas sus fuerzas que la consistencia fuera premiada en el salto, recalcó que en Tokio había hecho los cuatro mejores intentos de su vida (tres de ellos por encima de los nueve metros). “Mike tuvo un gran salto”, dijo. “Puede que nunca lo repita. Yo pude haber llegado más lejos en mi último intento. Pero no lo hice. Es algo que tengo que aceptar.”

Sus palabras parecían revelar otra cosa: aún no lo había aceptado. Mientras tanto, volcó sus emociones en el relevo 4x100 de Estados Unidos. Andre Cason, Leroy Burrell y Dennis Mitchell le entregaron a Lewis un metro de ventaja sobre el francés Bruno Marie-Rose. Lewis cruzó la meta tres metros adelante, y el tiempo ganador fue récord mundial: 37.50, mejorando el 37.67 que el propio equipo (con Mike Marsh en lugar de Cason) había hecho el mes anterior. Ese récord fue el tercero que Lewis estableció o inspiró en el Mundial, y la victoria le dio su séptima medalla de oro en estos campeonatos desde 1983.

“El mejor campeonato de mi vida”, dijo Lewis, y ahora sí mostró algo de entusiasmo por el salto de Powell. “Mike tuvo una forma increíble. Hizo un récord mundial. Lo merecía. Durante 10 años, mi meta han sido los nueve metros. Así que ahora, ese es el objetivo.”

Powell pasó los siguientes dos días entre entrevistas y llamadas telefónicas. Su abuela, en Filadelfia, le dijo: “Te lo dije, Mike, lo lograrías si eras una buena persona.”

Al firmar un autógrafo con “29’4½””, Powell rompió a reír al ver lo que había escrito. “Todavía no parece real sobre el papel”, dijo. “Aunque mi mente le dijo a mi cuerpo que podía hacerlo desde hace cinco años.”

Sobre la fría reacción de Lewis, Powell comentó: “Que no haya reconocido realmente lo que hice me molestó un poco, pero lo entiendo. Con el tiempo estará en paz con eso, quizá. Mientras tanto, ¿a quién le importa?”

Cuando vio su foto en la portada del New York Times, Powell tuvo que sentarse. “Cada hora que pasa, me doy más cuenta de lo importante que es esto”, dijo.

Recordando lo poco que cambia de dueño el récord de salto de longitud, añadió: “Denme un par de años con él, por favor.” Pero no descartó volver a batirlo él mismo.

“Ya he tenido nulos más largos”, dijo. “Y ahora sé que puedo hacer nueve metros, no de manera constante, pero sí válida. Soy un saltador distinto ahora. La otra noche…”

Powell se detuvo, buscando las palabras justas. “…entré en otra dimensión.”

Powell hizo historia en Tokio al volar cinco centímetros más allá de la marca de Beamon, de 8.90 metros.

En su asombroso salto del ’68, Beamon había derribado de un golpe las barreras de los 8.50 y de los 8.80 metros.

El quinto intento fue el que pagó el precio grande para Powell, quien cayó en los confines más lejanos del foso y celebró en cuanto comprendió que el récord era suyo.

Lewis, que aún tenía dos intentos después del gran salto de Powell, quedó entonces en un estado casi suplicante.

O’Brien fracasó en su intento por un récord mundial en el decatlón, pero se quedó con la nueva marca estadounidense.

Publicado originalmente en Sports Illustrated el 09/09/1991, traducido al español para SI México.


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